LA ZÍNGARA (Relato)

la-zingara-tuiter-3El penoso recuerdo de la muerte del pequeño Benjamín, dejó un vacío muy grande en los corazones de los esposos Carroll. Un vacío tan profundo, que poco a poco les estaba apagando la vida.

Parecía como si al mismo tiempo, una mezcla confusa de agonía y de no resignación se les hubiera alojado como huéspedes permanentes en sus almas, acrecentando el dolor y el sufrimiento de ambos —como si el hecho de que la sola pérdida, no fuese de por sí un vía crucis más que suficiente ya— Pero tales sentimientos empujaban a Susan y a Sam, por decirlo de alguna manera, a continuar aquella penosa y absurda búsqueda en cada rincón de su hogar. Sería cruel e injusto, por no decir incorrecto, pensar que aquella muerte los había unido más, puesto que Sam y Susan siempre lo fueron, sus lazos estaban más que fusionados y jamás se separaban el no del otro.

          —Susan, Sam; tienen que dejarlo ir. En momentos como este es cuando ustedes dos se necesitan, ahora más que nunca —les dijo Alma, su amiga de toda la vida, tratando de darles un mínimo de consuelo—. Es muy duro lo que voy a decirles, pero no es sano para ninguno de los dos seguir haciendo eso que hacen… Quiero decir, seguir buscándolo por las habitaciones de la casa, o esperar a que aparezca algún día de repente y encontrarlo sentado en la sala viendo la televisión. No, eso no va a pasar. Escúchenme los dos, Ben no va a regresar.

          A Alma le dolía tener que ser tan dura con ellos, pero pensaba que de alguna manera debía hacerlos reaccionar. Cualquiera habría sentido una profunda pena por los esposos, y hasta se hubiera atrevido a pensar que los Carroll aguardaban inútilmente a que una suerte de juez omnipotente les concediera el milagro de poder escuchar de nuevo la dulce voz de Ben. No en vano, el chico no solo era la única inspiración de sus vidas, sino, el único motivo que tenían para querer seguir existiendo.

Pero aquella especie de piedad, aquella señal de gracia, que con una ansiedad inagotable los esposos esperaban que les llegara de algún lugar, acaso del cielo, jamás la veían llegar. Ni sus ruegos constantes ni sus oraciones del porqué de aquella terrible pérdida, parecía habérselas escuchado nadie.

Para Sam y Susan no era importante si su procedencia fuese divina o terrenal, quizá solo necesitaban un testimonio, acaso una justificación que les hiciera entender por qué razón su Benjamín había tenido que irse de su lado de esa manera tan absurda, y por qué la vida se los había arrebatado en un accidente sin sentido.

Si bien la muerte accidental de una criatura en muchas ocasiones es compleja de aceptar, más duro y espinoso aún es que alguien quiera hallarle una explicación lógica, puesto que en cierta forma aquel es un revés que escapa a la razón. Ese fue el motivo, además de un extraño sueño que Benjamín tuvo y le contó a su padre, por el que durante largo tiempo los Carroll siguieron confiando en que tarde o temprano obtendrían una respuesta —sino una respuesta de consuelo— visitando cada domingo por la tarde el museo de artes y ciencias de la ciudad.

El chico siempre solía pedirles que lo llevaran cada fin de semana al viejo edificio de exhibiciones. Pero el fervor con que Ben esperaba la llegada del domingo, tan solo para visitar la gran galería, no era tanto por admirar los blancos y esqueléticos cuerpos de los enormes saurios, aquellas grandes osamentas sin piel ni carne, testigos de épocas geológicas muy antiguas, ni mucho menos para acariciarle los largos colmillos al popular y feroz tigre dientes de sable, de un no muy lejano pasado prehistórico. Parecía como si lo único que de verdad reclamaba el interés del pequeño Benjamín, eran las enigmáticas figuras humanas del museo de cera. Resultaba del todo muy extraño, el que a un niño le llamara tanto la atención precisamente unas simples figuras humanas y que no le atrajesen las colosales dimensiones de todos esos imponentes reptiles y felinos de la antigüedad.

Eran aquellos rostros humanos que yacían hieráticos e imperturbables, en silencio e incapaces de hablar, y que daban la impresión de estar envueltos todo el tiempo por un halo de misterio, los que cada domingo por la tarde quería volver a ver. Rostros mudos y severos, en ocasiones tan inexpresivos; que parecían querer traspasar lo inimaginable, dando muchas veces una sensación sombría y la de ocultar los secretos más recónditos.

Después de que sucediera aquel lamentable accidente, hacía tan solo siete años, Sam y Susan no faltaron un solo domingo al museo. Cada visita que hacían, parecía fortalecer el lazo que los ataba a la memoria de su pequeño Ben. Y aunque sus amigos más cercanos pensaban que ninguno de los dos soportaría por mucho tiempo la pérdida del niño, en el fondo y de manera contradictoria, aquel recuerdo era lo único que realmente mantenía con vida a los esposos Carroll.

Todo sucedió en menos de lo que tardó un parpadeo. Fue una mañana temprano, en que Benjamín corrió a cruzar la avenida para tratar de recuperar un puñado de globos que se le había escapado de las manos a un compañerito de juegos, cuando de repente se contuvo al darse cuenta de que el pequeño se había quedado desprotegido en mitad de la calle. Ben se dio vuelta y vio a un lado, hacia el ramal contrario de la avenida, advirtiendo el inminente peligro que estaba corriendo. Olvidándose en ese momento de los coloridos globos, corrió de regreso lo más rápido que pudo, pero tan solo tuvo tiempo de empujar a la criatura hacia el borde de la calzada. A pesar de ello, Benjamín no pudo hacer nada para evitar que su frágil cuerpecito fuese impactado por el veloz automóvil luego de perder el control y que había salido de la nada. ¿Premonición? ¿Acaso Ben pudo presentir que algo iba a sucederle al pequeño en ese preciso instante cuando se detuvo? ¿Fue su intuición lo que lo impulsó a detenerse en medio de la vía y regresar para tratar de socorrer al chico?

Los vecinos que presenciaron la horrible tragedia aquella mañana, dijeron que fue el accidente más absurdo que había ocurrido en muchos años en todo el vecindario.

Luego de la muerte de Benjamín, los esposos Carroll siempre eran los últimos visitantes en marcharse del museo la tarde de los domingos. El celador, quien sabía de su triste infortunio desde el mismo día que había ocurrido la tragedia, en consideración por aquella lamentable pérdida, permitía que los Carroll se quedaran algo de tiempo extra antes de cerrar las puertas del viejo edificio al público. Es por ello que la señora Susan solía disponer aquellos últimos minutos antes de marcharse a casa, para despedirse en silencio del gigante T. Rex, acariciando su enorme hocico blanco como se lo dejaba hacer a Ben. Y, por otro lado, hacia un extremo apartado de la galería, Sam acostumbraba a susurrar en voz baja: “Hasta el próximo domingo, amiga mía”; para despedirse de la señora gitana, la hermosa bailarina de cera, quien entre todos los personajes era, la estrella favorita e indiscutible del pequeño Ben.

Sin haber faltado un solo fin de semana, antes de que fuese arroyado aquella soleada mañana, el pequeño Ben solía llevar consigo cada tarde del domingo una tacita con agua y dejarla sobre la mesa de la gitana, justo al lado de su bola de cristal mágica. Aquel gesto inocente del chiquillo, lo continuó haciendo Sam cada domingo sin falta y a lo largo de siete años, porque durante un sueño, Benjamín le había pedido que no dejara de surtir de agua a su amiga la gitana, pues de lo contrario, la hermosa bailarina envejecería sin remedio. De igual forma se lo pidió por escrito, dejándole una carta bajo la almohada esa misma mañana, apenas unas dos horas antes del accidente. Daba la impresión de que para Benjamín era muy importante que su padre no olvidara el sueño que le había contado. A partir de entonces, el afectuoso padre siempre estuvo dispuesto a seguir complaciendo a su pequeño hijo, aun cuando ya no estuviera presente con ellos.

Lo más extraño de aquel peculiar pedido fue, que después de algunos meses, luego de haber reanudado sus visitas al museo nuevamente, Sam comenzó a notar que algo insólito estaba sucediendo durante sus visitas, al menos aquello parecía inaceptable para él. Empezó a darse cuenta de que el agua que acostumbraba dejar en la pequeña taza y a un lado de la bola de cristal de la hermosa gitana, se consumía casi toda luego de que los esposos terminaban su recorrido habitual por la galería. No obstante, el señor Carroll no se atrevió a darle mucha importancia a un detalle tan singular como ese, sino hasta después de algunos años, cuando comenzó a fijarse en algo mucho más extraño todavía. Las cosas tuvieron lugar en los meses previos a la fecha aniversario de la muerte del niño.

Después de siete largos años de estar visitando el museo sin faltar una sola vez, ya no solo se trataba del agua que se consumía en la tacita del pequeño Benjamín. Mientras daban un paseo por la galería, durante una lluviosa tarde de un domingo, y estuvo ante la silla donde la dama de cera estaba sentada, Sam sintió un gran escalofrío que hizo que se le erizaran todos los vellos del estómago. El señor Carroll reparó en algo que antes no había notado. Algo muy chocante estaba sucediendo con la figura de cera de la señora gitana…

         —¡Oye Susan, acércate un poco más querida! —dijo susurrando la voz, mientras oteaba con algo de discreción por los alrededores de aquellos ya solitarios corredores—… Mira, la verdad es que no pensaba decirte nada, pero, desde hace algún tiempo vengo dándome cuenta de algo muy extraño.

            Sam volvió a acercarse para mirar donde estaba la bola de cristal.

          »¿Sabes?, me parece que la bailarina gitana se está bebiendo el agua que le dejé la semana pasada. ¿Recuerdas cuando te conté que nuestro Benjamín me dijo que nunca dejara de llenarle la taza con agua a la señora?

          —¡Oh, Sam! ¿Te refieres al sueño de nuestro pequeño Ben, aquel que tuvo con la hermosa mujer gitana? —respondió Susan poniendo de manifiesto una sonrisa melancólica—. ¿Cómo puedes creer en algo tan cándido así, querido? ¿No te has puesto a pensar en que tal vez el celador no te dice nada por respeto a nosotros, solo que luego él mismo es quien termina deshaciéndose del agua que está en la taza?

          »¿Tu no crees que te estás tomando las cosas demasiado a pecho? —dijo, consultando luego su reloj—.Vamos amor, que ya es algo tarde.  No hagamos esperar al señor celador más de la cuenta. Demasiado hace con no cerrar la galería a la hora que corresponde, solo para dejarnos unos minutos en silencio con nuestra memoria.

         —Bueno, la verdad es que nunca había pensado en eso. Quizá tengas razón después de todo. Es solo que él nunca está cerca, ni me ha visto cuando dejo la tacita con agua sobre la mesa —dijo Sam tratando de justificarse—. No sé Susan, yo sigo pensando que la gitana… Está bien, mujer. Olvídalo eso, no me hagas caso.

         —No te preocupes, tal vez sean figuraciones tuyas. Mira que es una carga muy grande la que llevamos por dentro.

          —Si. Demasiado grande, Susan —articuló en voz baja…

         El señor Carroll dio un suspiro entrecortado mientras acariciaba con la mano el bolsillo de su camisa en el lado del corazón, donde aún guardaba la carta que le escribió su hijo. Pero como se lo había prometido a Benjamín, Sam jamás dejó de llenar aquella tacita con agua para que la hermosa señorita gitana nunca fuese a envejecer. Todos los años estuvo haciendo exactamente lo mismo, cada domingo por la tarde y sin faltar una sola vez. Era lo primero que hacía tan pronto llegaba al museo y visitaba el salón donde se hallaba sentada la enigmática amiga de Benjamín, aquella hermosa mujer de cera, la de largo cabello negro y penetrantes ojos color azabache.

Cierto domingo en que se había desatado repentinamente una tormenta en la ciudad, las fuertes ráfagas de viento obligaron a que el museo retrasara la hora de salida para que sus visitantes pudieran mantenerse guarecidos bajo techo mientras persistiese la tempestad. Pero mucho antes de que fuese imaginable aquella rara borrasca, segundos después de que Ben y Susan hubieran atravesado las cadenas aterciopeladas de acceso al viejo edificio, el celador alcanzó a los esposos Carroll, justo en el momento de rebasar el vestíbulo, para anunciarles que en breves minutos comenzaría a llover y que así podrían tomarse un poco más de tiempo a la hora de la salida.

Aquello se escuchó demasiado extraño, después de que lo hubiera dicho el encargado de la vigilancia del museo.

         —¿En breves minutos? El reporte del tiempo no pronosticó lluvias para hoy —dijo Susan, dándose vuelta hacia su esposo y mirándolo en forma peculiar—. ¿Notaste el sol que hacía en la calle y lo despejado que está el día, querido? ¿Cómo puede estar seguro de que va a llover en breve?

         Susan tenía razón, sin embargo, el señor Carroll no supo qué responderle en ese momento.

         «Qué curioso —se dijo, alcanzando todavía a ver la claridad que asomaba por la puerta—… Recuerdo haber soñado anoche que un fuerte aguacero caería sobre la ciudad mientras estuviéramos en el museo»

           Los Carroll dieron las gracias por la información al celador y continuaron haciendo su recorrido de todos los domingos a través de la galería. Pocos visitantes fueron ese día.

Habiendo cruzado bajo el gran portal del salón de exhibiciones, donde estaban representadas las primeras figuras de cera, como siempre, Sam desenroscó la tapa plástica de su recipiente y quitó el corcho del termo. Apenas se acercó a la mesa para agregar un poco de agua y completar el nivel que había en la tacita de Benjamín, el señor Carroll creyó ver algo moverse dentro de la bola de cristal de la señora gitana. No pudo más que dar un paso hacia atrás y tragar con algo de dificultad. Inclinó la cabeza de medio lado, pero no volvió a apreciar nada. Tal vez Susan tenga razón, deben ser figuraciones mías, se había dicho. Instantes después, justo en el momento de agacharse para mirar de nuevo, tuvo la impresión de como si la señora gitana estuviera envejeciendo. Dio entonces un rodeo por el lado contrario, tan solo para comprobar y descartar el que no se tratara de una alteración producida en un solo lado de la cara. Sam miró un momento hacia arriba, pensando en que el calor desprendido por las bombillas del techo pudo tener alguna influencia en la apariencia envejecida de la mujer. ¡Igual!, se dijo. Por ese costado pudo confirmar lo mismo. A continuación, fue por la taza de Ben.

         «¡Vaya!, ¿será posible que nunca me haya fijado en ese detalle? Es obvio que una figura de cera no puede envejecer —pensó, haciendo memoria de unas palabras de su hijo—. Es solo que Ben me dijo…»

            Por último, sin quitar en ningún momento el ojo de aquel rostro  de cera —perfecto todavía— Sam se inclinó por encima de la bailarina gitana, pero tuvo el cuidado de no rozarla para evitar hacerle daño a la figura. Al traer el termo hacia la mesa, como algo inaudito, advirtió esta vez que la tacita de Ben aún permanecía repleta con agua.

         «¿¡Qué!? —se dijo, conteniendo un poco la respiración—. ¿No se supone que ya debería habérsela tomado toda?»

            Un rápido impulso hizo que el señor Carroll se incorporara dando un paso hacia atrás. Enseguida se pasó la mano por el cuello, cogiendo y soltando una bocanada entrecortada de aire. Notó que un visible vaho había salido de su boca, lo que le hizo recordar algo parecido cuando observó una noche desde su ventana, a un perro que aullaba a la luna y advirtió que le emanaba aquel mismo vapor, de un ligero color blanquecino.

Sam tuvo sus dudas por un breve instante. Pero luego miró por el rabillo del ojo hacia la galería contigua, por si de casualidad veía al celador asomado discretamente detrás de alguna gruesa columna. De nuevo se acercó a la mujer por el lado de la bola de cristal.

           —¡¡¡Susan querida!!! ¿Te diste cuenta de que la tacita de Benjamín aún está llena? Fíjate, ya es casi la hora de irnos —dijo Sam Carroll un poco sobresaltado—. ¿No se te hace muy extraño todo esto, amor? Primero sin agua, luego llena del todo. No me vayas a decir ahora que el celador olvidó tirarla. La taza debería estar vacía.

          —¿Vacía? No entiendo qué quieres decir, mi viejo. Para nada me extrañaría que lo haya olvidado. Tal vez lo habrá dejado para hacerlo más tarde. ¿No lo crees así? No veo cuál es el misterio.

           —No estoy muy seguro, querida. Hay algo muy, pero muy raro en todo este asunto. A mí se me hace que la señora gitana no quiere beberse el agua, porque…

        —¿Se va a poner vieja? ¿Es eso lo que pensabas decir, lo mismo que te dijo nuestro Ben? Viejito despistado, eres igual de ingenuo que nuestro Benjamín. No cambies nunca, te adoro tal como eres.

        —¿De otro modo, por qué entonces el celador no habría de seguir tirándola como de costumbre, sino? A mí me parece que la taza está en el mismo lugar de la semana pasada, igual como la dejé, con el asa tocando la bola de cristal. Qué casualidad, ¿no? Además, no lo vas a creer; te juro que vi algo moverse en esa pelota. Parecía una persona, no estoy seguro… como la silueta de un niño que corría o algo parecido.

          —¡Oh!, vamos mi Sam —dijo Susan, cogiéndolo con ternura del brazo—. Mira, esto es lo que vas a hacer: el próximo domingo, cuando vengamos de nuevo a la galería, le vuelves a poner un poco de agua a la taza. Supongo que para entonces se habrá terminado de evaporar la que tiene. Solo la coges del dispensador y ya está. ¿Qué te parece?

         Aquel argumento pueril no lo había convencido del todo, Sam creía estar muy seguro de no haberse imaginado aquello. Algo le decía en su interior que el celador tampoco sospechaba nada acerca de la tacita de Benjamín, ni sabía que cada domingo la volvía a llenar con agua. Cuando mucho, que se trataba de una simple taza sin importancia, o tan solo de un componente más de todo aquel escenario. Pero al fin estuvo de acuerdo con Susan, y convino en que eso sería lo mejor.

El señor Sam Carroll consultó la hora en su reloj al notar que los pocos visitantes de ese día comenzaban a salir con algo de prisa, supuso que había terminado de llover. Minutos antes de abandonar la sala para marcharse a casa, sonrió con la candidez de un niño travieso y tuvo la ocurrencia de girar la pequeña taza en sentido contrario, de forma que el asa mirara hacia la pared. Como de costumbre, Sam se despidió de la gitana y fue alejándose por el pasillo, aunque sin perder de vista a la hermosa mujer.

          «Será demasiada coincidencia que la semana siguiente encuentre la taza vacía de nuevo, y con el asa mirando hacia la pared —pensó—. Veremos qué sucede entonces»

         Los esposos Carroll volvieron al domingo siguiente, pero la tacita del pequeño Benjamín continuaba repleta de líquido y con el asa en la misma posición. El nivel de fluido estaba tal como lo había dejado, y debido al polvo acumulado en la superficie del agua, era de suponer que esta tampoco había sido reemplazada.

Esa tarde Sam se acercó de nuevo a la señora gitana y advirtió algunos detalles nuevos en la mujer que no había notado la semana pasada. El ritmo de su respiración comenzó a acelerarse de pronto. Aquello dejó de ser una simple sospecha. Para Sam era indudable que la señora gitana se veía mucho más envejecida que la semana anterior. El señor Carroll estaba tan excitado, que no hallaba la forma de abordar el asunto con su esposa sin que le dijera de nuevo ingenuo, o le tomara el pelo.

           —Querida, insisto en que… ¡Un momento!, ¿qué rayos está sucediendo aquí? —dijo Sam, estupefacto—. ¿No te parece, Susan, que la gitana tiene ahora algo de canas en su cabello? Yo no recuerdo haberlas visto la semana pasada, al menos, no esas sienes canas. Fíjate en las estrías cerca de los ojos y hacia la comisura de la boca. ¡Créeme mujer, te aseguro que la señora gitana está envejeciendo!

          —¡Por Dios, Sam! Pero ¿qué disparates estás diciendo? Si es tan solo una figura de cera. ¿Cómo crees que algo así pueda suceder? ¿No sabías que a las figuras de cera en ocasiones los curadores las retocan?

           —¿Te refieres a que las retocan para hacerlas parecer más viejas? ¿Y por qué harían algo tan necio así? —observó—. ¿Maquillar a una mujer joven para que se vea de mayor edad? Eso es ridículo. ¿Por qué no moldear de una vez la figura de una anciana, y evitarse el trabajo de tener más adelante que modificarlas?

             —¡Sam!, pero qué ingenuo eres.

             —Sabía que ibas a decir eso —dándole un beso, se dio la vuelta.

            En ese instante el señor Carroll se acercó lo suficiente a la gitana, como para detallar en sus manos unas arrugas peculiares que antes estaba seguro de no haberlas visto tampoco. De lo contrario, Benjamín se lo hubiese dicho en su momento. El chico se conocía de memoria hasta el último de los detalles de aquellas figuras. En varias ocasiones había dibujado incluso el color de sus ojos, su expresión, hasta los estampados y collares en sus ropas.

          —¡Susan, querida! Acércate, quiero que veas esto también. Esta vez te vas a convencer de que lo que digo es cierto —resaltó, estirando el brazo y tratando de encontrar su mano—. ¿Acaso no me escuchaste, amor…?

              Sam dio un giro repentino.

             —¡Susan! ¿A dónde te has ido, mujer?

          La mujer de Sam se distrajo mientras seguía caminando por la galería. Se había marchado a visitar el gigantesco T. Rex. Pero justo en ese momento, el señor Sam Carroll escuchó una voz misteriosa, y aunque parecía venir a sus espaldas, aquella era una voz muy distinta a la de su esposa Susan.

             —¡Pssssttt! ¡Oiga, señor Sam!

            —¿Susan, cariño? —vaciló, mientras daba un giro completo y trataba de encontrar la procedencia de la misteriosa voz—… ¿Susan, eres tú amor?

            —No, Sam. Soy yo, la Zíngara. ¡Estoy aquí, justo detrás de ti!

            Sam se dio vuelta desconcertado.

          —¡¡¡¿La Zíngara?!!!… ¿Es usted, la señora gitana? —articuló incrédulo y mirando en forma fija a los profundos ojos de la mujer.

            Algo desconfiado, el señor Carroll dio un paso hacia atrás.

           —¡Sí, Sam! Soy yo, la señora gitana —dijo la mujer—. Quiero darte las gracias…

           —¿Las gracias?… Pero ¿quién me está hablando?

          —Sí, Sam Carroll, las gracias. Soy la gitana que está sentada en la silla. Tú has sido muy bueno conmigo todos estos años al traerme agua cada domingo.

           Sam estuvo a punto de sufrir un desmayo, aquello era por demás inconcebible. El señor Carroll no podía creer que una mujer de cera le estuviera hablando de verdad como si fuera una persona. Solo se le ocurrió pensar que todo se trataba de una broma que el museo había preparado para sus visitantes.

           —¿Entonces es cierto? ¿Te tomabas toda el agua? —observó, señalando hacia la tacita de Benjamín—. Pero ¿cómo?, si tú no eres de verdad. Tú… Mi Susan dijo que solo eres una figura de cera.

             —No soy de cera, Sam. Soy de verdad. Aunque lo que ves es una imagen de cera, yo soy real. Créeme. Lo que ocurre es que me lanzaron un hechizo.

              —¿Un hechizo?

             —Bueno, no es exactamente un hechizo Sam, sino una maldición muy poderosa, eso es lo que hacen los gitanos malvados. Ahora me encuentro atrapada dentro de esta figura de bailarina gitana —explicaba aquella voz de mujer.

          »Y aun cuando ya descubrí la forma de escapar para reunirme con mis hermanos zíngaros, todavía necesito de tu ayuda para salir de aquí. De lo contrario, la imagen de cera se derretirá completamente, y yo seguiré atrapada dentro de ella debido a la maldición. Ayúdame Sam, o jamás podré escapar de este encierro.

            —¿Dices que necesitas de mi ayuda para poder salir del cuerpo de la mujer bailarina? —preguntó Sam sorprendido, pero a la vez muy confundido—. ¿Por qué no destruyes la figura para que puedas huir? No tienes por qué estar adentro si tu no quieres.

            —Eso no es tan sencillo. Lo que me pides que haga es algo muy complicado, Sam. De nada servirá hacer eso, porque yo seguiré atrapada dentro de este cuerpo de cera sin la menor posibilidad de escapar. Antes, tengo que romper el hechizo.

          »Recuerda que soy una zíngara, y nadie mejor que yo sabe lo que significa una maldición gitana… ¿Entiendes ahora lo que quiero decir? —explicó la voz—. Mira, puedes pedirme lo que quieras, que con gusto cumpliré tu deseo. ¿Estarías dispuesto a ayudarme sin ningún interés, Sam Carroll?

            —Pues…, creo que sí señora gitana, al menos puedo intentarlo —susurró al oído de la mujer zíngara, la que poco a poco parecía estar comenzando a envejecer a medida que transcurrían las horas—. Pero, ¿de qué manera puedo hacer eso, señora gitana?

           —Escucha con atención: Necesito que cada domingo, en lugar de agua fresca, ahora traigas agua caliente —precisó la voz.

          —¿Agua caliente? —observó con desconfianza—. ¿Está segura, señora gitana? ¿No me está tomando el pelo, también usted…? ¿Quiere que traiga agua caliente conmigo y lo eche en la taza?

          —Si Sam. Tal y como lo has dicho, ni más ni menos. ¡Sam!, es muy importante que hagas exactamente todo lo que te estoy pidiendo. El próximo domingo debes traer agua caliente y llenar la taza de Benjamín, no olvides dejarla al lado de mi bola de cristal.

          «Agua fría, agua caliente… ¿Agua caliente, dijo? —se repitió Sam en voz baja, como dudando de si se había estado imaginando toda aquella extraña conversación con la mujer gitana—. Ahora que recuerdo, Benjamín nunca me dijo nada acerca de ponerle agua caliente a su taza. Siempre trajimos agua fría»

           Pero la hermosa bailarina zíngara parecía haber escuchado sus pensamientos.

         —Porque nunca tuve tiempo de decírselo, querido Sam. Entonces no había encontrado la forma de salir —explicó la mujer de cera.

          —¿¡¡¡Tu hablabas con nuestro Benjamín!!!?

         —Fue Benjamín quien descubrió la forma de comunicarnos sin hablar, Sam. Él podía escuchar mi voz en su interior.

           Desde que Sam sostuvo aquella misteriosa conversación con la voz que salía de la figura de cera, cada domingo traía agua recién hervida en su termo y lo vertía en la tacita que había dejado Ben sobre la mesa, justo a un lado de la bola cristalina de la gitana. Sin embargo, con el paso de las semanas Sam no apreció nada extraordinario en la figura de cera, excepto que cada vez la mujer parecía estarse derritiendo lentamente, y que la taza permanecía vacía luego del último recorrido.

Como siempre, cada vez que llegaban a casa el domingo por la tarde, Sam y Susan se sentaban en su pequeña sala y contemplaban el sofá donde solía sentarse Benjamín a ver sus documentales favoritos en la televisión.

Antes de irse a la cama ese domingo por la noche, ambos hablaron de aguardar a que llegara el siguiente fin de semana para ir de nuevo a visitar el museo. A la mañana siguiente, Sam escuchó chocar un golpe seco sobre la puerta de su casa, permanecía despierto y tenía bolsas bajo los ojos. No había podido conciliar el sueño, porque una pesadilla no lo dejó dormir en toda la noche. La prensa había llegado más temprano que de costumbre esa mañana.

          —Descuida querida, yo iré a ver qué ocurre —dijo, al ver que su mujer se había despertado debido al impacto—. Parece venir de la puerta.

            El señor Carroll leyó en la sección de novedades que el museo cerraría sus puertas definitivamente para dar paso a la construcción de un moderno condominio residencial. No obstante, estas permanecerían abiertas un último domingo. La noticia consternó a los esposos, pues jamás se esperaban que sucediera algo así. Esa semana pasó volando.

Sam y Susan acudieron muy afligidos ese último domingo al museo, pues a pesar de todo, sentían que debían despedirse de quienes habían sido los amigos favoritos de su pequeño Benjamín.

           «No puedo creer que vayan a demoler todo el edificio», le decía a Susan, camino al viejo museo de la ciudad.

             Cuál sería la sorpresa de los esposos Carroll cuando llegaron al museo, haberse dado cuenta que los primeros modelos humanos de cera de la galería ya no estaban. ¡Se los habían llevado todos! Susan fue apresurada a la sala de ciencias naturales y prehistoria. A Sam se le hizo un nudo tan denso en la garganta, que apenas pudo tragar una pequeña cantidad de saliva. De allí se dirigió a la sección de pueblos y culturas, advirtiendo que en el lugar donde había permanecido sentada la figura de la señora gitana, solo había una pequeña masa sin forma derretida sobre el piso. A pesar de ello, y como lo hacía todas las veces, el señor Carroll aguardó hasta el cierre de las puertas de la galería para darle su último adiós a la señora gitana de parte de Ben. Por su parte, al advertir que el momento se acercaba, Susan dio varias vueltas, muy nerviosa, alrededor de la fosa donde se encontraba armada la osamenta del gran T. Rex, haciendo lo mismo que Sam. Sabía que su esposo la vendría a buscar de un momento a otro.

En ese instante, al otro extremo de la galería, el celador se acercó por detrás a Sam.

             —¡Ejem! Buenas tardes señor, Carroll.

       —¡Oh! ¿Cómo está, señor celador? Perdone usted, ya estábamos a punto de marcharnos. En este instante pensaba ir por mi esposa.

          —Descuide, señor Carroll. Yo solo deseaba informarle que afuera en la calle hay una señora que quiere hablarle. Dijo que era urgente y que necesitaba despedirse de usted.

             —¿Hablar conmigo, está seguro?

             —Eso fue lo que dijo.

          —Pero ¿despedirse de mí? —dijo Sam, algo desconcertado—. ¡Claro!, se refiere a Susan, mi esposa… Aunque ¿dice que está afuera, en la calle? ¡Ya entiendo!, también usted quiere tomarme el pelo.

            —No, no es la señora Carroll. Creo que se trata de una joven gitana de las afueras y que están de paso por la ciudad, pero preguntó por el señor Sam. Dice que necesita despedirse de usted con urgencia, señor.

          «¿Una gitana? —se preguntó Sam en silencio, mirando de reojo la masa de cera derretida en el piso—. La verdad es que yo no conozco a ninguna gitana que viva en las afueras de la ciudad»

             Sam Carroll acompañó al celador y caminó con precaución hacia el portón de salida. Pero quién podría preguntar por él que no fuera su propia esposa Susan, se había dicho. Cuando estuvo cerca de la puerta, vio a una mujer muy hermosa, de ojos profundos y muy maquillados, quien parecía sostener un pequeño objeto de metal en las manos.

            —Hola Sam… ¿Te acuerdas de mí?

            —Perdone mi mala memoria, pero la verdad no creo que…

           —¿Estás seguro, Sam? —dijo la hermosa mujer—. De no ser por ti, jamás me hubiera liberado de mi encierro. Fuiste tan considerado conmigo, que a pesar de la profunda pena que hay en tu corazón, en ningún momento pensaste en ti mismo y, sin embargo, corriste el riesgo de quedar avergonzado frente a muchas personas en el museo cada vez que me traías agua.

           —¿¡Quiere decir que usted es…, la señora gitana de la galería!?

           —Si Sam, yo soy la zíngara. Gracias a ti, ahora soy libre para irme con mis hermanos.

            El señor Carroll dio un suspiro de alivio.

           —En ese caso no tiene por qué agradecerme nada, señorita. Además, mi hijo siempre me hablaba de la hermosa señora gitana. ¿Sabe?, mi pequeño Benjamín murió hace años en un…

          —Lo sé todo, Sam —dijo la mujer, devolviéndole la vieja tacita de Benjamín—… Sam, no quiero marcharme sin despedirme de ti, pero mis hermanos me están esperando afuera en el carruaje nuevo que construyeron para mí.

         —¡Qué bueno es saber que al fin podrá reunirse toda la familia! —dijo con un dejo de tristeza en sus ojos.

         —Sin embargo, tengo un regalo para ti y para Susan —dijo, devolviéndole la taza de Benjamín.

          —¿Un regalo para nosotros?

        —Sí, Sam. Será lo único que me es permitido conceder a cambio. Y aunque no estoy segura de compensarles el tiempo perdido, si espero poder aliviar cada uno de los años de pena que tú y Susan han llorado. Adiós Sam, hasta siempre buen hombre…

        —Hasta siempre, señorita gitana.

        La zíngara sonrió, mientras Sam se volvía para atender el llamado de Susan, pero una vez que se dio la vuelta de nuevo, la hermosa mujer gitana había desaparecido.

        —Ella me dijo que sabía lo del accidente de nuestro Ben, ¿puedes creerlo, Susan? Me gustaría saber cómo hizo para escapar de la figura.

        —¿Con quién hablabas, cariño? —preguntó Susan, que en ese momento lo alcanzaba en el vestíbulo—. Que mujer tan hermosa, ¿te fijaste cómo vestía? Era igual a la gitana de cera que vimos el domingo pasado.

       —Pues sí amor…, era una gitana y tenía mucha prisa. Aseguró que iba a encontrarse con sus hermanos zíngaros. Qué extraño, ella dijo que tenía un regalo para nosotros y enseguida me devolvió la vieja tacita de Benjamín.

         —¡Oh cariño! Sí, es la taza de nuestro Ben. Creí que el señor celador la habría tirado a la basura. ¿Dónde la habrá encontrado? —dijo Susan, mientras observaba a un grupo de gitanos que cruzaba al otro de la calle—… Vamos viejo, no hagamos esperar más al señor celador, no olvidemos que en todos estos años cerraba las puertas después de la hora, solo para dejarnos tranquilos con nuestro recuerdo.

            —Tienes razón Susan, es hora de marcharnos a casa.

           —Hasta otro día, señor Carroll. Señora Susan —dijo la administradora de lo que fuera el antiguo museo de la ciudad, gesticulando con una sonrisa.

            —¡Casi lo olvidaba! Por favor señorita, sería mucha molestia pedirle que nos despida del señor celador. ¿Sabe?, él siempre fue muy amable con nosotros.

           —¿Del celador? ¿Lo dicen en serio? —observó la administradora con sorpresa—. Si se refiere al oficial de portería, el señor Bavol, pues me temo que ya es muy tarde para darle su recado. Hace más de tres años que falleció.

         —¿Hace más de tres años, dice? —Sam reparó extrañado y miró a su mujer—. Pero hace un momento… Disculpe usted y gracias por todo, señorita.

          —¿Escuchaste eso que dijo la mujer, Sam?

        —Susan, te juro que el señor celador habló conmigo hace apenas unos minutos. Ella ¿dijo que se llamaba Bavol? qué nombre tan extraño.

         Las pesadas puertas del museo de ciencias crujieron al cerrarse definitivamente, y el cerrojo produjo un sonido como de metal pesado tras los esposos Carroll. Ambos se vieron las caras por un instante y se tomaron fuertemente de las manos dando un suspiro tembloroso, cuando de pronto Sam se giró de medio lado creyendo haber escuchado una voz distante que provenía de aquel vacío interior. Se aferró a la taza de Benjamín y contempló la calle solitaria.

Susan abrazó a su esposo y sonrió con pena, pues al igual que Sam, pensó que no era más que el eco producido por alguna corriente de aire que se había colado bajo la puerta. Los señores Carroll miraron al frente y, resignados quizá para siempre, continuaron bajando por las escaleras. De manera inesperada, el pasador del cerrojo rechinó una vez más a sus espaldas produciendo el mismo sonido oxidado de hace un momento, pero en esta ocasión, solo una de las enormes puertas se entreabrió.

             —¡Oye!, ¿y tú dónde rayos estabas escondido, si se puede saber? ¿Dices que ellos acaban de salir?

              —¡Si!

              Aquella era una voz distante, lejanamente familiar. Sin fuerzas para darse la vuelta y con el corazón a punto de reventar, Susan y Sam se llevaron la mano hasta el pecho, ambos quedaron paralizados en las escalinatas. Adivinaron enterrada para siempre, aquella señal de gracia que jamás llegaba. En tanto, una lágrima perlada se fue deslizando por la mejilla de Susan. Pero de pronto:

          —¿Cómo dijiste que era tu nombre, pequeño? —preguntó la administradora del museo al otro lado de la puerta.

              —¡Benjamín! ¡Benjamín Carroll! ……

J. B. Mahoney

 

 

 

 

 

 

 

 

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LUCIFER Y EL MONAGUILLO (Relato)

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Luego de aparecerse repentinamente en una encrucijada que había en medio del desierto, Lucifer se encontró frente a un aviso de señalización sobre el que se leía: santo Poco 1Km, y más abajo; san Suplicio 100Km.

El hijo de la oscuridad afinó las puntas de sus largos bigotes durante algunos segundos, e impredecible como siempre; optó por continuar su recorrido y acabar la jornada en el poblado más alejado. No era de extrañar que el más mínimo vestigio de vida que iba encontrando en su camino, por cosa más insignificante que fuera, sucumbía a su paso o terminaba consumiéndose en las llamas. De esta forma, todas las criaturas mansas que habitaban en las pequeñas charcas que se iban apareciendo en su recorrido, de una forma notoria e infalible, comenzaban a flotar envenenadas cada vez que se detenía a orinar en sus orillas. Cuando no, aquellas que se acercaban a beber un poco de agua en las pozas vecinas, salían espantadas del lugar debido a la fuerte fetidez. Lo mismo sucedía con los peces que nadaban en el gran lago que había en las afueras del poblado de san Suplicio. Sin embargo, no ocurrió igual con una feroz serpiente, de largos y mortíferos colmillos que salió por entre los arbustos, cuando Lucifer advirtió que había atrapado a una conejilla distraída y se preparaba para engullirla de un bocado. De manera indiferente, sin haberle importado el infortunio de aquella madre ni la suerte de sus pequeñas crías, perdonó la vida de la víbora y dejó que se tragara a su aterrada presa.

         —¡Uuuhh!… ¡Aaaahhh! —resolló Lucifer de placer, estirando el cuerpo y dejando escapar un relajado suspiro.

         Habiendo arribado finalmente al destino que había escogido, el hijo de la aurora exhaló a las puertas de san Suplicio un poco de su tibio aliento con fétido olor a azufre. Las felices avecillas que entonces trinaban de lo lindo y surcaban a baja altura los cielos del pueblo, enmudecieron de repente y comenzaron a precipitarse a tierra cuando sus plumajes, sin explicación alguna, empezaron a arder en pleno vuelo. En fin, todo a su paso se iba extinguiendo y la tierra se fue haciendo yerma, dejando un claro testimonio de su llegada. Tan pronto como Lucifer posó sus pupilas viperinas sobre las primeras viviendas rústicas que había en las afueras, la semilla del mal comenzó a germinar por los alrededores de la modesta aldea, pues al mismo tiempo que las fiestas del santo patrono dieron inicio ese día, una plaga de moscas y roedores se desató por las veredas y caminos que llevaban hasta san Suplicio.

Pero el sagaz y tramposo diablo no estaba interesado en desolar a todo aquel villorrio, y tampoco venía a exterminar o apagarle la vida al resto de los apacibles lugareños que en él vivían. Como precavido y calculador que era, tenía sus más que sabidas intenciones acerca de a quien venía a llevarse en esta ocasión, y la estampa que mejor se ajustaba a sus propósitos no podía ser otra que la de alguien que fuera puro y honesto. Lucifer estaba seguro de que hasta ahora no existía un solo rincón en el mundo donde no hubiera al menos una persona con tales virtudes inmaculadas, sabía que solo alguien así serviría mejor a sus oscuros y perversos designios. Así que una vez que se detuvo ante las puertas del pacífico poblado y antes de poner un pie adentro, el ángel caído buscó en las páginas llameantes de un pesado y maloliente libro rojo que guardaba en el interior de su capa, y consultó cuál era el alma más casta y noble que habitaba en todo san Suplicio. Aunque muy pocas eran las vacantes merecedoras de tan honorable distinción, ese día Lucifer estaba dispuesto a conformarse con una sola de ellas. Al menos, la más inocente que hubiera en el pueblo.

         «Mmmm… Alma disponible, déjame ver, déjame ver. Alma disponible, alma —murmuró entre dientes y con muchísima paciencia, mientras fue escudriñando de arriba abajo, cada una de las líneas escritas en aquel libro rojo—. ¿Dónde podré encontrar a un tal?…

          »¡Ajá! “Don Glorioso” Vaya, que nombre tan peculiar. Veamos qué más dice por aquí… ¡Perfecto!, este es justo al que estaba buscando. Ahora, lo siguiente que debo hacer es averiguar de quién se trata y dónde puedo hallar a este santón de provincia.

            Meditando cuál pudiera ser el lugar más apropiado donde buscar primero, tal vez uno que fuese el más concurrido para comenzar a preguntar; el ángel caído se encaminó hacia la plaza mayor del pueblo. Debido a su peculiar forma hexagonal y sus modestas dimensiones, era esta una especie de plazoleta, de piso tosco y empedrado, donde los vecinos solían toparse en su andar cotidiano, o bien juntarse los sábados y domingos para conversar algunos pormenores de la semana, y en ocasiones, escuchar a los ancianos echar sus cuentos de tradición. Por supuesto, aquella era la única plaza que había en toda la comunidad y se hallaba emplazada frente al cabildo, a pocos metros de la iglesia, en el propio corazón de san Suplicio. Una vez que estuvo ante la plazuela, Lucifer se colocó de espaldas a la casa de Dios y preguntó a algunos de los pobladores, los que se cobijaban bajo la sombra de un gallardo Cedro milenario, en qué lugar podía encontrar a un tal don Glorioso.

Juzgando con cierta suspicacia al forastero, debido a los sospechosos halagos de un extraño que acababa de llegar, sobre todo, por aquella singular y desacostumbrada forma de vestir —con cuello de alta solapa, larga capa negra y fondo de color rojo carmesí— los lugareños le respondieron desconfiados que ninguno conocía a ese fulano don Glorioso. Pero Lucifer, quien tenía gran reputación de saber más por viejo que por diablo, les preguntó entonces que dónde vivía el hombre más cruel y egoísta de todo el pueblo de Suplicio. El diablo sonrió con malicia sabiendo que acertaría por haberles hecho una pregunta tan engañosa, ya que estaba seguro de poder confundir a los ingenuos provincianos e instigarlos a que le dieran en cambio la respuesta que estaba anticipando. De esta manera, adivinando que los paisanos se mostrarían interesados en responder lo contrario, estos se apresuraron a señalarle la única mansión que había hacia el fondo del pueblo. Se trataba de una casa majestuosa y llena de lujos, la más alejada del poblado, totalmente cercada y vigilada por enormes cancerberos. Una casona señorial que se veía encaramada sobre una colina hacia un extremo, casi en las afueras de san Suplicio.

         —Se llama Vlad —dijeron algo temerosos, señalando hacia la suntuosa mansión.

         —¿Vlad? —observó Lucifer extrañado—. ¿Están seguros que ese es su nombre, Vlad?

         —¡Si, señor! —saltaron casi al mismo tiempo, tres de los aldeanos más esquivos.

         El lúgubre forastero se torció el bigote con circunspección y miró hacia la casona, disimulando una irónica sonrisa.

        —Es un hacendado con ganado y mucho dinero, además, dicen que es un admirador del diablo —soltó un rencoroso de boca muy floja.

         Dueño y señor de aquellas señas tan particulares, Lucifer coqueteó una vez más con los satisfechos provincianos y se despidió de ellos con cortesía y haciendo alarde de un gran refinamiento.

Sacudiendo entonces su enorme capa en el aire y dando un giro como si hubiera estado a punto de salir volando, el ángel de la muerte fue hasta la colina a tocar las puertas de la mansión Vlad.

Mientras tanto, los suspicaces vecinos que estaban recreándose en la plaza, presumían satisfechos de su astucia y de lo avezados que eran. Otros, los más arrogantes, se jactaban incluso de que hubieran podido engañar al mismísimo demonio, si tan solo este de verdad se les hubiese aparecido. Entre carcajadas y relajos de mano, los inocentes paisanos armaron un gran bochinche y gritaron vivas al cielo, a la vez que brindaron por la salud de don Glorioso.

Habiéndose surgido repentinamente ante el portón de la mansión, los temibles mastines de Vlad huyeron despavoridos y tan solo unos débiles gemidos pudieron escucharse en la distancia. Segundos más tarde, tres solemnes repiques, anunciados con la aldaba de bronce que había sobre la puerta y que tenía forma de garra, retumbaron con gran profundidad en el interior de la casona…

         —¿Quién anda allí? —preguntó Vlad sobresaltado, puesto que por primera vez en toda su vida había escuchado la puerta de su mansión rugir de manera tan siniestra—. ¿Quién de este miserable pueblucho se atreve a molestar a estas horas del día? ¿Por qué mis hambrientos mastines no han ladrado?

         —Ruego perdone usted mi atrevimiento amigo mío, pero quisiera hablar un momento con el amo de la mansión, el excelentísimo señor Vlad —se excusó una voz sepulcral al otro lado de la puerta—. ¿Sabría decirme si el señor se encuentra en casa?

         —¡Sí se encuentra, soy yo en persona! ¿Quién lo pregunta y qué es lo que desea a estas horas? —respondió Vlad con insolencia, después de haber escuchado aquella voz tan culta y refinada.

         —¡Mi nombre es Lucifer, amo y señor de las tinieblas!

        —¡AY!, ¡¿DIJO USTED LUCIFER?! —exclamó Vlad temblando de miedo, retirando los cerrojos y abriendo muy nervioso la pesada puerta de algarrobo negro—. ¡Lucifer, adelante! ¿En qué puedo servirte, mi… señor?

        —Pues mire, llevo toda la mañana tratando de averiguar dónde vive un tal don Glorioso en el pueblo —preguntó a secas. Y mintiendo, dijo a continuación—: Escuché a varios aldeanos decir por allí, que ese justo piadoso es alguien que siempre le pide a su salvador porque usted se vaya de san Suplicio para poder adueñarse de su hermosa mansión.

       —Don Glorioso, don Glorioso… ¿De mi mansión, dice? ¡Oh! ¡Por supuesto! Don Glorioso, el santurrón solitario ese. Pues verá usted mi señor, yo sé dónde vive. Solo debe caminar hasta la plazoleta, sin tener que ir al otro extremo de Constanza —señaló Vlad aliviado, mientras le indicaba con el dedo.

            Lucifer gesticuló llevándose la mano a la frente, como tratando de afinar la vista para ver de lejos.

             —¿Hasta la plaza, está seguro amigo Vlad? Que extraño. Mire, acabo de preguntar a varios vecinos por él, pero como le dije hace un momento, allí me dijeron que… Bueno, usted sabe. No quisiera encontrarme con ellos, y tener que preguntarles de nuevo —dijo con hipocresía.

         —Pierda cuidado. Fíjese bien, mi señor: La vivienda de don Glorioso, si es que a la pequeña choza donde habita se le puede llamar “vivienda”, es la que ve a la derecha de aquella estancia, justo al lado de la iglesia. Es la más fea y ordinaria que hay en todo san Suplicio, cualquiera sabe eso.

          —¡Ajá! ¿Y está seguro que es esa, amigo Vlad? Yo no quisiera tener que hacer todo el trayecto de nuevo, y volver hasta aquí —mintió Lucifer.

         —Muy seguro, es allí donde él siempre ha vivido. Es imposible que se equivoque de casa, mi señor. Siga por esta calle derechito como se lo indiqué y cruce al otro extremo de la plaza, justo al lado de la iglesia. Toque a su puerta, que allí lo encontrará preparándose para ir a ayudar en los oficios de la iglesia.

         En ese momento el viejo Vlad tosió con voz carrasposa, escupiendo luego en un matero una gruesa masa de flema.

           —Muy bien, señor. Usted ha sido muy amable conmigo —dijo Lucifer, dándole varias palmadas en el hombro. Hasta luego.

            —Fue un gusto servirte, mi señor —respondió Vlad engreído, y haciendo lo mismo.

         —¡Oh!, un pequeño detallito. Amigo Vlad, esto se lo pregunto solo por curiosidad. ¿Cómo ha estado de salud últimamente?

            —¿De salud…? ¿Por qué lo pregunta, mi señor?

           —Si yo fuera usted, iría cuanto antes al médico a examinarme esos pulmones, señor Vlad.

           —¿Mis pulmones, dice? —dijo, arrugando la frente y habiendo sentido un leve frío en el trasero.

           Sin haberle dado más explicaciones, el misterioso visitante se despidió y agradeció al señor Vlad por su valiosa ayuda. Luego de decirle aquello, además de dejarlo prisionero en medio de un mar de incertidumbre, el astuto señor de las tinieblas se esfumó en el acto y fue en busca del alma del pobre ermitaño.

Lucifer reapareció de repente frente a la humilde vivienda del buenazo de don Glorioso y, después de haber tocado tres veces seguidas con su propio puño; un hombre con expresión alegre, no tan joven y de baja estatura, abrió la puerta enseguida.

        —¡Alabado sea el señor en las alturas! —dijo el risueño santurrón con los brazos abiertos e ignorando de quien se trataba aquel enigmático personaje—. ¿En qué puedo servirle, ilustre forastero? Se nota que usted no es de por aquí. ¿Le gustaría entrar a mi humilde vivienda?

         —Es muy amable, pero no gracias —respondió Lucifer habiendo dado un paso hacia atrás, tan pronto se dio cuenta de que pendía un crucifijo sobre la pared que tenía al frente—. Por casualidad, ¿es usted don Glorioso, señor?

         —Sí mi estimado amigo, ese soy yo. Servidor del señor, el tres veces grande… ¿Qué se le ofrece? —preguntó el manso cristiano, aunque sin dejar de sentir cierta incomodidad cuando vio a tan extraño individuo perfilándose el largo bigote—. ¿Para qué le puedo ser útil? ¿Es la primera vez que visita al pueblo de san Suplicio?

         —De ninguna manera, amigo mío. La verdad es que ya he venido en muchas ocasiones anteriores —aseguró—. Por cierto, mi nombre es Lucifer, el príncipe de las tinieblas.

       Miles de pensamientos cruzaron al mismo tiempo por su cabeza, estaba indeciso. En una fracción de segundo tuvo que recurrir a varias avemarías y no se sabe a cuántos padrenuestros para espantar a aquella mala influencia. Sin embargo, el hombre más cándido que había en todo el pueblo comenzó a temblar de miedo y, aunque su temor era infundado, no se atrevió a dar un solo paso adelante. Lo cierto es que don Glorioso había escuchado muchas veces a los ancianos del pueblo contar demasiadas historias de muertos y aparecidos. Y si bien no era muy supersticioso que se dijera, ni creía en cuentos sobre demonios malignos; como hombre religioso que era, don Glorioso siempre había temido que el diablo lo pudiera visitar por el pueblo algún día.

        —¿Qué es…, lo que desea señor? —preguntó, examinándolo de pies a cabeza y logrando apenas balbucear algunas palabras—. Yo…, no conozco a nadie que se llame Lucifer. Tal vez se haya equivocado de casa, y a quien busca en realidad es al perverso señor Vlad.

         Lucifer dejó escapar una carcajada espeluznante, negando y moviendo la cabeza en uno y otro sentido.

          —No es que quiera presumir mi buen amigo, pero yo jamás me equivoco cuando elijo a una persona. Y como ya me he presentado de manera formal, aprovecho la ocasión para advertirte que debes hacer tu testamento, y dejar todas tus cosas en orden para que puedas despedirte de tus seres queridos. Esta tarde regresaré para que hagamos juntos un largo viaje.

          A pesar de ser un hombre solitario y entregado a la expiación, a don Glorioso lo querían todos en el pueblo excepto el malintencionado señor Vlad —a quien don Glorioso llamaba el señor nocturno, debido a los excesos y desenfrenos que suele cometer en las fiestas que celebra a media noche—

No sabiendo que hacer de momento, después de que recibiera aquella inesperada noticia, don Glorioso corrió de inmediato a consultar al cura de san Suplicio, quien le aconsejó que se disimulara entre los paisanos del pueblo, pues, guardando simplicidad y cierta discreción, ni el mismo Satanás sería capaz de reconocerlo. El religioso le explicó que a pesar de ser aquel un enemigo temido y muy poderoso, desde tiempos muy antiguos la iglesia siempre había sido avezada en el arte de engañar al diablo. Aquella artimaña no parecía ser un mal consejo después de todo. Sin embargo, aunque en un principio pensaba seguir al pie de la letra la recomendación del cura del pueblo, don Glorioso creyó tener una mejor idea para confundir a Lucifer de verdad. Tuvo la genial ocurrencia de disfrazarse como un virginal monaguillo para que no pudiera ser reconocido ni por el más astuto de los videntes. De la misma manera se lo hizo saber al párroco de la iglesia.

          —¿Estás seguro hijo, mío?

       —Muy seguro, padre —afirmó—. El diablo jamás sospechará que don Glorioso es precisamente el monaguillo que ayuda al cura durante la liturgia en el templo. Además, sería una nueva victoria para la iglesia. ¿No le parece a usted?

       Pero no conforme con la simple sotana de monaguillo, don Glorioso fue donde el barbero del pueblo a cortarse el cabello y más tarde le pidió al padre que le prestara un solideo con borla.

         —¿Un solideo? —dijo el cura—. ¿Es una broma, muchacho? … ¿Mi solideo?

        —Sí padre, ese mismo. El del casquete redondo con el madroño negro que tiene arriba. ¿No se acuerda? Usted me dijo que se lo habían enviado de regalo por su última visita que hizo a la ciudad de Aragón.

         —Hijo, pero eso sería un sacrilegio.

        —¡Vamos, Padre! ¿Prefiere usted dejar que Lucifer se salga con la suya y se burle de la iglesia por primera vez? Eso quedará en su consciencia.

        Don Glorioso pensaba que ese sería el camuflaje perfecto para engañar al Diablo.

Como lo había prometido, Lucifer fue esa misma tarde a la modesta vivienda de don Glorioso y tocó tres veces con el llamador en forma de argolla que había sobre la puerta, sin embargo, nadie abrió. Extrañado, el príncipe de las tinieblas regresó a la plaza mayor después que el cura había concluido los oficios de bendecir, ya que, en el poblado, los felices habitantes seguían celebrando las fiestas en honor al santo Patrono. Una vez allí, les preguntó a tres paisanos que conversaban con un monaguillo, pero ninguno de los vecinos supo darle información acerca del paradero de don Glorioso.

         —¡Oiga señor! —gritó Lucifer—. ¡Es con usted, el del pompón negro en la cabeza!

         —¿Yo? —dijo el monaguillo algo atemorizado.

        —¿Podría decirme amigo prelado, si por casualidad don glorioso ha venido hoy por la plaza, o tiene idea de si se encuentra en algún otro lugar del pueblo de san Suplicio? —preguntó el diablo, mientras se afilaba el bigote—. Mire que es algo muy importante.

        —¿Don quién? —preguntó, haciéndose el idiota—. Don… ¡Oh!, ¿se refiere usted, a don Glorioso?

       Llenándose de un poco de coraje, el monaguillo le explicó que don Glorioso había tenido que ausentarse con cierta urgencia de san Suplicio en horas de la mañana, pues su apuro se debía a un asunto de vida o muerte, pero que tal vez regresaría en cuatro o cinco días. El misario pensó que el disfraz había surtido el efecto buscado, y que tal vez el lúgubre forastero terminaría yéndose al no estar dispuesto a esperar. No obstante, Lucifer, quien disponía de todo el tiempo del mundo, esperó con paciencia en el pueblo y fue a la semana siguiente. Pero tampoco tuvo éxito esa vez. De nuevo fue al segundo, tercer y cuarto día a preguntar en la rotonda, y una vez más, ningún paisano supo informarle sobre el paradero de don Glorioso.

Habiéndose encontrado días más tarde con el avispado monaguillo, quien salía de la iglesia, pues este ayudaba al cura con la comunión por tratarse del último sacramento de varias ceremonias que terminaban ese domingo, el misario le dijo que don Glorioso quizá vendría al cabo de una o dos semanas, aunque no era seguro. Así que, una vez cumplidos los catorce días exactos, cierta mañana cuando el sol aún no terminaba de templar el día, Lucifer se apareció inesperadamente ante la vivienda del buen samaritano y tocó una última vez. De nuevo, y como era de esperarse, nadie salió a la puerta. Cansado de esperar, y juzgando que sería una total pérdida de tiempo regresar por la plaza y volver a preguntar lo mismo a los lugareños, el señor demonio aguardó un rato más ante la puerta de la humilde vivienda mientras pensaba cuál sería el próximo paso que daría.

Por otro lado, considerando que la ingeniosa argucia del cura sumado a la brillante idea del disfraz de don Glorioso, habían dado los resultados esperados, y tal vez pecando en su arrogante intento al querer jactarse de su astucia; en ese mismo momento el propio monaguillo se acercó a Lucifer y le entregó una nota en la que se explicaba que don Glorioso se había marchado del pueblo para siempre, y que jamás volvería.

Reflexionando con extremo cuidado sobre aquel chocante y más que sospechoso argumento, Lucifer se dio vuelta con la firme intención de irse. No obstante, luego de deliberar por algunos segundos, buscó de nuevo el libro rojo que guardaba dentro de su capa y tachó para siempre el nombre de don Glorioso.

         «Alabado sea el Señor en las alturas», pensó satisfecho el astuto misario, viendo el enorme borrón que hacía Lucifer en aquel libro llameante.

        De inmediato Satanás se volvió una vez más hacia el amable sacristán, y contemplando el solideo negro con la borla tejida en forma de globo que lucía sobre su cabeza, le dijo:

       —Después de todo, han transcurrido tres semanas y cuatro largos días desde mi llegada, y en vista de que nuestro amigo no volverá por san Suplicio, considero que es hora de marcharme. Gracias de nuevo por tu cordialidad, alma bondadosa —agradeció Lucifer.

       —Vaya usted en paz buen hombre, y alabado sea D… —trató de decir el monaguillo, pero el príncipe de las tinieblas no dejó que terminara la frase.

      —¡Oh!, perdone usted mi vieja y cansada memoria, es que con frecuencia suelo olvidar casi todo lo que me dicen. ¿Pero cómo fue que me dijo que era su nombre, señor monaguillo?

       —¿Mi nombre, dice? —transpiró don Glorioso, casi traicionado por los nervios—. Pues mire, mi nombre es… ¡¡¡Martín!!! Sí, eso mismo… ¡Martín!

      —¿Martín, dices? —murmuró el diablo en voz alta—… ¿Cómo san Martín, el buen pastor?

         —¡Si, si, si señor!… Ese mismo, como el santo pastor —mintió el misario.

        Pero de nuevo, Lucifer revisó con rapidez de arriba a abajo cada una de las páginas de aquél libro hirviente y de color rojo que guardaba de manera disimulada en el interior de su capa. Se había dicho que ese era un nombre muy particular.

       —Martín, ¿seguro? A ver… Martín, Martín, Martín —rumiaba mientras iba repasando aquel índice interminable con el dedo, hasta que se detuvo súbitamente sobre un nombre.

        —¡Ajá!

        Lucifer fue levantando la mirada sin ningún apuro, y de seguidas miró al monaguillo directo a los ojos. Perfilándose entonces el bigote, le sonrió con malicia ….

J. B. Mahoney

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BRAVUCÓN DE LA ESCUELA: Memorias de un Bullying (Relato)

    heder2

Créanlo, esta es una historia verdadera. Es la historia de un Bullying un tanto peculiar, puede que sea uno de los acosos más ridículos, y si se quiere, menos pesados que alguien haya podido soportar alguna vez en su vida; pero el relato pretende resaltar, sobre todo, la manera de cómo el afectado se las ingenió para hacerle frente a un asediador, cuyo hostigamiento se había hecho diario y sistemático.

Advertencia: Vale la pena destacar, que el autor escribió su nombre al revés. Esto lo hizo deliberadamente para confundir a los lectores y evitar a como diera lugar que pudieran identificarlo como la verdadera víctima de este, su primer acoso escolar. Hasta el presente sigue creyendo que aquella suerte de persecución diaria y sin tregua, no derivó en traumas para su vida familiar o social, ni le ha supuesto problemas de tipo psicológico. ¡Uff!… por fortuna.

No hace falta explicar lo que es un acoso propiamente dicho. Sin embargo, mírese como se mire, un acosador siempre será un abusador, es decir; un depredador en potencia. Hay muchas formas de acoso: Moral (incluyendo todos sus giros) visual, laboral, psicológico, escolar (Bullying) En otras palabras, un acosador puede intimidar a su víctima adoptando posturas diferentes: desde manifestarle un simple guiño, insinuar un gesto obsceno o decirle una palabra grosera; hasta llegar incluso a la agresión física.

El vil y despreciable hábito del Bullying, es quizá tan remoto como la existencia misma de la escuela. No obstante, podría decirse que el acoso como tal es tan primitivo como el hombre. Esto quiere decir; que debe haberse practicado desde hace al menos unos 2.5 millones de años, asumiendo que la antigüedad del Homo sapiens sea esa. Sin embargo, esta historia es algo más reciente.

Transcurrían los primeros años de la década de los sesenta. Esos días felices (conocidos por muchos como Happy days) —alegoría de una época olvidada, metáfora, tal vez, de una inocencia perdida— estaban a punto de culminar. Quien los haya vivido sabe que aquellos eran tiempos sencillos y de calma, aunque también de tensión y crisis, ya que se produjeron grandes cambios que convulsionaron al mundo entero, en los que surgieron importantes movimientos sociales que transformaron la manera de pensar de mucha gente. Pese a ello, la sola palabra de una persona, de por sí seguía teniendo un valor moral muy importante.

Como en todo pueblo de provincia, rara vez había entonces motivos por los que tomarse cualquier situación con apresuramientos, o hacer las cosas bajo la premisa de lo urgente. Salvo que surgiera una emergencia médica imprevista o bien se diera alguna circunstancia de peligro inminente, claro está, nadie tenía por qué dar carreras de última hora. Incluso, frente a entornos de agresión u hostigamiento, nadie pensaba por esos días en vengarse o tomar alguna forma de represalia posterior. Solo en ciertas y determinadas coyunturas, a veces extremas, alguien terminaba resolviendo el asunto yéndose a los puños que, en ese caso, lastimosamente y ante las miradas de los espectadores curiosos, a la víctima no le quedaba más remedio que “arrodillarse” o resignarse ante la superioridad del verdugo, tragándose su humillación en silencio. ¡Vamos!, pero si la cuestión tampoco era para tanto. Cuando mucho, los adversarios dejaban de tratarse o evitaban mirarse a la cara, ya que, de todos modos, el hostigador se sabía vencedor. Por lo general, en muy poco tiempo el infortunado problema y la deshonra quedaban en el olvido, o bien como un vago recuerdo.

¿Seguros?

A pesar de todo, viendo el escenario de una manera muy general, podría decirse que las cosas eran menos complicadas entonces.

ARIEL: EL TERROR DE LA ESCUELA

Ariel, fue el enemigo número uno y el terror de los chicos del salón de clases. Un infame abusador de todos los días que fue traicionado por una mala jugada que le devolvió el destino. La áspera y mordaz bofetada que recibió, no pudo ser otra cosa que un antojo inesperado de su propia crueldad.

ELÍAS: LA OVEJA NEGRA

Claro. Elías, el gordito tímido. El miedoso al que siempre le ponían una goma de mascar en el asiento o, cuando no, le hacían zancadillas en el patio de recreo, a sabiendas de su visible cojera, solo para tener un pretexto y reírse un buen rato… En fin, la oveja negra del salón de clases. ¿No es esa la imagen del pendejo de quien ciertos abusadores suelen encaprichare a veces? ¿O casi todas las veces? ¿De aquel sin la madurez suficiente como para entender que en ocasiones también hay que aprender a defenderse en la vida? Pero ¿defenderse de quién, del bravucón…? ¿Y cómo? ¡Por todos los santos!, si se trataba de un enfrentamiento asimétrico. ¿De qué forma se podía defender alguien, o desafiar a una persona como Ariel, superior en brutalidad y tamaño, y no morir en el intento? Pareciera que es aquí donde bien encaja aquella famosa frase de Napoleón Bonaparte cuando decía: “Una Retirada a Tiempo, es una Victoria”. Expresión muy cierta, si lo que se está buscando es evitar una guerra absurda entre dos ejércitos desiguales. De eso no cabe ninguna duda, con tal de poder salvar la vida al mayor número de soldados. El problema es que huir de un acosador escolar es algo muy diferente, sobre todo cuando se tiene esa edad.

¿Salir huyendo no habría sido lo mismo que haberse orinado en los pantalones?, ¿no es eso lo más cercano a demostrar clara cobardía frente a los demás compañeritos de la escuela? Y después ¿sentirse avergonzado ante todas las niñas del salón y con el orgullo pisoteado? ¿Ser observado en silencio por el rabillo del ojo y valorado con lástima? ¡Ay!… Bueno, como que ni enfrentarse era una opción, ni salir huyendo otra. ¡Mierda, qué aprieto!

Dicen a veces, que la solución a un dilema difícil llega a nuestras manos sin desearlo y de forma inesperada. Pues bien, tarde o temprano al pequeño Elías habría de prendérsele un bombillo de salvación, puesto que necesitaba a como diera lugar concebir una salida alternativa. Algo así como un plan B.

A continuación; reminiscencias de lo que verdaderamente sucedió.

Durante una tarde de vientos huracanados, mientras escribía en su estudio y pensaba en el argumento de su próxima novela; Elías miró abstraído hacia uno de los estantes de su vieja biblioteca. En ese momento fue haciendo memoria de uno de los más antiguos episodios de su pasado, a medida que las primeras gotas de lluvia comenzaban a salpicar sobre su ventana.

Asegurando con una pinza de metal a todo un grupo de hojas sueltas y etiquetas con comentarios que había escrito temprano en la mañana, dejó el fardo completo a un lado sobre el escritorio y entonces fue hasta aquella larga repisa atestada de muchos libros viejos. Algunos de ellos tenían el lomo remendado con pegamento, otros, tan solo con cinta adhesiva, unos pocos de ellos eran nuevos. No hizo sino sonreír como un chiquillo…, como el que de su picardía se acuerda.

Después de jugar un rato con la perilla de las persianas, Elías terminó subiendo estas de par en par y cerró los ojos tomando un profundo suspiro. Se dijo en ese momento, que toda la brutalidad que aquel temerario bravucón solía descargar casi a diario, sobre él más que a nadie, y en contadas ocasiones contra sus demás compañeritos de clases; se le había regresado como un Boomerang enloquecido cuando menos lo estaba esperando. Aquél último revés, y que puso fin a todas sus bravuconadas, al menos por un largo tiempo, sucedió poco antes de que finalizara el año escolar, para ser más exacto, faltando poco tiempo para culminar el tercer grado de la preparatoria elemental.

Si mal no recordaba, daba comienzo el primer lunes del mes de junio (apenas había terminado de celebrarse en la escuela la semana del árbol, y los alumnos debían entonar en el patio de recreo, pocos minutos antes de entrar a clases esa mañana, el bien sabido himno del árbol) pero no fue sino dos o tres días más tarde, un miércoles o un jueves por la mañana, que Ariel regresó a clases desmoralizado por completo. Toda esa semana se estuvo callado en su pupitre. Se adivinaba ausente y no hacía más que mirar a todos lados sin atreverse a decir una palabra, era un perfecto desconocido.

Para sorpresa de los chicos, Ariel llegó al salón de clases con todo el antebrazo y gran parte de la muñeca enyesados. Su mano derecha se apreciaba amoratada, ¡repugnantemente plomiza!; delatada por unos horribles reflejos cianóticos con visos tornasolados. Presentaba sus dedos índice y medio tan hinchados, así como varios puntos de sutura en el pliegue interdigital, que toda aquella masa deforme parecía la garra asquerosa de una criatura horrenda, como las que en ocasiones suelen verse en películas de ciencia ficción.

En el aula esa mañana, muchos de los alumnos sonreían en silencio mientras se cruzaban miradas de forma cómplice unos con otros, ya que creyeron adivinar que el dulce momento había llegado, que al fin se había hecho una suerte de justicia divina. ¿Justicia divina?… ¿en serio? ¿Estaban los chicos seguros acerca de eso que pensaban? Alguien comentó en voz baja que la mano hinchada de Ariel parecía un sapo muerto inflado de aire. Alguien más afirmó que se le estaba pudriendo, que lo mejor sería que un doctor se la cortara antes de que el resto de su cuerpo cogiera una infección. Bueno, algo así fue lo que dijo. Lo cierto es que recordaba la zarpa enguantada de una bestia peligrosa, como si hubiese sido torturada, puesto que se veía tan grande o mayor quizá, que la del bedel que solía barrer los corredores frente a los salones de clase, y a quien cariñosamente los chicos llamaban “El Señor Manotas”

Beth, la mujer de Elías, había entrado algo más temprano a su estudio esa tarde para llevarle un vaso de leche tibia con una galleta, y lo vio esbozando una extraña sonrisa. Notó que su esposo miraba con malicia inflamada aquél viejo lápiz a medio romper. Tal vez ella advirtió una ligera pincelada de cinismo en aquella sonrisa. Solo se trataba de un simple lápiz. Un lápiz como cualquier otro, y que Elías exhibía colgado en el centro de un pequeño retablo de madera como si fuera un trofeo muy valioso.

     —¿Sabes, algo amor? No termino de figurarme para qué guardas con tanto orgullo ese inútil cachivache… Hasta la pintura amarilla se le está comenzando a caer —dijo, observándolo de refilón—. Seguro que alguna travesura habrás hecho con él, como para tenerlo guardado todavía igual que si se tratara de un viejo trofeo de tu juventud.

     «¿Travesura?», repitió empujado por la inercia, mientras sonreía a lo Lindo Pulgoso.

      Elías se dio vuelta en ese momento hacia su mujer y se la quedó mirando con la misma sonrisa… grácil, pero a la vez; “traviesamente” endemoniada. Tal vez poseída aún, por la dulce satisfacción de un lejano recuerdo.

      —Es como si lo fuera querida, es como si lo fuera —repitió como un eco—. Es solo que me trae un recuerdo muy especial. ¿Sabes?, los maestros nos decían “primero tienen que acostumbrarse a escribir con lápices de grafito. Creo que, a esa edad, no sabía entonces que el grafito era esa delgada mina de carbón que iba por dentro. Fue algún tiempo después, cuando nos permitieron utilizar el bolígrafo. ¿Te imaginas todo aquello?

      —¿Por eso, Elías? ¿Es por ese único motivo que lo exhibes con tanto orgullo, por lo que te dijeron tus maestros en la escuela? —Beth parecía un poco confundida—. ¿Acaso se trata del último lápiz que usaste para escribir? La verdad es que aun no entiendo nada.

     —No amor. Estoy seguro que no fue el primero ni tampoco el último que llegué a utilizar, eso es obvio. ¿Cómo podría acordarme de algo así? —dijo, Elías con una sonrisa y pellizcándola por el brazo—. Es por algo muy particular que me sucedió cuando yo estudiaba la primaria.

     —¡Ay! Elías. Mira que conozco muy bien esa sonrisa de diablillo. Tienes que contarme toda la historia un día de estos. Dime, ¿cuándo cuándo?

      —Seguro querida, cuando quieras. Resulta que este es el único de aquellos lápices viejos que aún conservo, además de algunos de esos libros que están en la biblioteca. Estoy seguro de que eran algo más “gorditos” que los de hoy en día.

     »Quién sabe, imagino que esas barritas amarillas tenían dos o tres capas de pintura entonces —conjeturó, haciendo un gesto infantil con la boca—. Mira, si te sientes animada, más tarde puedo contarte lo que me ocurrió. Creo que esa historia te va a encantar.

      —¡Elías, Elías bandido! Tú como que eras una maleta llena de sorpresas —dijo.

    —Bueno, para ser franco, esa no fue mi única vez, amor —dijo, con un dejo de nostalgia—. Por aquellos días, no recuerdo muy bien, tal vez uno o dos años más tarde, de nuevo fui víctima de algo mucho más grave todavía.

        —¿Más grave?… ¿Qué quieres decir?

     —Si Beth, muy grave. Es solo que este segundo incidente tuvo un final menos honorable, mucho menos que el de la historia anterior. Lo que sucedió fue un juego desagradable de chicos que nunca debió pasar de allí. Pero por desgracia, y por increíble que parezca, las consecuencias de este último tuvieron su reclamo algunos años más tarde. ¡Rayos!, toda mi vida odié esa clase de juegos.

      »Es solo que no consigo entender, desde un principio, cómo pudo algo tan estúpido haberse salido de control. Aun cuando fue inevitable al final, siempre lamentaré lo que ocurrió… A veces pienso que el destino es muy extraño.

      —¡Ay! Tampoco es para tanto, querido. ¿No crees que estás exagerando un poco?

     —Créeme Beth, no es algo de lo que deba sentirme orgulloso, ni mucho menos. Bueno, bueno ya, prefiero no acordarme de ese triste episodio —terminó diciendo—. Y pensar que la causa también fue otro condenado lápiz.

    —¡Por Dios, Elías! ¿Acaso eras un buscapleitos, qué se yo, una especie de niño con problemas de comportamiento?

     —Fui pacífico de pequeño y lo sigo siendo, eso lo sabes. Lo que ocurre Beth, es que no todo el tiempo se es una monedita de oro para los demás. Mira, en toda escuela siempre hay un guapetón antojadizo, y supongo que yo fui la oveja negra elegida en esas dos ocasiones.

     —¡Ay, señor!, las de historias que cobran vida contigo. Y pensar que todo por un viejo e inservible lápiz.

     —¿Qué?… ¿Insinúas que tengo manía por los lápices? —dijo, dejando escapar un par de carcajadas—. Es evidente que los dos incidentes no fueron por causa de la misma barrita.

     No obstante, en cierto modo su mujer no dejaba de tener razón. Aquella barrita amarilla que aún conservaba en su estudio no era más que un lápiz viejo e inservible ya…, aunque para Elías significaba mucho más que un recuerdo lejano. En ese momento fue hasta su escritorio y registró en uno de los cajones de donde extrajo un viejo portafolio de cuero, luego regresó a la biblioteca para anotar un número en la pequeña agenda de teléfonos que sacó de la funda.

Elías sonrió con picardía y miró en ese instante hacia la puerta, pensaba preguntarle a Beth si le gustaría salir a cenar en la noche. Tal vez era una buena ocasión para charlar y contarle aquella historia, pero ella ya había salido del estudio.

       «Bueno, otro día será», supongo.

      Estando de pie frente a su avejentado trofeo, Elías recorrió su dedo con delicadeza varias veces sobre la superficie de aquella barrita mongólica, acariciando con sumo cuidado donde se advertía una sutil fractura en la madera (esta aún conservaba parte de la pintura original y se podía distinguir el número dos, impreso por un costado y resaltado en color negro) Pensó en ese momento que debía quitar el polvo a todo el mueble, y que ya iba siendo hora de tirar algunas facturas vencidas a la papelera.

       «¿No crees que debería ponerte un nombre, compañerito? Digo, para que puedan saber cómo te llamas. Llevas tanto tiempo ignorado encima de esa repisa —se dijo, elucubrando disparatadamente—. ¿No? ¿Prefieres que te siga llamando Viejo Mongol…? Sí, yo también pienso que ese nombre es el que te va mejor»

      Colocando a un lado sus gafas, mientras contemplaba sordo por la ventana, Elías cerró los ojos y comenzó a hacer memoria de aquellos tiempos pasados que, aun cuando había ocasiones en que el destino tejía sus redes sembrando algunas trampas y presentaba encrucijadas difíciles, no dejaban de ser unos días felices y llenos de inocencia.

Todo comenzó a mediados del año escolar anterior (durante el segundo grado de la primaria elemental) Al principio, aquellos juegos de Ariel no pasaban de ser simples payasadas, a veces algo grotescas quizás, aunque todos se divertían con sus ocurrencias. Pero con el transcurrir del tiempo, el entorno empezó a volverse más pesado, las bromas del bravucón eran menos inocentes y se hacían cada vez más desagradables. Muchos comenzaban a evadirlo y evitaban estar cerca de él, pues la atmósfera se había hecho un tanto inestable y con el paso de las semanas la situación parecía haberse descontrolado. Su última ocurrencia fue la gota que derramó el vaso, esto aconteció por el mes de junio del año siguiente (justo finalizaba el tercer grado) Por fortuna las evaluaciones habían terminado, y solo quedaban pendientes los exámenes finales del mes de julio. No obstante, la profesora guía había dicho esa mañana que haría una prueba escrita sobre la experiencia aprendida durante la celebración de la semana del árbol. El salón entero lucía feliz, puesto que las vacaciones se acercaban. El director dijo que había sido el año de los éxitos y el de las caras nuevas, que muy pronto todos conquistarían el siguiente grado de la primaria. Sin embargo, no podía decirse que aquel año había sido de logros para Ariel, el abusador de la clase. Tampoco él era una cara nueva en la escuela, porque había sido muy indisciplinado y tan mal estudiante; que por segunda vez repetía el año escolar.

Desde los primeros días de ese año, el bravucón se las había arreglado para hacerse con un par de “vasallos” —a quienes él mismo llamaba ayudantes— los que, intimidados tal vez por su estatura y fuerte contextura, amén de su fea cara, lo seguían constantemente a donde quiera que iba como si fueran dos mercenarios contratados; salvo que no recibían ninguna compensación por el servicio que prestaban a su desequilibrado jefe.

De una forma u otra había que pagarle tributo a Ariel, pues nadie gozaba de un “salvo conducto” —por decirlo de alguna manera— para ir y venir sin riesgo por las áreas de esparcimiento de la escuela. Cuando no, era casi obligado apartarse de su camino cada vez que anduviera con sus dos cómplices por los pasillos o en el patio, durante los diez minutos que duraba el receso académico. De lo contrario, había que atenerse sin remedio y sufrir las consecuencias. Siempre había que hacerle un espacio a Ariel para que pudiera circular libremente y sin que tuviera que tropezar con nadie.

Por no decir todos los días, puesto que, debido a algún extraño motivo, los viernes muy rara vez se presentaba a clases, en innumerables ocasiones también había que estar atentos durante las horas del receso, bien fuera para invitarlo de forma obligada a compartir los pastelitos salados del cafetín escolar, o convidarlo a tomar alguna gaseosa, a riesgo de que por azar no te metiera el ojo ese día.

Si bien era cierto que Ariel se había convertido en una verdadera pesadilla para los chicos del salón, no menos cierto era, el que Elías siempre fuese escogido como su conejillo de indias preferido para poner a prueba sus venenosos experimentos.

Una mañana, el inesperado ring de las 7 a.m. indicó a todos que había llegado la hora de entrar al aula de clases. Las hembras y los varones formaron dos filas ordenadas. Haciendo silencio, las chicas fueron pasando primero al salón hasta que cada cual ocupó su respectivo pupitre. Pero Elías temblaba de pánico, y a cada momento miraba con cautela hacia atrás por el rabillo del ojo. Esperaba no tener que toparse de repente con el bravucón y tenerlo justo encima de su espalda. Por un momento se preguntó en la fila en qué consistiría el nuevo experimento que tendría preparado, y si de nuevo se antojaría de él esa semana para hacerlo sufrir como lo había hecho a lo largo del segundo año.

Elías traía guardado en su maletín escolar una goma vieja para borrar y un lápiz de color amarillo que relucía de lo nuevo, estaba seguro de que llenaría la doble página, tamaño oficio, describiendo la experiencia aprendida durante la semana del árbol y el dibujo de una linda palmera.

       —¡Cuadernos y lápices! —anunció en voz alta la profesora guía sin avisar, después de haber pasado la lista de todos los alumnos—. ¡Hoy comenzaremos la mañana tomando un examen corto! Como ya les dije niños, solo quiero ver lápices y borradores sobre sus respectivos pupitres. ¡Mucha atención!, en la pizarra pueden ver el dibujo de un…

      De forma inesperada, los chicos se dieron vuelta para mirar. Las instrucciones que explicaba la maestra quedaron en suspenso, cuando en ese momento tocaron tres veces la puerta del salón de clases.

       —¡Disculpe un momento, profesora! —irrumpió el director de la escuela, asomando de pronto la cabeza—. Necesito hablar con usted un asunto urgente.

     —Muy bien, señor director. ¡A ver niños! Hagan silencio por favor, que enseguida vuelvo. Espero no tener que llamarle la atención a ninguno cuando regrese al salón —advirtió la joven mujer—, así que permanezcan callados y sin hacer desorden.

       Inocente de lo que estaba por acontecer esa mañana, en ese momento Elías sacó de su maletín la goma de borrar y el lápiz nuevo que traía con él, colocándolos sobre el canalillo de su escritorio. Tan pronto como la pedagoga se hubo marchado a la oficina de la dirección, Ariel se levantó e hizo un rápido guiño al más pequeño de sus esbirros para que corriera a reforzar la vigilancia en la puerta (era obvio que oportunidades como esa, el estudiante más indisciplinado de todo el colegio no la iba a desperdiciar) Intrigados, los chicos siguieron con la vista las acciones del pequeño esbirro. A continuación, Ariel efectuó un chasquido con los dedos y, su otro ayudante quien era algo así como su mano derecha, saltó fuera de su asiento y aguardó por la señal de costumbre. Nadie más que los tres pequeños rufianes sabían acerca del nuevo plan que habían tramado para esa mañana y las que seguían.

      —¡¡¡LÁPICES!!! —gritó Ariel de pronto a sus leales servidores, insinuando con la cabeza a Elías de primero—. ¡Rápido, rápido! Nada de palitos usados. Tráiganme solo aquellos que se vean nuevecitos.

      Entregados a la resignación, y sin poder hacer nada para tratar de evitarlo, los varones contemplaron con gran pesadumbre al fiel y riguroso cancerbero mientras se iba desplazando de fila en fila recolectando los lápices nuevos o aquellos en mejor estado, los que después iban siendo mostrados uno por uno, como un botín conquistado para que el bravucón los fuera examinando. Sin contemplaciones y sin dar una pizca de respiro, el guapetón puso cara de muy pocos amigos y levantando su dedo índice en forma amenazadora, fue quebrando en dos pedazos, cada uno de aquellos brillantes e inofensivos lápices. Algunos eran de color rojo muy intenso. Otros, de un verde lacado y azul eléctricos, pero todos tenían aspecto y brillo metalizado. Estos eran de una marca económica, algo así como dos por el precio de uno. Sin embargo, los más buscados eran los gorditos, algo más costosos y pesados, aquellos de color amarillo mongólico, sin el brillo acerado y con el número dos, estampado cerca de un extremo por debajo de la pequeña goma para borrar.

A medida que el bravucón los iba rompiendo en dos mitades, este se revisaba el dedo índice con sumo cuidado como para cerciorarse de que en aquella suerte de hacha despiadada no hubiera el más mínimo rasguño, o alguna fina astilla de madera clavada. Minutos más tarde, al fin había terminado su trabajo esa mañana.

      —¡Hicimos una marca! Hoy destrozamos cinco de los nuevos, y apenas empieza la mañana. ¡Uff, soy el triturador de lápices! —decía Ariel vanagloriándose a sí mismo, como si hubiese llevado a cabo una hazaña honorable.

      Mientras que varios vítores de aprobación se escuchaban de parte de aquellos dos pequeños compinches, Elías veía con frustración la manera pedante en la que Ariel se limpiaba su mano, sudada y manchada con trazas de grafito, en la camisa de sus ayudantes después de haber roto todos aquellos lápices nuevos. Tal vez por un momento, aquel titán presumido llegó a imaginarse que su dedo no era otra cosa sino la prolongación de un arma letal. Los chicos se vieron a las caras con suspenso, algunos a punto de estallar. ¡Ajá!, ¿y quién diablos de los varones se iba a atrever a acusar al bravucón con la profesora siquiera, sin temer a las consecuencias futuras o seguras represalias? Si bien era cierto que Ariel se comportaba como un verdadero bruto, el astuto fanfarrón no solo se creía el chico invulnerable de la clase, sino que sabía con precisión a quiénes podía elegir como sus potenciales víctimas. Ariel nunca fue lo suficientemente estúpido como para fastidiar a las hembras del salón, porque estaba seguro de que estas de ninguna forma se andarían con contemplaciones. Sabía que tarde o temprano terminaría en el banquillo de los acusados y en su momento llevado ante el propio director de la escuela. Por si fuera poco, y como si de un estadista innato se tratara, Ariel tampoco era de los que repetía las mismas acciones al día siguiente. Por muy obtuso que pudiera ser, el bravucón era una personita impredecible.

Habiendo transcurrido una larga semana, todo apuntaba a que aquella terrible amenaza de quebrar lápices nuevos con el dedo había terminado. Daba la impresión de que las cosas estaban volviendo a la normalidad en la institución. Aun cuando aquello olía raro, durante varios días se respiró la calma y nadie llegó a sentirse intimidado de nuevo por Ariel. Que extraño resultaba todo, pero hasta en los grados inferiores había buen estado de ánimo. El motivo estaba justificado. Gracias a las maestras, ciertos rumores de fiesta se habían colado por los pasillos. Buenas noticias habrían de engolosinar al grupo escolar.

Pronto llegaron unos ciclos de charlas y conferencias acerca de temas variados. Tan variados, que nadie excepto los maestros, parecía estar interesado en ponerle atención. Los chicos —los más pequeños— habían aprendido dos nuevas palabras, aunque lo único que entendían era que se llamaba “Acto Académico” Consistía en que los más antiguos del colegio subían al estrado del auditorio y, luego, un grupo de profesores les iba dando un apretón de manos. Por último, estos recibían como regalo un cilindro alargado de color negro, en cuyo interior había un papel escrito en letras grandes y muy bonitas llamado “Título de Bachiller” Esto no tenía nada de divertido, pues daba la impresión de que lo único que se necesitaba era subir allí arriba con un traje y una corbata, para recibir un diploma igual. ¿Tanto escándalo, solo para que te entregaran un papel? Dentro de aquel cilindro negro no salían caramelos, globitos inflables ni soldaditos plásticos para jugar. Pero allí no terminaba todo aquel acto tan aburrido, pues era entonces en ese momento cuando todo el mundo entraba en acción. Sin saber por qué, desde los pequeños hasta los más grandes tenían que aplaudir sin parar durante un largo rato. La parte más pesada seguía a continuación.

Quien en más ocasiones habló ese día sobre el paraninfo fue el director del colegio, ya que se había adueñado del micrófono al principio y nuevamente al final de la jornada. Las cosas cambiaron cuando llegó el cierre del acto académico, fue la mejor parte de la ceremonia. Sobre todo, para los pequeños, quienes solo pensaban en el momento de los refrigerios y los deliciosos pastelitos.

Felices porque todo era gratis, la fiesta significó un verdadero respiro. Al no haber clases ese día, los chicos estaban seguros de que los asaltos inesperados de Ariel no se iban a repetir, puesto que nadie traía lápices ni útiles escolares ese día.

Aunque no todo podía ser actos académicos, diversión ni refrigerios. Apenas terminó el fin de semana, en la mañana del lunes siguiente, cuando nadie lo llegó a sospechar siquiera, el bravucón de la escuela atacó una vez más y logró hacerse con una nueva ración de lápices; desde los más variados colores de brillo metalizado, hasta su amarillo favorito: el nuevo mongol número 2, de Elías.

A pesar de que Ariel solía amedrentar de manera sistemática a los chicos del segundo y tercer grado, ya fuera por los pasillos durante las horas de recreo o dentro del propio salón de clases, aquella persistente intimidación muy pronto dejaría de ser una pesadilla para todos.

Aun cuando se trataba de un pasado que no podía olvidar, Elías no recordaba con exactitud el día en que ocurrió el infortunado revés, pero sí que fue luego de cierto fin de semana cuando se dispuso a realizar las tareas escolares en su casa. Esa mañana advirtió que en su mochila escolar ya no le quedaban más lápices. Por temor a que en casa sus padres se molestaran cuando tuviera que dar explicaciones de por qué perdía todos sus lápices nuevos, y tener que revelarles el que cierto guapetón de la escuela se los quitaba sin motivos para romperlos en dos, Elías prefirió entonces entrar a hurtadillas en la biblioteca y registrar dentro del escritorio de su padre.

Mientras abría una caja nueva de aquellas hermosas barritas pulidas con olor a madera de cedro, una de ellas se escapó de la caja y cayó al suelo. Como cosa extraña, notó que la mina de grafito se había vaciado por completo del lápiz, dejando expuesto un perfecto agujero negro que parecía atravesar la barrita por todo el centro. Al frotar con el pie toda aquella cantidad de partículas minúsculas en forma de polvillo, el zapato de Elías dejó una horrible mancha de color gris oscuro sobre el piso de la biblioteca de su padre.

      «¡Mierda! Parece que fuera tierra. Es del mismo color que la pólvora que viene en los petardos de navidad. Quizás es con lo mismo que se fabrica el carbón —imaginó Elías maravillado—… ¿Quiere decir que solo hay que esperar a que la mina se pudra toda para hacer pólvora?»

      Examinando su lápiz, Elías golpeó varias veces la barrita con el dedo y notó que aquella “pólvora” gris seguía escapándose por el orificio hasta que de repente dejó de salir. Por un momento se figuró aquél oscuro hoyito como si fuera un túnel infinito atravesando el lápiz y que terminaba en la misma goma de borrar.

Fue en ese preciso instante que tuvo un sobresalto casi intuitivo. Sin saber por qué motivo, Elías no dejaba de pensar en Ariel, aquél depredador de lápices de la escuela, quien todo el tiempo se la tenía jurada. En su fantasiosa imaginación, por algunos segundos combatió a las espadas legendarias empuñando aquel lápiz vacío y arremetiendo contra la pequeña estatuilla de Aquiles que había sobre el escritorio de su padre. Harto de subyugar a cada momento al casi inmortal héroe griego, fue entonces en busca de otra barrita en uno de los cajones y la dejó caer al suelo para ver si también se le aflojaba la mina. Pero nada ocurrió. De nuevo, aquella terrible imagen del bravucón rompiendo lápices a destajo, se le vino a la mente una vez más. En tanto, Elías se preguntaba las razones que impulsaban al patán de la escuela a tratar así a sus demás compañeros de clase. Recordó sin embargo que, a comienzos del año vio con un dejo de sospecha a Ariel saludando con efusividad a varios de sus amigos. Sin entender bien el motivo, iba felicitando a cada uno dándoles palmadas en la espalda. A pesar de todo, aquello se veía algo sospechoso. Fue como si Ariel se hubiera alegrado de verlos después de muchos años sin saber de ellos. Todo iba bien hasta que le llegó su turno. Solo después que un relajado grupo de compañeros comenzó a burlarse a carcajada suelta, Elías adivinó algo tarde que Ariel se había embadurnado las manos después de comer parte de una barra de chocolate que llevaba guardada en el bolsillo. Haber simulado todo aquel teatro solo para para encharcar la camisa de su uniforme escolar, a Elías no le pareció nada gracioso. Semanas más tarde vinieron los pisotones, pisotones adrede, para rasguñar la superficie de uno que otro zapato. Por supuesto, Elías siempre era la víctima escogida.

La última ocurrencia de Ariel antes de las vacaciones fue la de volver a secuestrar lápices para romperlos por la mitad, quizá su gracia peor pensada. ¿Repetir el mismo antojo de la semana pasada? No era una novedad, aunque si una gran estupidez. Que Elías lo supiera, nadie le había dado motivos al bravucón alguna vez en la escuela para tener que romper aquellas barritas pues, al fin y al cabo, tampoco se quedaba con ninguna de ellas.

      «A lo mejor se debe porque nunca hace sus tareas, y no quiere que nadie las haga tampoco. Lo único que si sabe hacer es meterse con los demás —elucubraba con ingenuidad—… ¿Por qué siempre tiene que romper mis lápices?»

      Lo cierto es que Elías había perdido la cuenta de todos los lápices nuevos que debieron haberle arrebatado a la fuerza en el salón de clases, cuando no a la hora de salida, teniendo que regresar cada vez a casa sin su mongol amarillo. Se le estaba haciendo un poco espinoso seguir pidiéndole un lápiz nuevo cada dos o tres días a su padre. En ocasiones se imaginaba el tobo de la basura de su casa, repleto de cajas vacías y amontonadas, esperando ser recogidas por el camión del aseo.

      «¿Cómo papi no puede darse cuenta de que ya casi se le están acabando los lápices? —cavilaba, acorralado por el dilema—. Lo va a notar y no quiero que me castiguen»

       El pequeño Elías se dispuso a marcharse hacia su habitación para calcar un dibujo en su cuaderno de tareas, cuando un pensamiento no muy preciso lo contuvo de repente. Parecía como si una voz… una voz muy oscura dentro de su cabeza, le hubiera reclamado:

      «¡Espera un momento, Elías! ¿A dónde crees que vas? ¿Piensas dejar las cosas así, y que al fin Ariel se salga con la suya? Esto no puede quedarse así. ¿Verdad que no?»

      La consciencia del chico había sido arremetida de nuevo por aquel sobresalto instintivo, y fue cuando de pronto se le ocurrió una idea no tan ingenua como macabra, aunque en el fondo, Elías solo pensaba en la manera de cómo devolverle aquella pesada broma al provocador de Ariel. Fue casi como si un enorme mapa ilustrado y con instrucciones perfectamente detalladas, se hubiera colgado frente a sus ojos como una valla publicitaria.

De pronto, Elías pudo verlo todo claro y despejado.

      —¡¡¡Mierda, eso es!!! —dijo Elías de forma inesperada, cuando en un instante concibió el plan completo de todo lo que pensaba llevar a cabo—. Alambre de colgar ropa, un alicate para cortar, el pegamento para carpintero de papá y… ¡Claro, un lápiz sin la mina de grafito! ¡Por qué no se me había ocurrido algo así antes?

      Aquella breve lista de materiales desfiló en lenta procesión frente al pequeño Elías como la rueda de un enorme carrusel de feria. Más bien parecían piezas de un mecanismo gravitando al mismo tiempo en el aire, y girando en círculos alrededor de un eje imaginario dentro de la habitación. Sin pensarlo dos veces, Elías salió disparado hasta el armario donde su madre tenía colgada la ropa y abrió las puertas de par en par.

       «¡¡¡Siiiii!!!», dijo de forma atropellada.

      Allí se encontraba la pieza más importante de lo que necesitaba. Bastaba una recta e inofensiva percha de alambre, y como esa, había por montones.

      Pero antes de que se le desvaneciera todo el mapa que tenía en su cabeza y correr al garaje por la caja de herramientas, prefirió dibujar todo en una hoja de papel tal como lo había concebido.

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Elías observó el hoyito sin mina de su lápiz, y por un momento sonrió con malicia. Teniendo todo más que claro en su mente, lo primero que hizo fue probar introducir por el interior de aquél orificio negro, un pedazo de alambre recto (el que cortó con el alicate de su padre de la percha para colgar ropa en forma de triángulo) Al advertir que el pedazo de filamento pasaba por el hoyo ajustándose con asombrosa perfección, y para asegurarse de que no resbalara ni se saliera del lápiz como había ocurrido con la barrita de carbón; tuvo la genial idea de sembrarla con pegamento extrafuerte de carpintero.

Ese fin de semana fue tiempo más que suficiente para que la cola y el alambre fraguaran como un todo y de manera precisa dentro del lápiz. Maravillado, Elías recordó haber visto muchas veces la técnica de cómo los obreros de la construcción solían fabricar algo similar cada vez que fraguaban tres o cuatro varillas largas de acero al colocarlas dentro de una caja de madera. Esta se rellenaba posteriormente de cemento con el propósito de cimentar una columna. En otras ocasiones, veía también la forma en que los técnicos constructores aprovechaban determinadas tuberías cilíndricas, prefabricadas —como las utilizadas para las cañerías en la conducción de aguas negras— y les vaciaban un gran volumen de concreto, además de colocar algunas varillas corrugadas de construcción.

Elías sabía que, al secarse todo el conjunto, aquella suerte de cilindro de concreto relleno con las varillas, era usaba luego para soportar el peso de estructuras como el techo de una cabaña o de alguna barraca.

Poniendo en práctica su fantasiosa imaginación, basada sobre todo en algunas viejas experiencias, en cierto modo “ya vividas”, a Elías no le resultó nada engorroso aplicar el mismo procedimiento utilizado en el diseño de aquellas columnas para improvisar su obra recién pensada. De alguna manera, se trataba de su obra maestra.

No en balde se decía que, al ser muy parecidos los métodos, también debían funcionar de manera parecida, salvo que en el lápiz no había cabida sino para un solo segmento de alambre.

          «Pero tiene que funcionar», se dijo.

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        La trampa había sido armada. Aquel primer lunes del mes de julio por la mañana, el nuevo y tentador lápiz mongol de Elías, de un atractivo color amarillo y que tenía el número dos inscrito sobre el lomo superior, resaltaba de forma cándida y seductora sobre la mesa de su pupitre, esperando a que fuese raptado en cualquier momento por el bravucón de la escuela y sus dos cómplices.

Mientras tomaba el rico desayuno que con amor le había preparado su madre, momentos antes de que el Bus escolar fuera a recogerlo, sintió que miles de mariposas revoloteaban haciéndole cosquillas en el estómago.

Varios fueron los recesos de aquella larga mañana. Reuniones iban y reuniones venían, pero nada había ocurrido aún. Los minutos parecían transcurrir con tal lentitud, que en varias ocasiones Elías trató de anticipar en su imaginación todo lo que iba a suceder.

        «Apenas la profesora se vaya del salón a buscar su café, como siempre, seguro que el muy bravucón va a enviar de nuevo a uno de sus amigos —pensó, mientras se imaginaba el acostumbrado discurso de Ariel—. Me lo sé de memoria. Primero les dará las órdenes muy apurado: “¡La puerta!”, y después va a decir… “¡Lápices!”»

       »Y también les va a hacer la señal con la cabeza, hasta que al fin me apuntará a mí. Como siempre a mí, de primerito. Pero aquí los voy a estar esperando, no pienso moverme de mi escritorio. Tienen que fijarse en mi “lápiz nuevo”»

     Los minutos pasaban volando y, mientras tanto, el cuerpo del chico segregaba adrenalina a borbotones debido al estrés acumulado. Por un momento creyó que el corazón se le iba a salir del pecho. Elías se estuvo figurando que Ariel debió haber recogido todo aquel ridículo discurso después de leer una tira cómica o de alguna película de acción que vio en la televisión, aprendiéndosela luego de memoria.

Para eso sí que era muy inteligente, para la acción y para amenazar a los más pequeños, pero como estudiante era el peor de toda la escuela, se decía.

Pero el pequeño Elías, ni remotamente se le pasó por la imaginación que aquél sería el último día que el bruto grandulón acosaría a los chicos de la escuela. Jamás pensó que sus días de arrebatos, su manía de saquear el salón y coger por la fuerza los lápices para romperlos luego, se terminarían de una vez por todas. Aunque mucho menos estaba cerca de sospechar siquiera, que aquella insignificante barrita de madera prensada la había convertido sin querer, en una peligrosa y casi mortífera viga reforzada…

El anzuelo había sido echado, solo era cuestión de tiempo. Elías miraba nervioso el enorme reloj de burbuja que colgaba en la pared del salón de clases. El viejo Seltzer, como se lo había escuchado decir a algún maestro, sin entender el motivo. Por su gran tamaño, era el único reloj al que se le podía apreciar el lento movimiento de la manecilla que marcaba los segundos. A Elías le fascinaba contemplar aquella aguja, sobre todo, cuando faltaban pocos minutos para finalizar la hora de clase. En tanto, aguardaba intranquilo. Confiaba en que la maestra se levantaría de su escritorio y saldría del salón en cualquier instante. Era un hábito adquirido al que jamás renunciaba, por lo tanto, su conducta era predecible.

Por fin el momento esperado había llegado, y la maestra salió en busca de su primer café, como cada mañana hacía. La respiración de Elías se aceleró rápidamente en tanto se acomodaba en su pequeño escritorio.

        «Ariel y sus dos ayudantes tienen que venir de un momento a otro —se dijo en silencio y sudando frío, mientras tamborileaba algo excitado sobre el mesón de su pupitre—. Tienen que verlo, tienen que fijarse en mi lápiz nuevo» …

          El segundo al mando después de Ariel, su mano derecha, se levantó de su asiento de repente, solo que esta vez fue él quien corrió a vigilar la puerta. ¿Hubo algún cambio de señas? El corazón del pequeño Elías volvió a latir en forma acelerada al notar que en esta ocasión Ariel en persona era quien venía caminando hacia su escritorio. Elías se dio vuelta y sondeó extrañado a su espalda, pero a nadie más vio venir por ningún lado.

        «¿Qué es lo que está pasando? ¿Por qué Ariel viene solo esta vez…? ¿Dónde está su otro cómplice?», se preguntaba en silencio, mientras buscaba a su ayudante a través del aula de clases.

      Ariel en muy raras ocasiones solía actuar solo, para eso estaban sus dos perros cancerberos. Elías estaba confundido, creyó que algo había salido mal, sin embargo, no fue así. El bravucón se detuvo frente a su víctima con una sonrisa siniestra, quería reservarse el placer de atemorizarlo él mismo. Pero de pronto hizo como si hubiese estado dispuesto a perdonarlo por primera vez.

        «¡Oh, no! Que mala suerte. A lo mejor se dio cuenta de que tramaba algo», supuso Elías.

        Como algo impensable, el guapetón le dio la espalda y se alejó dando tres zancadas cortas (¿Acaso Ariel se había arrepentido en el último momento?) Aquello no era justo. ¿Tanto esfuerzo malgastado en un plan milimétrico, y todo para nada? Elías no podía más que sentirse estafado, burlado y su inteligencia insultada. No era posible que Ariel se hubiera salido con la suya de nuevo.

Pero parándose en seco, el bravucón se dio vuelta con violencia y saltó para capturar un único lápiz esa mañana. Sus dos ayudantes aparecieron de la nada en ese instante, y cada uno de ellos corrió a coger la barrita por los extremos. Elías tan solo vio cuando Ariel levantó su temible dedo igual que una brutal hacha vikinga, pero no quiso mirar lo que estaba por suceder después. Cerró los ojos y comenzó a contar los segundos 1…, 2…, 3…, y luego vino un espantoso aullido de dolor. Aquel había sido el más aterrador gemido que Elías había escuchado en toda su vida.

        «¡Whoops!», se dijo entre dientes, tratando de tragar una pelota de gargajo que se le había atorado en la garganta.

       Cuando Elías abrió los ojos de nuevo, ni Ariel ni sus perros guardianes se veían por ningún lado. El salón entero se había quedado solitario, pues todos corrieron detrás del bravucón para ver qué era lo que había ocurrido. Elías advirtió algunas gotas de sangre salpicadas sobre la mesa de su pupitre, y lo que parecía ser un rastro mayor que seguía en dirección hacia la puerta. Más abajo vio tirado en el suelo su mongol amarillo, pero notó que estaba ligeramente doblado, apenas tenía una sutil curvatura con una leve fractura en el medio. Ese fue el único de sus lápices rotos que Elías se llevó de regreso a su casa y conservó durante tantos años.

Desde entonces y por un largo tiempo, Ariel fue el foco de burlas no solo de los grados superiores, sino hasta de los chicos de primer y segundo grados. Jamás pudo descifrar el acertijo de lo que le había sucedido esa mañana. El bravucón del salón, el terror de la primaria entera, terminó convirtiéndose en el hazmerreír de toda la escuela.

        —¡Hey, despabila querido! ¿No piensas venir a la mesa, o acaso te vas a quedar sentado allí soñando despierto por el resto de la tarde? Ven, que ya terminó de llover —dijo Beth, llamándolo a cenar.

       —¡Oh sí, voy en este momento querida! —dijo volviendo de su letargo—. Creo que me quedé dormido.

       Después de espabilarse por completo, Elías registró en uno de los cajones inferiores de su biblioteca y sacó un pequeño paño de lana que guardaba en una bolsa. Con sumo cuidado quitó el polvo de su viejo e inútil lápiz para volver a colocarlo sobre el retablo. Como tal vez lo habría hecho cualquier niño que hubiese recordado alguna de sus viejas travesuras, no pudo más que esbozar satisfecho una última sonrisa esa tarde.

Elías acarició una vez más la leve fractura que había sobre el lomo de aquel viejo lápiz y, luego, habiendo murmurado en voz baja unas palabras inconfesables; finalmente apagó la luz y salió de su estudio ….

J. B. Mahoney.

NUESTROS PRIMOS NEANDERTALES (Artículo)

1-1A1J.B. Mahoney

Siempre se dijo que el hombre de Neandertal, Homo neanderthalensis u Homo sapiens neanderthalensis, como se le denominaba anteriormente, fue una especie (hoy extinta) del género Homo que habitó en Europa y se asentó en algunas regiones de Asia occidental desde hace 250.000 hasta unos 30.000 años atrás; durante una época geológica que se corresponde con el Pleistoceno medio—superior (Edad de Piedra en el Paleolítico medio) Vale decir que las fechas anteriores no son fáciles de datar debido a su carácter “reajustable”. Se cree que los primeros humanos con rasgos proto neandertales pudieron haber existido hace entre (350 y 600) mil años. Los neandertales fueron recolectores, pero también cazaban. Su esperanza de vida podría haber estado alrededor de 30 o 40 años. Usaban lanzas de madera con punta de pedernal, pero no llegaron a perfeccionar el arte de fabricar arcos y flechas como el Cro-Magnon. Se piensa que bien pudieron haber utilizado la técnica cooperativa de arrear de manera desordenada a sus presas hacia un acantilado, o hacer que en un momento oportuno se despeñaran grandes rocas desde lo alto sobre ellas. Sin embargo era poco probable que planificaran de manera estratégica su cacería como lo hubiera hecho homo sapiens. Tal vez los primeros neandertales hayan practicado la carroñería y hasta alguna forma de cleptoparasitismo, si el momento lo hubiera apremiado. Al no tener la capacidad para anticipar acontecimientos futuros, no supieron aprovechar las migraciones anuales de los renos por ejemplo, los que eran una fuente de proteínas muy abundante. Se sabe que controlaban el fuego y probablemente sabían cocinar sus alimentos.

El análisis de unos fósiles antiguos hallados en las cuevas de Châtelperron (Francia) podrían indicar que los neandertales coexistieron con los primeros humanos modernos en Europa. La comparación del genoma de los neandertales y los sapiens, señala a un posible origen común de ambas especies, y a una hibridación posterior entre ellas ocurrida hace aproximadamente unos 47.000-60.000 años.

dernier-neandertalDesde un punto de vista morfológico se puede decir que los esqueletos neandertales son robustos, presentan un tórax ancho, extremidades inferiores cortas (por lo que eran de baja estatura) piel gruesa y de nariz ancha y amplia. El cráneo sobresale debido a su prominente arco supraorbital, una frente baja e inclinada hacia atrás, ausencia de mentón casi, y una capacidad craneal en muchos casos superior a la de los humanos modernos.

Los estudios anatómicos y genéticos no han descartado el que poseyeran la facultad del lenguaje articulado. Los neandertales eran omnívoros y es muy probable que practicaran el canibalismo gastronómico.

Se desconoce de manera precisa las razones de su extinción. Entre las hipótesis que se debaten en la comunidad científica, algunas guardan relación con la dispersión de Homo sapiens en Eurasia, o por los cambios de entorno asociados a las variaciones en las condiciones del clima. Sin embargo, la hipótesis de su extinción debido a la rigurosidad de la última gran glaciación parece ya descartada, puesto que los neandertales habrían estado muy bien adaptados a los climas glaciales.

1-234Hace algunos años atrás, los estudios de antropología tenían la propensión de ver a los neandertales como una subespecie dentro de la especie sapiens. En otras palabras, la expresión Homo sapiens sapiens era el nombre completo que se le daba como subespecie, para diferenciarla del Homo sapiens neanderthalensis. Pero desde que recientemente se descartara el nexo filogenético que había entre los neandertales y los humanos modernos, la biología dejó de utilizar la denominación trinomial “Homo sapiens sapiens

Un descubrimiento posterior acerca de una técnica empleada en biología molecular conocida como polymerase chain reaction (PCR), procedimiento utilizado para obtener gran número de copias de porciones de ADN, también utilizado en los estudios de clonación y secuenciación del genoma entre otros, condujo a los investigadores a pensar que se trataban sin embargo de especies distintas.

Los estudios paleontológicos van mas allá todavía, hay quienes defienden la existencia de un eslabón, o mejor dicho, un ancestro común entre neandertales y sapiens, que debió existir entre hace 500.000 y un millón de años como mucho. Pero el estudio, liderado por Aída Gómez-Robles, indica que esa separación entre neandertales y sapiens debió producirse hace un millón de años, mucho antes de lo que indican los cálculos basados en el reloj molecular, es decir, en la divergencia genética considerando la tasa de mutación. Pero su estudio concluye que ninguno de los fósiles dentales encontrados se ajusta al perfil definido para ese ancestro común.

Una investigación reciente que engloba a unas 1.200 piezas dentales (entre molares y premolares), de 13 especies diferentes de homínidos y con antigüedades diversas, confirma que ninguna de ellas representaría a ese antepasado común.

En 1997, cuando se dieron a conocer a la luz pública los resultados de las investigaciones sobre los primeros fósiles hallados en el yacimiento de la Gran Dolina, en Atapuerca, los científicos presentaron una nueva especie a la que se bautizó con el nombre Homo antecessor (que significa  hombre explorador) En ese momento se propuso como el ancestro común de neandertales y sapiens. Pero a partir de 2003, los paleoantropologos investigadores reconsideraron sus conclusiones y estimaron que Homo antecessor quizá no se encontraba en la encrucijada que conducía a los neandertales y a los humanos modernos. Últimamente, con recientes y muchos más fósiles rescatados y estudiados, siguen considerando a Homo antecessor muy cercano al ancestro común. En una entrevista, Bermúdez de Castro, investigador del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH, en Burgos) dijo que antecessor “podría seguir siendo el mejor candidato” mientras no se demuestre lo contrario.

Un estudio publicado en la revista estadounidense Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS, por su sigla en inglés) reafirma que el ADN compartido proviene de un ancestro común, y no de una posible «hibridación» o reproducción, entre las dos especies de homínidos.

Bermúd1-123ez de Castro admite sin embargo, que hay quienes identifican al ancestro común con la especie Homo heidelbergensis, pero advierte que es un homínido (propuesta en 1907) con una divergencia demasiado amplia en su distribución geográfica y en su diversidad, y que estaría datado entre 300.000 y 600.000 años de manera aproximada. En todo caso, esta especie tampoco encajaría bien según el estudio presentado en PNAS.

Como se había mencionado al principio, arriba se dijo que hace algunos años atrás los estudios de antropología se inclinaban a ver a los neandertales como una subespecie dentro de la especie sapiens. Pero el descubrimiento posterior de una técnica en biología molecular conocida como polymerase chain reaction (PCR), procedimiento utilizado para obtener gran número de copias de fragmentos de ADN, utilizado también en estudios de clonación y secuenciación de genomas entre otros, condujo a los investigadores a pensar que se trataban sin embargo de especies diferentes.

¿Dónde encontrar el ancestro común?

Creo que debe haber una especie de hace un millón de años, ya con una cierta modernidad, en un punto intermedio entre África y Europa, quizá en Oriente Próximo, sugiere Bermúdez de Castro. Los conflictos permanentes en esa región del planeta hacen muy difícil la búsqueda de yacimientos apropiados, añade. Sería un descendiente de Homo ergaster o de Homo erectus y, dicho simplemente, algunos de sus descendientes viajaron tal vez en varias oleadas hacia Europa y evolucionaron hacia H. antecessor, la población recuperada en la Sima de los Huesos de Atapuerca y más tarde los neandertales, mientras que otros descendientes se habrían desplazado hacia África dando origen a Homo sapiens. Esta rama africana se extendió mucho más tarde hacia Europa y desplazó a los neandertales hasta su extinción.

Se sabe que los sapiens y los neandertales coexistieron en algún lugar del Oriente Próximo. No sería pues nada descabellado pensar en que debieron haberse relacionado alguna vez como para que se diera un intercambio genético entre estas especies. Solo queda la duda de si tuvieron descendencia fértil.

1-1A2La hipótesis  más aceptada hasta ahora es que el cruce entre ambas especies se produjo hace unos 60.000 años en Oriente Medio, cuando los Homo sapiens que venían de África se encontraron con los neandertales procedentes de Eurasia. Tal hipótesis se soporta en el análisis de un fósil humano de hace unos 45.000 años hallado en Siberia que ya incorporaba ADN de ‘sapiens’ y de neandertal, y que indicaba que el intercambio genético tuvo que haberse producido mucho antes. La nueva investigación demuestra que los cruces entre ambas especies fueron de manera repetida, que se prolongaron a lo largo de miles de años y que abarcaron distintas zonas de Eurasia. A pesar de ello, debieron ser esporádicos, ya que de otro modo nuestro genoma tendría un porcentaje más alto de ADN neandertal.

El fósil en que se ha basado la investigación es una mandíbula descubierta hace trece años en la cueva de Pestera cu Oase, en Rumanía, y que tiene una antigüedad de entre 37.000 y 42.000 años. Aunque su anatomía es la de un Homo sapiens, presenta algunos rasgos de configuración neandertal, lo que lo convertía en un candidato atractivo para analizar su ADN.

Dos de los líderes mundiales en estudio de ADN antiguo, David Reich de Harvard y Svante Pääbo del Instituto Max Planck de Biología Evolutiva de Leipzig, en Alemania, se han aliado para llevar a cabo el proyecto. Han extraído dos muestras minúsculas del fósil, una de 25 miligramos y una de 10, y han amplificado su ADN con técnicas avanzadas de análisis genético. La parte más difícil del trabajo ha sido separar el ADN original del fósil del ADN mucho más abundante de las bacterias que lo habían contaminado y de las personas que lo habían manipulado. Pero una vez separado el grano de la paja han descubierto que la mandíbula corresponde a un hombre, algo que aún no se había determinado, y que entre un 6% y un 9% de su ADN es de origen neandertal.

Una de las principales conclusiones de un estudio liderado por un equipo del Instituto Max Planck (Alemania) que se publica en la revista Nature, es que hubo hibridación entre las poblaciones de Homo sapiens y Neandertales hace entre 50.000 y 60.000 años en el Oriente Próximo. (Lo que coincide con la expansión del hombre moderno fuera de África) Esta conclusión es gracias a que la secuenciación por vez primera del genoma de un humano moderno de hace 45.000 años a partir de un fémur hallado en Siberia, logró afinar la fecha en la que se produjo tal cruce. En promedio, los euroasiáticos y asiáticos comparten entre 1 y 4% de su ADN con los neandertales, mientras que con los africanos casi ninguno. La revista Nature recuerda de hecho, que estudios anteriores habían datado este acontecimiento -el del cruce de las poblaciones- en un rango que iba desde los 37.000 años a los 86.000 años atrás.

abcdHay quienes piensan que cuando nuestros antepasados, los primeros individuos de nuestra especie procedentes de África, llegaron a Europa occidental, los neandertales ya se habían extinguido completamente. Eso sería hace por lo menos 40.000 años, lo que quiere decir que ambas especies humanas nunca se vieron las caras por aquí. Estuvieron en contacto durante 50.000 años en Oriente Próximo, y allí se produciría el cruce que los genomas ahora delatan y, seguramente, el intercambio cultural. Pero en la península Ibérica, Francia, Italia, Alemania y Reino Unido no llegaron a solaparse. Las nuevas dataciones con el método de carbono 14, pero aplicando técnicas avanzadas que permiten eliminar la contaminación de las muestras, sitúan en el tiempo y el territorio la presencia de ambas especies y, al menos en España, abren un vació de unos mil años entre la desaparición de unos y la llegada de los nuevos. El hallazgo ensancha las incógnitas sobre la causa de aquella extinción.

Los últimos neandertales, con las nuevas dataciones perfeccionadas, son de hace 44.000 o 45.000 años y los primeros cromañones, de hace 42.000 o 43.000 años. “Durante un cuarto de siglo hemos estado hablando de que, a lo largo de 8.000 o 10.000 años, los neandertales y los primeros humanos coexistieron. Pero hoy creemos que en Europa Occidental hay un lapso entre unos y otros y, por tanto, no se produjo la hibridación que en zonas como Oriente Próximo sí se dio”, comenta Álvaro Arrizabalaga, uno de los autores de la nueva datación. “No hubo superposición, no llegaron a coincidir”.

¿QUÉ MIRAN LOS MOAIS? (Artículo)

1-moais

Geólogo J. B. Mahoney.

En días recientes conducía por las afueras del sector donde vivo, y me detuve un momento frente a lo que parecía ser un restaurant que exhibía en su portal las copias tímidas de dos esculturas con apariencia antropomórfica, las que no por ello dejaban de observarme con mirada seria y circunspecta, pues daban la impresión de que vigilaban el atrio igual que si fuera una pareja de mudos, pero “desconfiables” cancerberos. Recalco lo de copias, porque notoriamente no eran esculturas originales; y tímidas, puesto que se trataba de dos figuras modestamente moldeadas en cemento y arena. Pero de ninguna manera esas zafias imágenes de mirada mortecina y sin vida, aludían a Cerbero o su hermano Ortro, aquellos cancerberos hijos de Equidna y Tifón, los que cuidaban, uno el hades, y el otro la barraca con los bueyes rojos del gigante Gerión. Sin embargo, al verlas no pude dejar de pensar en los Moáis de la Isla de Pascua (Rapa Nui, en la lengua de sus primeros aborígenes) las singulares e inimitables efigies del panteón de piedra, las de mirada taciturna e imperecedera, siempre esquivas, Qué miran los Moáis-001que vagan sin descanso por la isla. Pues bien, tanto alboroto viene porque recordé que desde mis tiempos de liceo me pasaba largas horas leyendo la vieja enciclopedia UNIVERSITAS que me había regalado mi padre, donde repetidamente me encontraba en uno que otro tomo con las imágenes de estos enormes torsos de cabeza alargada, que parecían estar emergiendo desde lo más profundo de la tierra. Desde entonces siempre me había preguntado, qué miraban aquellos solemnes y hieráticos bustos esparcidos por la distante isla de Pascua. Por lo tanto se me ocurrió escribir algunas líneas acerca de estos enigmáticos y formidables colosos de Rapa Nui.

Para no profundizar en detalles técnicos, pues el propósito del artículo no es hablar sobre petrología ni explicar la composición mineralógica de las rocas volcánicas, basta con decir que los Moáis fueron tallados en una roca llamada Toba, que no es más que ceniza volcánica compactada. Lo anterior quiere decir, que sus escultores probablemente utilizaron a manera de cincel otras rocas que afloraban por la zona y mucho más duras como el Basalto o la Traquita, todas de origen volcánico también, pero con diferentes grados de composición mineralógica.

De un total aproximado de 1000 Moáis que hay dispersos por todo el perímetro de la isla, cerca de 600 de ellos estaban de pie dando siempre la espalda al mar. No son muchos los que continúan en esa posición, puesto que fueron derribados por sus mismos aborígenes (al parecer, debido a guerras entre las diferentes tribus o clanes que entonces había) Los otros 397, algunos acabados y otros a medio esculpir, yacen dispersos alrededor de las laderas del volcán Rano Raraku, dando la impresión de que fueron abandonados súbitamente, aguardando pacientes para ser trasladados a su destino final. Cabe resaltar como dato curioso, que de todo el universo de Moáis que han sido contados en la isla, únicamente 7 de ellos contemplan el océano.

¿PERO QUÉ MIRAN LOS MOÁIS?

MOAI PAINTEs muy probable que estas moles de piedra hayan sido talladas y transportadas hasta sus actuales emplazamientos por los descendientes de los aborígenes Rapa Nuis, con el propósito de honrar a sus ancestros y antepasados importantes, para que desde su descanso eterno protegieran a sus tribus. Tal vez fue por ello que los orientaron mirando hacia el interior de la isla, viendo hacia su pueblo. No hay que descartar el que alguno de estos Moáis en especial pudiera simbolizar el emblema colectivo de un clan o grupo humano, con atributos y significados diversos, algo así como lo fue el Tótem para algunas tribus indígenas de Norteamérica. Hasta incluso una suerte de talismán o deidad con poderes sobrenaturales.

En cuanto a los 7 Moáis que miran hacia el mar, la tradición oral cuenta que representaban a los siete navegantes exploradores que fueron enviados a la isla de Pascua para que buscaran un lugar adecuado donde vivir, antes de que Hotu Matu’a y su familia —el primer rey de la isla— llegaran y se instalaran en Rapa Nui. (Esto en razón de que los antiguos sabios Maoríes habían augurado que el mítico continente de Hiva sería tragado por el mar) Algunos investigadores creen que simbolizaban a siete tribus inmigrantes que ya habitaban la isla, una de las cuales sobrevivió y terminó mezclándose con el pueblo de Hotu Matu’a. Al parecer nadie tiene la última palabra, pues perfectamente cabría pensar también que estos 7 Moáis en lugar de representar a exploradores que vinieron de otros confines, pudieron personificar una suerte de “sabios” consejeros, los que sabían observar los ciclos del sol y la luna, y según se demoraban o adelantaban las lluvias, advertían a su pueblo cuáles meses del año eran los más prósperos para sembrar o recoger la cosecha. No dejan pues de ser un enigma estos fascinantes colosos tallados en roca volcánica por los antiguos navegantes polinesios, los que llegaron a la lejana isla de Pascua en balsas o canoas rudimentarias.

¿CÓMO TRANSPORTARON LOS RAPA NUIS A SUS MOÁIS?

1-ESTETodavía hoy sigue siendo un misterio la forma como se las arreglaron los antiguos Rapa Nuis para trasladar semejantes monumentos, algunos de hasta más de 20 toneladas y entre 10 y 20 metros de altura, desde la cantera del volcán Rano Raraku, lugar donde fueron esculpidos, hasta sus emplazamientos actuales, en algunos casos ubicados a 16 y 20 Kilómetros de distancia. Existen varias hipótesis…
Una de ellas dice (a la que yo me sumo puesto que es la que más pareciera tener sentido) que los bloques de piedra, tallados de una vez en la cantera arriba mencionada, fueron deslizados a manera de raíles sobre los troncos de los árboles que iban talando, constancia que comenzó en gran medida a diezmar los que había, hasta que terminaron por deforestar los bosques de la isla en su empeño por tratar de llevar los pesados monolitos hasta su localización definitiva.
Muchos estudiosos del tema piensan que esto no fue así, porque insisten en que nunca hubo árboles en la isla de Pascua, todo lo cual los ha llevado a suponer que utilizaron un mecanismo diferente para mover a sus Moáis, de manera que proponen otro método. Antes de mencionar una segunda hipótesis al respecto, vale la pena adelantar que especialistas de una disciplina muy especializada de la Botánica conocida como Paleopalinología, en la que se estudia la capacidad del polen y las esporas para resistirse a la putrefacción, últimamente han identificado el polen de ciertos materiales y determinado que había árboles de tamaño significativo en tiempos pasados sobre la isla de Pascua.

La segunda hipótesis asegura que fueron transportados en forma ¡vertical! “caminando”, tirando de ellos mediante un juego de cuerdas. 1-MOAIA

Se me hace un poco difícil admitir que los ancestrales Rapa Nui hayan realizado la mudanza de sus Moáis de esta forma, “haciéndolos caminar”, hasta lo que son sus actuales ubicaciones, sin que su base resultara severamente deteriorada y consecuentemente todo el monolito repleto de fracturas por todas partes, precisamente tirando de ellos a través de un sistema de tres o cuatro cuerdas y provocando un movimiento de vaivén. (Recordemos que los bloques que extraían de la cantera son de Toba volcánica, y no de granito) Digo esto no porque en la práctica sea imposible efectuar el transporte de esta manera, pues tratándose de una sencilla ley física que compromete un punto de apoyo y tres o más sujeciones, esta ha podido ser comprobada de forma experimental (De hecho el explorador Thor Heyerdahl, con la ayuda de un grupo de varias personas, consiguió mover a un Moái de solo 10 toneladas unos 4 o 5 metros, pero tuvieron que suspender el traslado cuando la base de la estatua comenzó a deshacerse) Decía que se me hace difícil creer que los aborígenes Rapa Nui hayan movido sus Moáis siguiendo esta técnica, porque pareciera ser un procedimiento demasiado ingenioso y académico, además de ser el menos práctico. Tal vez la última ocurrencia después de muchísimos intentos fallidos, como para que los descendientes de aquellos navegantes que llegaron a la isla hace unos 2300 años, no hubieran pensado en una forma más sencilla como lo sería simplemente intentar primero arrastrar los pesados bloques de piedra, algunos de 10 Toneladas y otros de más de 50 Toneladas, como se dijo, sobre troncos de árboles y utilizando la fuerza bruta, (que también se ha intentado, logrando avanzar una mayor distancia en un menor tiempo, comparado con el experimento de la segunda hipótesis) Haciendo una analogía entre ambos métodos, es como si un grupo de neandertales hambrientos, en lugar de intentar derribar una gacela desprevenida con punta de piedras o clavarle sus pértigas, se les hubiera ocurrido algo más complejo y elaborado para darle caza, como trenzar un lazo o tejer un mallado y tratar entonces de capturarla viva… Bueno, en todo caso el segundo método luce demasiado pensado, y no parece lógico.

Semanas antes de que se me ocurriera escribir este post, conversaba con un conocido respecto a qué tan viable pudiera ser la hipótesis de que los Rapa nuis hubieran hecho caminar a sus Moáis de forma vertical. Él me justificaba un argumento diciendo algo parecido a lo siguiente: “lo que sucede es que esa gente de antes era muy entendida, ya venían con conocimientos avanzados sobre astronomía y dominaban las leyes de la física…??? y ¡bla, bla, bla!”  Me pareció estar escuchando un sermón como los de cierto tío mío, quien todo el tiempo se sorprendía por las novedades que ventilara cualquiera que hubiese venido del otro lado del gran charco. ¡Por Dios!, casi que el pobre estuvo  presente con aquellos aborígenes, viéndolos desarrollar complejos cálculos de geometría analítica, para tratar de solucionar semejante dilema. No se por qué, pero en ese momento recordé a un estimable profesor que me dio la asignatura de Fisicoquímica en la universidad, y quien solía detener la clase por uno o dos minutos mientras permanecía en silencio pensando y mirando hacia el suelo, cuando le hacían aquella clásica y necia pregunta “¡Profesor!, ¿de qué color es el caballo blanco de Bolívar?”. Solo después de haber reflexionado por espacio de un minuto sobre si aquella pregunta habría sido solo para intentar sabotear su clase, o porque en verdad aquél bachiller debía de ser alguien demasiado idiota, acotaba con una de sus observaciones geniales, y que a todos nos hacía reír: “Mire bachiller…, hay que tener criterio” Bueno, tal vez si mi profesor hubiese escuchado a mi amigo dar aquel sermo plebeius,  creo que lo habría recorrido con mirada perpleja de arriba hasta abajo.

No tengo la menor duda de que los polinesios de entonces pudieron ser excelentes observadores del sol y de la luna, para efectos de estimar cuál sería el momento más propicio para comenzar a sembrar, o incluso, del cielo y las estrellas para orientarse durante la navegación, eso es otra cosa. Pero insisto, me cuesta creer que los primeros pobladores de Pascua (Rapa Nui) venidos de la mítica Hiva, hayan caminado de forma vertical a sus pesados Moáis utilizando cuerdas, sin que todo el monolito se hubiera desintegrado antes de llegar a su destino final.

Hay quienes también afirman que los ancestrales polinesios giraron sobre sí mismo aquellas frágiles estatuas, haciéndolas rodar accidentadamente 15 y 20 Kilómetros de distancia por todo el perímetro de la isla. Incluso algunos más atrevidos aún, piensan que pudieron hacerlos dar tumbos por sus extremos más largos, por aquello de que se ganaba mayor distancia en su recorrido….???
La lógica nos enseña que la forma más sencilla de abordar un problema es imaginando una solución simple. Si nos detuviéramos a pensar por un momento que a cada estatua la hubieran hecho girar sobre sí misma, o peor aún, si la hubieran sujetado por un extremo, levantándola con cuerdas y dejándola caer, y así sucesivamente… pues tratándose cada figura cincelada hecha de un material como la toba volcánica, es casi seguro que nuestros delicados Moáis luego de dar varios tumbos para recorrer distancias de 15 y 20 Kilómetros, se habrían despedazado todos. En el mejor de los casos, aquellos rostros de mirada imperturbable y nariz perfilada hubieran quedado tan irreconocibles, que ningún “cirujano” habría podido hacer nada por ellos.

El astroarqueólogo Erich Von Däniken y seguidores, piensan que los aborígenes Rapa Nui necesitaron de una tecnología muy sofisticada para poder transportar los Moáis hasta su posición actual. Por lo tanto defienden que fueron los extraterrestres los que se encargaron de realizar estos traslados. Yo también hubiera creído lo mismo, pero hace más de 40 años (Con algo de nostalgia traigo a mi memoria el primero de sus libros “Recuerdos del futuro” confieso que entonces me maravilló cuando lo leí a finales de los años 60’s) La libertad de pensamiento y lo de creer o no creer es cosa de cada quien, pero nunca hay que perder de vista los juicios con fundamento y criterio.

Sea como fuere que hubiesen sido estas mudanzas, yo me pregunto, ¿por qué los Rapa Nuis esculpieron primero sus estatuas en la misma cantera y luego las trasladaron hasta el sitio donde fueron colocadas, corriendo el riesgo de que todas llegaran desfiguradas? ¿No habría sido más lógico desprender primero los monolitos de roca de la cantera, luego trasladarlos hasta el lugar escogido, y por último esculpir la estatua en su lugar de descanso final?

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Hola amigos lectores.

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Pido disculpas por haber retirado la publicación de mis 3 novelas de la pestaña de descargas gratis PDF (La intención era la de subirlos durante un mes para que pudieran ser descargadas gratis por los lectores) La razón de ello obedece al hecho de que pienso efectuar una revisión a los libros con el propósito de preparar una segunda edición ampliada de cada uno.

Atte./ J. B. Mahoney

ESTAMPAS DE MONAGAS, REMINISCENCIAS DEL PASADO (Artículo)

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Geólogo J. B. Mahoney

Recuerdo que en una ocasión conversaba con un amigo de mi juventud, y ante cierta reflexión suya le dije con parquedad que el tiempo nos había alcanzado. La razón de ello se debía porque luego de largos años sin saber el uno del otro, advertimos con extrañeza que nuestras apariencias habían cambiado significativamente. Aun cuando mi sentencia lo había tomado por sorpresa dejándolo pensativo por unos segundos, lo más importante fue que tuvimos la satisfacción de reunirnos de nuevo. (Debo confesar que en ese momento me sentí un tanto como “Lindo Pulgoso”, aquel perro sarcástico y de risa asmática, de las viejas comiquitas de TV de Hanna Barbera) Si la memoria no me falla, aquellos días fueron de cuando caía la cortina de hierro y comenzaba a desintegrarse la URSS, pues era un tema que estaba en boga entonces y todos los que estábamos sentados en la misma mesa nos dio por hablar del asunto, y hasta llegamos a especular sobre la forma en que aquello impactaría nuestro futuro. Sin lugar a dudas que lo hizo, pues un año más tarde habría de nacer la WWW (World Wide Web: el sistema de distribución de información basado en hipertexto a través de internet) pero ni cuenta nos dimos. Obviamente este sistema lógico de búsqueda de información no estaba destinado a nuestra generación (¿y cómo iba a estarlo?, si todavía “pelábamos” por un diccionario actualizado o por aquel viejo Almanaque Mundial que se publicaba año tras año (aún se publica) para poder estar al día. Desafortunadamente estaba reservado para una generación emergente, la que venía en camino a relevarnos. Bueno, en realidad si teníamos idea del asunto, pero ciertamente estuvimos en la raya, un poco más y nos hubiera pillado el “principio de Peter”. Esa noche fueron pocos los que celebrábamos, porque los demás, que era la gran mayoría, contaba ya con un trabajo bien remunerado. Lo cierto es que lucíamos como una caja de anzuelos. Escuchábamos datos y hacíamos suposiciones acerca de cuál sería el lugar ideal donde enfilar las cañas de pescar para ir a capturar un mejor puesto de trabajo. Lo mejor de todo era que a pesar de todo, seguíamos siendo jóvenes entonces.

Aunque de eso hace ya algunos años también, y para no perder el hilo; todos sabemos que lo que vino más tarde fue el auge de la Globalización y el Multipolarismo. Pareciera que a partir de entonces se produjo un súbito viraje en los acontecimientos, y comenzó a darse una rápida transición hacia un mundo de crecimiento tecnológico. Cuando finalmente abrimos los ojos y salimos del letargo, nos dimos cuenta de que no solo estábamos en el año 2014, sino que apenas transcurría la segunda década del siglo XXI. Se suponía que todo lo tradicional había quedado atrás, ahora comenzábamos a vivir una era digital (en ocasiones ajena) la de la prensa y los libros electrónicos, la era de las redes WiFi públicas de alta velocidad… Hoy se habla de tecnología LED 3D, pero mañana será la OLED de matrix activa. Los hologramas no solo son una realidad ya, son tan explícitos que hasta pueden ser manipulables!!! Lo anterior fue solo el comienzo: Resulta que internet está alcanzando una red de casi 3.000 millones de usuarios, lo sofisticado de las plataformas nos permiten acceder a casi todo On─Line, sentados cómodamente y desde cualquier lugar que nos encontremos, ¡Ufff! ¿Cuál será el paso siguiente…? Sin embargo, todavía es posible darse una vuelta por la ciudad y encontrarnos con reminiscencias de un momento pretérito, que parecieran querer perpetuarse en el tiempo. Es como un campo al atardecer con luciérnagas titilando a intervalos dilatados, y que parecieran gritarnos ¡hey!, ¡seguimos aquí, aún no nos hemos ido! A este conjunto de imágenes que “sobreviven” todavía, como recordándonos que aquél pasado fue real, es lo que yo denomino estampas relictas.

Hace casi “mil años”, cuando me devanaba los sesos en la universidad, tratando de asimilar asignaturas como paleontología y geología, que tenían que ver con el estudio de los ecosistemas y ambientes; mis profesores me enseñaron que si alguno de los eslabones de una cadena rota no llegaba a extinguirse, sino que por alguna razón muy especial lograba sobrevivir hasta tiempos mucho más modernos (en los que se supone debería de estar desaparecida) entonces se la clasificaba como una especie relicta. Esto quiere decir, que los eslabones de esa cadena, vivos aún, vienen a ser vestigios de que en otra época fueron mucho más abundantes. Expliquemos esto con un ejemplo más sencillo: si el Jurassic Park de la obra de Michael Crichton existiera de verdad, y las especies que vimos en el film estuvieran vivas aún, cada una constituiría un relicto viviente.

Decía arriba al final del primer párrafo, que si escogiéramos un día cualquiera para dar un paseo por nuestra ciudad, esta sultana del Guarapiche, descubriríamos un abanico de imágenes y personajes muy singulares. Muchas de esas figuras seguramente nos parecerían cervantinas, otro tanto se verían jocosas o populares, algunos bastante tradicionales quizás, y tal vez pocos no lo serían tanto, pero de alguna manera representativos del folclore y de la colorida estampa monaguense. Cuando mencioné que algunos de estos protagonistas parecieran tener algo de cervantinas, no quise insinuar con ello que adolecieran de una naturaleza ambivalente, ni mucho menos. Tan solo pretendo aludir a su apariencia relativa, algunas veces desmejorada y consumida por el tiempo, como si arrastraran a cuestas el paso de los años y llevaran consigo una gran soledad en señal de penitencia.

Centro de MaturínFORASTERO EN SU PROPIA TIERRA. Es probable que el nuevo mundo y sus extraordinarios adelantos tecnológicos no signifiquen nada para nuestro macilento y fatigado ancianito, quien seguramente habrá sobrevivido a muchos de aquellos (ya ausentes) que existían en su cosmos. Tal vez hoy ni alcance a distinguir bien a los transeúntes que caminan y pasan a diario por su lado, ni tenga la gracia de recordar cómo eran sus amigos o las personas que lo conocían…, quizá solo los perciba como seres que sencillamente van y vienen.

UN CICLO QUE SE CIERRATRAS UNA PUERTA QUE SE CIERRA, OTRA SE ABRE. En alguna ocasión escuché decir: “cuando una puerta ha sido cerrada por su antiguo dueño, el nuevo no debe abrirla con la misma llave”. Extraña sentencia esta. No obstante, a menudo una puerta a la que se le pasa llave puede “percibirse” como una señal de despedida, un ligero guiño de que se está cerrando un ciclo para siempre.

EL PESO DE LOS AÑOSLLEVANDO LOS AÑOS A CUESTAS. Una humanidad consumida por el tiempo, puede ser la paz de haber vivido una existencia honorable.

(Av. Bolívar-Maturín) ESPERANDO UN GOLPE DE SUERTE. Hay quienes no han podido o no han sabido aprovechar las oportunidades de las que si han conseguido beneficiarse otros, sin embargo, aguardan pacientes a que llegue su turno o, que sencillamente el azar los favorezca.

Otros no han sido tan afortunados. (2)

 “ECCE HOMO” Otros sin embargo, han sido mucho menos que afortunados… “Y salió Jesús, llevando una corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!”… Inefable casi. ¿A quién de nosotros no nos gustaría ser Dios, luego de ver la imagen de nuestro amigo?

 1-DSC01281…Pero la vida es indetenible como la existencia misma. Detrás vienen arreando nuevas generaciones, sin duda mejor “diseñadas”, más perfeccionadas anatómicamente, y muy bien adaptadas a los nuevos cambios y entornos. Como sea, y no es una ironía, la vida necesariamente tiene que continuar. Nuestra condición humana, efímera después de todo, es parecida al antiguo teatro griego, por lo general muestra dos caras, la de Talía y Melpómene, las musas de la comedia y la tragedia. Sin pretender desmerecer el instinto de la Thanatos, destinada por el eros, dos pulsiones contrapuestas sobre las que tanto teorizó Freud, es de aceptar que la naturaleza del ser es dual, en el sentido de que no todo es tragedia. La vida también adolece de una componente en la comedia. 

1-(Estampa típica, Maturín centro) May-2010JUN VENDEDOR EXTRAVAGANTE. Bueno, no se trata precisamente del “vendedor más grande del mundo”, ni mucho menos del pescador de ilusiones, ¡Ojo!… Por muy natural que nos parezca nuestro amigo, me pregunto cuál sería la reacción de un turista Suizo que visitara por primera vez nuestra ciudad, si de repente se le acerca este señor con la sana intención de venderle un machete de estos!!!!! … A pesar de la globalización y de los adelantos tecnológicos, pareciera que los tiempos nunca cambian.

VIAJES DE PLACER Sol 10 Sombra 15SOL Y SOMBRA: Viajes y Paseos turísticos por la ciudad. Una experiencia inolvidable para cualquier turista que por casualidad haya venido del viejo mundo y se de una vuelta por estas tierras.

CORCORPORACIÓN STIVEN especializados en pegar papel ahumado.PORACION STIVEN: Grupo especializado en colocar papel ahumado a los vidrios de su automóvil.

Servicio 100% Garantizado.

El tradicional “raspao”, (Cepillado y Granizado en la capital y otras provincias cultas) Snowball en el norte. (Esnobor, aquí

El TRADICIONAL “RASPAO” (Cepillado y Granizado en la capital y otras provincias cultas) Snowball en USA, pero “esnobor” en los pueblos más pintorescos.

AAA Estampa típica de Maturín) heladero Feb 2008EL SEÑOR HELADERO, el más esperado por los chiquillos.

No podía faltar con su tradicional cava y los Rings Rings.

 CHICHEROEL AMIGO CHICHERO, es tal vez uno de los personajes más populares y solicitado por casi todos los habitantes de la ciudad, a pesar de que ya no dan ñapa. Esta figura folclórica tiende a desaparecer poco a poco.

 PescaderoEL INFALTABLE PESCADERO.

SOSEGADOS VENDEDORES DE FRUTALOS VENDEDORES DE FRUTAS, tan sosegados que parecieran no tener prisa alguna. Tan solo una de las tantas calles típicas que abundan en casco antaño de Maturin, con sus curiosos personajes. Pareciera que el tiempo se hubiera congelado en una imagen.

LA BICICLETA DE REPARTO, TODA UNA LEYENDALA VIEJA BICICLETA DE REPARTO, ¡¡¡toda una leyenda!!!.

INCONVENIENTES DE TENER 2 TELÉFONOS CELULARES

Bueno, podría decirse que en tiempos sospechosos como los actuales, tener dos teléfonos móviles puede convertirse en un arma de doble filo. Aun dependiendo del punto de vista en que se mire.

LA HORA DEL BURRODESPUÉS DEL MEDIODÍA… o como reza el refrán popular, “Ha llegado la hora en que mono no carga a su hijo”

EL CUERPO DEL DELITO

¡¡¡”CON LA MASA EN LAS MANOS”!!!, ¿Pueden ver el cuerpo del delito?

 AAA Ene-2008 (Estampas de Maturín) 1 ¿AJUSTE, O ARREGLO DE CUENTAS?

¡Panita!.., “cuentas claras evitan represalias”

AAA Jeep Power Wagon o adaptación (Estampa típica de Maturín) Dic-2009¿SERÁ ESTO UN HÍBRIDO DE COMBUSTIÓN INTERNA Y  MOTOR ELÉCTRICO A DOBLE TRACCIÓN, O UN TODO TERRENO ALTERNATIVO?Vehículos como estos solo se fabricaban en la vieja industria pesada de la extinta URSS”

(LIMOSNERAS INDÍGENAS DE LA ETNIA WARAO)

Limosnera Indígena, Etnia Warao (3)

Limosnera Indígena, Etnia Warao

Limosnera Indígena, Etnia Warao (2)

(Niña seria)PASAJERA DE MIRADA INQUISIDORA.

Casas & calles de Maturín. Esq. Chimborazo con Barreto) Marz-2007 1 (2) “POR ESTAS CALLES” Esquina calle Chimborazo cruce con calle Barreto (zona muy conocida por sus tradicionales “bodeguitas”, hoy prácticamente desaparecidas)

Paseo aeróbico, Mat, 14-3-2010UN PAPAGAYO IMPOSIBLE DE ALCANZAR FLOTA INVISIBLE SOBRE LOS CIELOS DE MONAGAS, HA DETENIDO SU VUELO MÁS ALLÁ DEL FUEGO ETERNO QUE MORA A LAS PUERTAS DE ATÓN…. CASI UN PUNTO EN EL INFINITO.

Pueblo de San Agustín…”ESPERANDO POR UN TAXI”…

¡¡¡Taxi, fiu fuit!!!, así decía una vieja canción de los Dart.

¿DÓNDE ESTÁ LOQUILLO?no podia faltar loquillo

Plaza Bolívar de GuanaguanaCAROCARO EN LA PLAZA DE GUANAGUANA.

AraguaneyUN MAJESTUOSO ARAGUANEY.

Casas & calles de Maturín. Calle CarvajalCASA VIEJA DE BARRO SOBRE LA CALLE CARVAJAL.

BARBERÍAUN VIEJO RELICTO, BARBERÍA “LA LINDA”

Para aquellos quienes no entendieron el concepto de infinito.EL CONCEPTO DE INFINITO.

Quienes terminaron el liceo y no tuvieron tiempo de asimilar el concepto de infinito, esta imagen facilita su intuición. Aún hay chance.

THERE IS A STORM COMING (2)“THERE’S A STORM COMING”

THERE IS A STORM COMING“THERE’S A HELL OF A STORM COMING”

FALSO POSITIVOENIGMÁTICO PERSONAJE DE LA CALLE (Av. Raúl Leoni)

EL OTRORA GRAN CINE RIALTOEL OTRORA GRAN CINE RIALTO

(Av. Las Palmeras)

 

EL CONCEPTO DE INFINITOCARRETERA CARIPE VÍA HACIA MATURÍN.

Caripe, vía TeresénCARIPE, VÍA HACIA TERESÉN.

AAA AV LAS PALMERASCASA VIEJA (Av Las Palmeras)

AAA STORM DAYS Ene-2009 Arcoiris (Estacionamiento PDVSA) 1ARCOIRIS DOBLE, (fenómeno visual donde el arco secundario se produce porque el rayo de sol que penetra por la mitad inferior de la gota de agua lo devuelve como una imagen invertida. Nótese que a pesar de que ambos siguen contornos paralelos, el segundo presenta sus colores invertidos.

AAA Mayo 1-2010 7a San Agustín - Caripe (Estampa típica)PINTORESCO PUEBLO DE SAN AGUSTÍN, EDO. MONAGAS (a unos diez minutos subiendo hacia la cueva del Guácharo)

AAA Oct-2008 (El último pteranodon del Cretácico sup) Caripito, Edo. MonagasPTERODÁCTILO (este reptil alado a pesar de ser del período Jurásico, no es una especie relicta, pues ya están extintos)

via Caripe (Comprando naranjas) Sept-2009UN FRONDOSO SAMÁN (Vía hacia Caripe, Edo. Monagas)

Liceo Miguel José Sanz Jun-2006FACHADA DEL SIMBÓLICO LICEO MIGUEL JOSÉ SANZ, MATURÍN EDO. MONAGAS.

Nuestra inolvidable Alma Mater Prima (Es una lástima que la parte posterior, la que siempre fue su entrada principal, no tenga el mismo semblante)¿?

¿POR QUÉ LOS ASIÁTICOS TIENEN LOS OJOS ALARGADOS? (Artículo)

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Geólogo J. B. Mahoney

Se ha dicho, de manera errónea, que la morfología alargada o rasgada de los ojos en los asiáticos se debe porque la estructura ósea que contiene al globo ocular posee una forma almendrada. Otros sin embargo afirman que el ojo oriental como tal tiene forma de huso o ahusada. Pues nada más alejado de la verdad que eso. La razón no tiene que ver con el globo ocular ni con la configuración ósea de sus cuencas, sino en la forma de los párpados. En este sentido, el detalle impreciso “almendrado” de los ojos asiáticos no supone una diferencia anatómica en sí misma, ya que es un efecto visual que nos da esa impresión, aun cuando la fisionomía general de todo ojo viene en cierta manera determinada por su estructura ósea.

1-1aa1La verdadera singularidad está en un repliegue del párpado superior, que se conoce concretamente como brida mongólica. Si nos fijamos bien, los asiáticos poseen un pequeño doblez de piel adicional que se desarrolla hacia abajo, suerte de plisado que cubre la esquina interna del ojo. Este visible doblez también es conocido como pliegue del epicanto.

1-f4ace0b10047729da7c4af1f0cc1a09dLos caucásicos sin embargo, así como algunos grupos humanos de piel oscura,  carecemos de este rasgo. Sin embargo, es normal que en muchos casos, bebés de raza blanca, indoeuropea o piel oscura,  nazcan con este pliegue, pero con el crecimiento pierden dicha carcterística o fenotipo.

Este peculiar remate es el que nos da la engañosa impresión de estar viendo un ojo almendrado en los orientales, siendo a 1-baby-eyes-2primera vista el rasgo que más nos llama la atención cuando observamos a un asiático, a un lapón (caso de las etnias sami, asentadas al norte de Suecia, Noruega, Finlandia y noroeste de Rusia fig. inferior), a un indígena americano, incluso un bosquimano o algún hotentote del sur de África (estos dos últimos muy relacionados entre sí) con dicho fenotipo bien acentuado.

bjork_faceEs muy probable que un biólogo evolucionista o un antropólogo físico formularía la pregunta de esta manera: ¿Por qué razón los asiáticos presentan la característica brida mongólica o (epicanthus medialis)?, que es exactamente ese pequeñito pliegue que se prolonga hacia abajo ocultando casi todo el saco lacrimal…. Ni la jerga técnica anterior, ni el hecho de ser asiático, así como de pertenecer a un grupo étnico diferente o tener genes mongoles, (refiréndonos a las tribus originarias que se asentaron en lo que es mongolia actualmente y que evolucionaron con las características genéticas específicas que definen a aquellos pueblos) ha contestado nuestra pregunta todavía: ¿Por qué razón los asiáticos tienen sus ojos alargados? o bien, ¿por qué ellos sí y no toda la raza humana?

            De las continuadas oleadas generacionales de homo sapiens que salieron de África siguiendo diferentes rutas, es posible que la primera rama que terminó asentándose en la lejana Siberia asiática o Rusia oriental tuviera sus ojos parecidos a los caucásicos y no presentaban un aspecto oriental. Pareciera tener sentido entonces el que por una necesidad adaptativa, para ajustarse a un entorno de frío y vientos extremos se haya producido una mutación en alguno de los genes de un primer individuo, y con el tiempo las siguientes generaciones fueron adquiriendo esa ventaja evolutiva para poder sobrevivir en un medio tan severo. Lo que quiere decir, que aquellas generaciones de sapiens descendientes que desarrollaron el rasgo de brida mongólica, necesario para sobrevivir en regiones de frío intenso y nieves permanentes (pues la radiación ultravioleta del sol se refleja con mayor intensidad sobre superficies claras, como las que predominan en las frías zonas árticas) al contar con tal ventaja competitiva, pudieron vencer las barreras reproductivas y consiguieron tener descendientes con las mismas cualidades. Aquellos que no adquirieron estos atributos (especialización), probablemente con el tiempo terminaron perdiendo la vista o sino afectados severamente, por tanto, inútiles para el resto del clan y probablemente eran abandonados o rechazados por los demás, y sin poder transmitir sus genes a la siguiente generación (selección).

            Así como lo es en las zonas árticas, el rasgo de brida mongólica es ventajoso en áreas de sabanas y desiertos, y protegería contra vientos fuertes. Se sabe incluso que los pastizales secos y dorados de algunas regiones de sabana reflejan la luz solar con mucha intensidad, lo que refuerza el que grupos étnicos como los Dinka del Sudán, y los mencionados arriba, los cazadores-recolectores san (bosquimanos) y hotentotes del suroeste africano, posean también el pliegue oriental. En fin, es una defensa selectiva y el organismo busca proteger la visión. El caso es que aún no se ha encontrado un gen determinante de este rasgo mongol. ¿Por qué entonces las poblaciones escandinavas no evolucionaron o no adquirieron la brida mongólica? La hipótesis anterior parece no corresponder. Pero se sabe que hace 10.000 años, toda la región de Escandinavia estaba cubierta de hielo y completamente deshabitada. Los primeros cazadores llegaron de Asia poco después, cuando comenzaron a retroceder los hielos que la cubrían (terminaba la última glaciación) y ya presentaban este rasgo fenotípico oriental. Tal vez los antepasados de las poblaciones caucásicas actuales no tuvieron esa exigencia evolutiva para adaptarse a su medio. Además, desde que llegó el holoceno al planeta, las regiones nórdicas no han permanecido cubiertas por nieve todo el año igual que las zonas árticas como para que se justifique por vía de la selección natural la necesidad de que esos pueblos evolucionaran con los ojos “almendrados”, o bien no se dio la mutación del gen que definió este rasgo. Sin embargo, los lapones (población aborigen de Escandinavia), quienes viven en su parte más septentrional si tienen estos rasgos. Los Lapones no surgieron en Laponia y sus ancestros fueron los primeros pueblos en llegar a esa geografía nórdica hace unos 10.000 años. Todas estas etnias de fenotipo mongoloide descienden de los pueblos paleosiberianos y a su vez de las ramas más tempranas que alguna vez cruzaron El Puente de Beringia hace entre 20.000 y 30.000 años.

            Durante el último periodo glacial (que inició hace unos 110.000 años y terminó hace 10.000 años), grandes áreas de la tierra fueron ocupadas por enormes masas de hielo, el clima se enfrió a nivel global y la superficie de los océanos disminuyó en proporción a la masa de hielo que quedó sobre los continentes. Dentro de ese intervalo, no fue sino hace unos 30 ó 40 mil años cuando el mar alcanzó su nivel más bajo, entre 100 y 150 metros, dejando al descubierto una gigantesca masa terrestre de casi 2.000 kilómetros conocida como El Puente de Beringia. Así se dieron las condiciones óptimas que facilitaron la migración de habitantes desde Siberia hacia Alaska. Ambos continentes permanecieron unidos como uno solo, por un largo tiempo. Los primeros paleoindígenas venidos de Siberia con fenotipo mongoloide cruzaron por estas tierras entonces emergidas y se asentaron en Alaska (tal vez Los esquimales, fueron los últimos en llegar, los que eran un ejemplo de mongoles puros)sus descendientes continuaron migrando a América del norte y así sucesivamente los descendientes de aquellos terminaron por llegar a América del sur. Sin embargo los rasgos de brida mongólica se siguieron reforzando genéticamente, transmitiéndose generacionalmente y conservándose en nuestros indígenas actuales. De manera que con el tiempo los descendientes de aquellos pueblos asiáticos que heredaron esas características hasta nuestros días, no han tenido una necesidad evolutiva que obligue a una nueva adaptación.

            Sin pretender cerrarnos a cualquier otra hipótesis, es posible también que el rasgo del ojo oriental se haya originado por mutación de un solo individuo, extendiéndose por ciertas poblaciones en África, los que posteriormente migrarían hacia Asia, y luego hacia América.

            Si en alguna ocasión llegasen a abordar una chica de rasgos asiáticos y se les ocurriera preguntarle el por qué de sus bellos ojos almendrados, no permitan que los convenza con un argumento como que sus ancestros fueron violados por Genghis Khan y sus hombres…, pues será mejor que tengan bajo la manga un juicio de valor.

EL BORRADOR VINDIJA (Artículo)

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Geól. J. B. Mahoney

Gracias al primer estudio de secuenciación del genoma neandertal (conocido como Borrador Vindija) la mayoría de los genetistas que intervinieron en el estudio admiten ahora que los sapiens modernos, es decir, nosotros; poseemos entre 1% y 4% de genes neandertales.

El nombre Vindija es tomado de una cueva de Croacia y parte del yacimiento arqueológico donde se encontraron unos restos fósiles de neandertal que resaltaban por su excelente estado de conservación. Dicho estudio fue realizado en conjunto por el instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania) y la empresa norteamericana 454 Life Sciences, el que fue publicado en la revista Science de mayo 2010.  Una vez que se contrastó dicha secuencia genética neandertal con otras secuencias de genomas humanos modernos, las conclusiones llevaron a los científicos a pensar que hubo intercambio genético entre los neandertales y nuestros ancestros no africanos, pudiendo incluso haber tenido descendencia fértil. Lo que quiere decir que los Genetistas que participaron en las investigaciones lo descifraron aparentemente convencidos de que nuestros antepasados sapiens en algún momento se hibridaron con nuestros “primos” neandertales lo suficiente como para dejar una impronta en nuestro genoma. Algunos debaten cuándo, e incluso dónde pudo haber ocurrido. ¿Durante su encuentro en el viejo continente? ¿Tal vez en algún lugar del Oriente Próximo? Hasta ahora solo existen especulaciones. Sin embargo, un nuevo estudio trae a la palestra una vieja discusión que muchas veces se ha venido planteando entre muchos otros investigadores de paleoantropología y genetistas, y es que dicha participación también podría verse como debida a otra componente, obviando el flujo genético entre ambas especies, y más bien como el derivado de un ancestro común a estas.

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Los resultados de dos estudios, publicados una en la revista Nature y la otra en la revista Science, divulgados por Richard Green y Noonan respectivamente en el año 2006 con las mismas muestras anteriores de especie neandertal, dijeron que el gen FoxP2, relacionado con el lenguaje articulado, lo encontraron en el ADN de dos ejemplares: el 1.253 y 1.351c, encontrados en la cueva terciaria de El Sidrón, en Asturias (España). Cuando advirtieron que presentaban las mismas variaciones que en el hombre moderno, dedujeron que ambas especies pudieron haber tenido la misma capacidad de lenguaje.

El investigador español, Carlos Lalueza-Fox, quien por cierto participó también en el hallazgo del gen FoxP2 con el equipo multidisciplinario de Svante Pääbo, del  instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, descubrió una mutación en el gen MC1R, relacionada con el color de la piel y del cabello cuando estudiaba un fósil neandertal de hace 43.000 años procedente de la cueva arriba mencionada de El Sidrón. Lalueza explicó que al recuperar el receptor 1 de la melanocortina del fósil anterior, el que contiene dos pigmentos que regulan este tipo de hormona cuando interactúan con una proteína, si el gen actúa de manera correcta, se sintetiza entonces el color castaño. Pero si por el contrario se produce una mutación en el gen, se sintetiza el rojo, es decir, la feomelanina, que es la proteína de los pelirrojos. De manera que algunos neandertales pudieron ser rubios y tener la piel clara.

Al parecer, aquellos humanos modernos que muestran el mismo fenotipo, obtenido sin embargo por otro camino genético, no poseen el gen MC1R. Lalueza lo explica de la siguiente manera:

“Nuestros antepasados venían de África y conservaban el gen que los protegía de la radiación solar. Al migrar hacia Europa, donde el sol no es tan intenso, dicho control genético se relaja y, por selección natural, termina  produciéndose la mutación”

Hace 500.000 años, este fenómeno posiblemente le ocurrió a nuestros primos los neandertales. La misma necesidad adaptativa la tendrían los sapiens modernos hace 40.000 años, es decir, en algún momento tuvieron un aclaramiento de su piel y cabellos mediante otra mutación, llegando al mismo resultado.

Geól. J. B. Mahoney

¿CUÁNDO Y DÓNDE SURGIÓ EL HOMBRE POR PRIMERA VEZ? (Artículo)

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J. B. Mahoney.

Antes de que el clima comenzara a impactar las actuales sabanas del levante africano y los movimientos tectónicos comenzaran a dejar sus cicatrices sobre los suelos modificando la fisiografía; los primates de entonces vivían muy sosegados encaramados en sus árboles masticando las hojas o tratando de alcanzar un fruto suculento, pero al mismo tiempo, oteando muy atentos el horizonte y vigilantes por si algún clan osado de machos adversarios anduviera acercándose en forma sigilosa por la llanura con intenciones de perturbar su tranquilidad, o aspirando las hembras del “harén”. Cuando no, cuidándose de que algún depredador no estuviese acechando por entre la maleza o detrás de cualquier matorral para atrapar un incauto y podérselo almorzar…

11111aNo obstante, las novedades, que desde hacía algún tiempo venían en camino (a paso de tortuga) ya se estaban manifestando. Los cambios que estas conllevarían, serían del todo inevitables. En algún momento, las sabanas arboladas de entonces comenzaron a cambiar, poco a poco el clima se fue haciendo más árido, y aquellos árboles frondosos empezaron a desaparecer con el paso del tiempo. Cuando estos ya escaseaban, los primeros australopithecus, tal vez los más intrépidos, se vieron en la necesidad de bajar de su morada en procura de alimento y/o para explorar un mundo, que tal vez comenzaba ya a parecerles diferente y extraño…

Sería conveniente resaltar que los cambios climáticos que se dieron durante los tiempos prehistóricos en África, nada tuvieron que ver con las conocidas glaciaciones que afectaron a Europa, se refieren solo a épocas donde hubo mayor pluviosidad, mezcladas con periodos de aridez. Si algunos de estos episodios lluviosos correspondieron en tiempo con las famosas glaciaciones, es otra cosa. De manera que los cambios climáticos locales que se produjeron en el este africano, empujados por los episodios tectónicos que ocurrieron hace unos 7 millones de años, no solo alteraron y ocasionaron modificaciones significativas en la morfología del paisaje en esa parte de África durante aquellos tiempos, sino que tuvieron una trascendencia única en todo el planeta. De hecho, fueron en conjunto los responsables de que los homínidos comenzaran a evolucionar y apareciera el género homo por primera vez sobre los suelos en el este de África. ¿En qué lugar? ¿En alguna parte de la región de los grandes lagos?, ¿en el Cráter de Ngorongoro quizá?, ¿tal vez cerca de las orillas de alguna laguna moribunda de Tanzania?, o ¿a lo mejor en alguna planicie de Kenya?… probablemente lo anterior no sea tan importante puesto que en todos esos lugares los paleontólogos han encontrado restos fósiles de homínidos.

¿CUANDO?

201010111755Es con la aparición de la primera especie del género homo (Homo habilis) datado entre hace unos 2.5 y 1.5 millones de años, entre principios y mediados del pleistoceno por el este de África, que surge un primate con un significativo incremento en el tamaño de su cerebro en comparación con su posible ancestro, el Australopithecus. Este frágil homínido fue un carroñero oportunista, que pudo haber labrado los primeros utensilios de piedra que existieron, por lo que bien puede decirse que inauguró lo que conocemos como La Edad de Piedra. A pesar de que podía desplazarse abiertamente de forma bípeda, los dedos curvos de sus pies y manos sugieren que todavía utilizaba las ramas de los árboles. Aunque su volumen craneal giraba en torno a los 650cc, (150cc más que el de su predecesor) todavía carecía de un lenguaje articulado, a diferencia de homo sapiens y posiblemente homo neanderthalensis. Homo habilis conocía el fuego pero no sabía producirlo ni guardarlo. Su nombre significa “hombre hábil” y ya se había extinguido hace 1.5 millones de años. ¿Pero cómo pudo haber sido todo ese caldo de cultivo que favoreció la aparición del género homo?

En mi tercera novela (Trilogía del Tiempo) “Las Libélulas no Vuelan en Invierno” ventilada en torno a la prehistoria de hace 2 millones de años en África (espero poder verla en las vitrinas de una librería algún día) en uno de sus capítulos centrales hago referencia a una reflexión: Toda Novedad Genera Cambios. Dicho de otra manera; ¿Cómo pudieron estos dos fenómenos de la naturaleza “confabularse” para que de resultas comenzaran a evolucionar nuevas especies?
El este de África posee una de las geomorfologías más dramáticas que se hayan alterado en la historia geológica reciente. No solo los movimientos tectónicos globales, los cambios climáticos y las oscilaciones en la energía del sol, todos juntos, influenciaron el planeta a lo largo del periodo en que el linaje humano comenzaba a evolucionar en África. El efecto que tuvo la formación del valle del Rift, (que inició su proceso hace algunos 30 millones de años, y probablemente cuando la gran superfamilia de los hominoideos evolucionaba) sobre todo el máximo severo de su ocurrencia hace entre 8 y 2 millones de años producido por el ascenso de una superpluma magmática que viene emergiendo por debajo del continente negro, fue finalmente la responsable de que el hombre evolucionara en el este de África. Su impacto sobre el clima local fue demoledor, pues produjo cambios importantes en los diferentes ecosistemas: los bosques fueron desapareciendo, la región comenzó a volverse paulatinamente árida y aquellas especies que lograron adaptarse a los nuevos entornos, poco a poco comenzaron a extinguirse. Esto motivó nuevas necesidades, lo que permitió a otras especies, las que si se adaptaron, reemplazar a las anteriores. La aparición de estas nuevas especies terminaron por ocupar los nichos que dejaron los anteriores. Toda esta suma de novedades con el tiempo generó cambios y condiciones favorables que permitieron o facilitaron la aparición de una especie más evolucionada que las que quedaron atrás, con un cerebro más desarrollado, más inteligente que no necesitaba de más cambios evolutivos para subsistir y adaptarse, capaz de hacerlo por sus propios medios, modificando la manera de abordar las nuevas exigencias y presiones selectivas del medio.

Stanley Kubrick, el director del film de ciencia ficción “2001: Una Odisea del Espacio” (1968) con la aparición de un misterioso monolito negro en medio de un entorno desértico donde cohabitaban dos o más clanes de simios, de alguna manera quiso plasmar en un primer plano un suceso que marca un acontecimiento de gran importancia. Este monolito perfecto parece que termina de iluminar el instinto del simio, paso que se ve reflejado en el mismo momento cuando uno de ellos encuentra un pedazo de fémur y de alguna manera advierte que puede utilizarlo para defenderse de sus enemigos del otro bando. Lo que le permite al primate a partir de ese momento (que no es más que una forma simplificada para mostrárselo al espectador) dar un salto dentro de la evolución. El extraño monolito viene a ser algo así como una suma de novedades, (sino la Deus Ex Machina que se le ocurrió a Kubrick para intentar explicar un acontecimiento sin lógica aparente) el hito, el gatillo que disparó el cambio, en otras palabras, la novedad que estimuló la evolución facilitando más tarde las condiciones propicias para que apareciera el hombre sobre el suelo este africano. Obviamente que esta aparición no se dio de manera instantánea, sino de forma transicional en el curso de varios millones de años.

Debió existir un motumblr_lg88tymNKn1qgcccio1_500mento, en que alguna primera pareja de australopithecus se sintió empujada a descender de su morada con intenciones de buscar un segundo árbol que les proveyera de suficientes hojas y frutos, pero como se desplazaban en sus cuatro extremidades, en un primer momento, su instinto les decía que debían erguirse para poder ver por encima de los arbustos y pastizales de la sabana, con el propósito de vigilar y asegurarse de que no había algún depredador camuflado acechándolos en ese momento (algo que si podían hacer mientras estuvieran encaramados a varios metros de altura) Así que después de varios intentos indecisos, el hambre y la necesidad de supervivencia les obligó a caminar erguidos, aunque con torpeza, a través de la vegetación seca de la llanura, hasta que a cierta distancia pudieron conseguir otro árbol. Es un hecho el que muchos de ellos fueron presa fácil de algún leopardo o hiena hambrienta, otros tuvieron éxito y lograron desplazarse varios kilómetros hasta ponerse a salvo. Ese entorno, extraño, a ras del suelo debió de hacerles sentir constantemente amenazados. Pero no sabían defenderse ni tenían la capacidad para actuar en grupo. Finalmente como especie que no pudo adaptarse a los nuevos cambios y a las presiones del entorno, el constante miedo les creó barreras para que pudieran copular y por lo tanto su éxito reproductivo se vio menguado. Pero a veces ocurre que grupos de individuos de esa especie se separan y cada uno va evolucionando siguiendo caminos separados, modificando su genética de manera diferente, y se van diferenciando cada vez más. Cuando el grado de divergencia genética alcanzado es tal, ocurre que estos dos grupos son tan distintos que han evolucionado como dos especies deferentes, con características de adaptación nuevas que le permiten sobrevivir en el nuevo entorno. Con el tiempo en los miembros de su especie ancestro se va formando un cuello de botella genético, la tasa de mortalidad va superando a la de natalidad y termina finalmente extinguiéndose.

Por las áridas sabanas ahora pulula erguida una nueva especie, que con el transcurso de los años se ha vuelto un hábil carroñero, lo cual lo ha favorecido enormemente porque de la carne obtiene una rica proteína que necesita para subsistir, sin embargo aún no posee la destreza necesaria para dar caza a sus veloces presas, por lo que seguramente comenzó a practicar el cleptoparasitismo, es decir, se convirtió en un hábil robador de presas ya muertas o cazadas por otros animales. La radiación adaptativa trajo como consecuencia el origen de muchas otras especies que también comenzaron a caminar erguidas y a correr con menos torpeza. La aridificación y el retroceso de los árboles a expensas de las sabanas trajo como resultado una especialización en su adaptación alimentaria. Sus aparatos bucales se vieron modificados para realizar intensos esfuerzos masticatorios, al desarrollar unos potentes músculos maseteros.

el boiseiAlgunas especies, en particular como el paranthropus boisei, poseían unos poderosos músculos faciales que articulaban unas mandíbulas insertadas dentro de una visible cresta sagital parecida a la del gorila. Sus molares se vieron favorecidos con una capa extra de esmalte, lo suficiente como para partir semillas y triturar las duras raíces que conseguían escarbando los áridos suelos. Por lo tanto, sus mandíbulas eran espesas, altas y convenientemente anchas por lo que sus aparatos masticadores se hicieron más robustos que los de sus antecesores, en otras palabras, la nueva especie resultante con el tiempo se había adaptado. La diversificación de las especies parecía no detenerse, el entorno tenía sus exigencias y para poder sobrevivir a las presiones, estas cada vez se especializaron más hasta un momento en que la necesidad de protegerse, de actuar en grupos así como de comunicarse, hizo que una sola especie fuera la elegida. Entonces surgió un nuevo género de homo. Desde el punto de vista Biológico, el género homo continuó diversificándose hasta que finalmente apareció la especie sapiens, hace unos 200 Mil años. Pareciera ser que la especialización en términos genéticos de este género, se detuvo con el arribo del hombre moderno. Este humano no necesitó adquirir más modificaciones evolutivas, ni manifestar nuevos rasgos anatómicos para adaptarse a su entorno, es decir, para hacer frente a las tensiones y presiones selectivas que le imponía el medio ambiente donde se desenvolvía. Sin embargo evolucionaron sus ideas, y se perfeccionaron sus técnicas. Ninguna especie nueva ha surgido desde entonces para desplazarlo y ocupar su nicho.

Homo sapiens, es decir, nosotros, somos la especie más evolucionada de todos los homínidos, sin otra especialización que la de un gran cerebro para discernir. De todo el reino animal, hemos sido los más favorecidos genéticamente, poseemos capacidades cognitivas ventajosas. No solamente somos capaces de representar conceptualmente lo que vemos, sino, que lo comprendemos, y hasta podemos explicarlo a otros. Es la complejidad pues, y el tamaño de nuestro cerebro, lo que nos ha proporcionado la mayor de las oportunidades: la de supervivencia y solo la novedad pudo haber conllevado a esos cambios.