JACK «ESPIÓN» & EL EFECTO MAGNUS

Corría el año 1850. El día más esperado había llegado, al menos para ti, pues lo aguardabas con gran impaciencia.

Tal vez no lo recuerdas, o mejor dicho, nunca lo supiste, sin embargo, yo estuve allí. ¿Quién soy yo…? Bueno, eso no forma parte de esta historia, pero en realidad siempre he estado allí, curioseando por los alrededores, husmeando a veces, observando todo. Tú y tu familia vivían en las afueras, algo distantes de la ciudad, ese día se te hacía tarde, sobre todo ese día. No te aguantabas las ganas y saliste disparado de la porqueriza dejando todos los pertrechos de trabajo en el lugar, aún no terminabas con tu obligación de recoger el excremento de los marranos como te lo había pedido tu padre. Siempre lo ayudabas, pero la llegada de ese día era muy especial para ti. Lo más probable es que te aguardaría un castigo tan pronto regresaras a casa. Los tiempos eran difíciles, lo sé, sobre todo para las familias muy pobres, como ustedes. Recrearé un poco tu historia.

«¡Oh no, llegaré tarde!».

Eso fue exactamente lo que pensaste, tan pronto escuchaste las campanas de la catedral doblando a lo lejos. Sin embargo, tus razones tenías. Te desvivías de las ganas por llegar a tiempo y ver el encuentro de balón pie que organizaron los niños ricos del colegio, justo en el escampado que está detrás de la iglesia. Lo sé, no solo te hubiera gustado participar, sé que también soñabas con poder estudiar, pero desgraciadamente tus padres no tuvieron los medios de pagar tus estudios en un colegio, así que te tocó trabajar duro para ayudarlos.

Tal como te lo temías, llegaste tarde para ver el encuentro, y no había forma de penetrar aquella gruesa muralla de personas para disfrutar el juego de cerca.

«Si tan solo no tuviera que limpiar todos los días las porquerizas con papá, habría llegado con tiempo para escoger un buen lugar donde mirar el juego».

Sin embargo, eso no te importaba, sabías lo inteligente que eras y algo se te ocurriría. Paseaste con impaciencia la vista por todo el lugar. Escudriñaste los alrededores por si había un árbol, una rama solitaria donde subirte, pero las pocas que había estaban ocupadas. Te acordaste del viejo tonel que había recostado hacia la esquina de la iglesia, el mismo que solían utilizar los chicos en ocasiones para jugar a las escondidas, pero ya albergaba a dos mocosos encaramados, los que desafiaban peligrosamente el equilibrio.

Pero al fin miraste hacia arriba. ¡Sí, eso es muchacho, la Catedral!, me dije yo.

         «Tengo que llegar hasta la ventana más alta, solo me tomará unos minutos llegar allá arriba».

Y eso fue lo que decidiste hacer, subir hasta allá. Advertiste entonces el hoyo que había en el rosetón de la fachada, el mismo hoyo que hiciste en aquel hermoso vitral con tu tirachinas, pensaste que sería un magnífico lugar de observación, incluso, que nadie notaría tu presencia, pero la pieza rota de vidrio ya había sido reemplazada. No obstante, sabías que nada te impediría colarte y subir a escondidas hasta lo más alto de alguna de aquellas dos torres, ya lo habías hecho antes muchas veces sin que el cura se diera cuenta, así tendrías el mejor asiento para contemplar aquella suerte de fútbol de carnaval, que era como se llamaba en la edad media. Antes de subir hiciste un intento de penetrar nuevamente aquella gruesa barrera de personas, pero el intento fue fallido.

«¡Vamos vete a otro lugar, Espión de mierda! Aquí no hay espacio para criadores de puercos».

Así mismo solían machacarte con burla los adolescentes cada vez que te veían  «¡Espión de mierda!» y, a veces, los mayores también.

Tú no te figurabas porqué esos necios de la aldea te llamaban erróneamente de ese modo. No en vano mal interpretaban el hecho de que solieras colarte disimuladamente en la plaza para escuchar las tertulias de aquellos ilustres doctos de la universidad, quienes se reunían por las tardes a discutir algún asunto importante de la ciencia, o en ocasiones en algún café de la ciudad. Esos mediocres eran incapaces de entender tu interés de venirte en ocasiones a la ciudad a “espiar” y escuchar aquellas clases memorables por alguna ventana que lograras ver abierta de la universidad. ¿Para qué perder tiempo explicándoles que en tus ratos libres, en lugar de irte a jugar como los demás chicos de tu edad, preferías escaparte de casa y correr hasta la ciudad solo para prestar atención a todo aquel lenguaje de símbolos enrevesados y sin sentido que escribían esos genios en una pizarra? Que no ibas a espiar a las chicas ni mucho menos, al menos no en el sentido como lo interpretaban, pues yo sé que no eras ningún fisgón morboso. Sin embargo, lo que no sabían era que tenías una mente prodigiosa, algo de lo que carecían los demás en tu ciudad, que de haber podido estudiar te estarías comiendo al mundo entero. Ignoraban que poseías una curiosidad que superaba todos los límites imaginables, incluso, que a tu tierna edad estabas dotado de un pensamiento profundo, de una gran capacidad de analizar todo aquello que ocurría, que siempre encontrabas una explicación lógica y sencilla a cualquier fenómeno que observaras, por muy complejo que fuera. Por el contrario, pensaban que estabas enfermo de la cabeza porque te detenías a mirar un arcoíris, a escuchar el sonido de las gotas de lluvia cayendo, o porque tomabas un pedazo de vidrio roto con el que te valías para examinar las dendritas de una simple hoja de árbol o un diminuto insecto. Hacías tantas cosas extrañas para los demás, que estaban convencidos de que solo un demente las hacía. Querido Jack, me pregunto si las burlas que te hacían no serían otra cosa que la pleitesía que todo necio suele rendir al genio.

Pequeño Espión ¿Recuerdas aquel día en que el profesor lanzó un grueso libro en reprimenda a un estudiante y rompió la ventana, porque había cometido un error en la pizarra? Yo estaba allí. Tú recogiste el libro del suelo y en lugar de devolverlo te lo llevaste en carrera a tu casa. ¿En serio te devoraste todo su contenido en menos de dos meses? En ocasiones te observaba de lejos, mirabas a escondidas por esa misma ventana y negabas con la cabeza cada vez que anticipabas cuando alguien cometería un error de cálculo en la pizarra. Sufrías porque te hubiera gustado intervenir, ¿no es así?

¿Y por cosas como esas es que creen que estás mal de la cabeza…? Pobres.

         «Al fin pude subir a la torre sin que el cura se diera cuenta».

         Estimaste que el juego tendría algunos veinte minutos tal vez de haber comenzado y por un instante te desilusionaste, si bien hasta el momento nada interesante había sucedido, excepto una que otra tímida anotación en cada bando. Con mirada casi acechadora escrutabas a los jugadores sin perder ningún detalle cuando corrían de una banda a otra, te fijabas en cada movimiento, en la posición que jugaba uno y otro y lo que hacía cada defensa. Jamás quitabas el ojo al balón, al modo como volaba y precisabas el mínimo detalle que había en cada disparo. La gente en las barreras gritaba al mismo tiempo, todo lucía tan confuso y ensordecedor que parecía que se hubiera desatado una suerte de revuelta entre esquizofrénicos. Sin embargo, tú sabías cómo ponerte en modo “mute” para aislarte por completo de aquel ecosistema infernal.

Los minutos seguían transcurriendo, un segundo gol alcanzó de pronto al guardameta, minutos después vino otro sorprendiendo al portero del equipo contrario, pero tú permanecías inmutable y sin quitar esa mirada escrutadora de los jugadores. De nuevo un puntapié aquí, otro disparo recto allá, siempre fallidos… Finalmente el juego terminó empatado y mientras tanto, los fanáticos de cada equipo en ambos lados de las graderías seguían lanzándose improperios y blasfemando amenazas de toda índole.

«Esto sí que no me lo esperaba, no es justo».

¿Acaso no fue eso lo que murmuraste? Lamentaste que el juego tuviera que decidirse por la vía de los penaltis. Es indiscutible que luego de tanta faena, nada hay como un buen partido de fútbol ganado sobre el terreno de juego. Una vez que llegas a los penaltis, ya no se disfruta con la misma emoción, ya que podría darse la circunstancia de que el equipo que peor defendió sobre el terreno, inmerecidamente termine vencedor. Estuviste a punto de marcharte, aun así, preferiste quedarte hasta ver que al último de los jugadores le llegara su turno de patear el balón… es solo que lo que verías en esta ocasión tampoco te lo habías esperado.

Te quedaste mudo. ¿No fue así, Jack? Jamás sospechaste que en el último segundo ocurriera algo tan insólito, más bien inesperado

Hasta unos segundos antes el juego había estado empatado, pese al penúltimo de los penaltis. Sin embargo, faltaba el disparo de un jugador por el que nadie apostaba que habría de improvisar una suerte de “milagro”, sería el disparo decisivo. Apuesto que jamás olvidaste ese disparo. Esa vez el jugador chutó de un modo muy diferente. No fue un vulgar puntapié lo que descargó sobre aquella suerte de esfera —hecha con cuero de cerdo y rellena de heno— al menos de eso parecías estar muy seguro, pues la trayectoria del balón no salió en línea recta como muchos se lo esperaron, sino que describió una curva muy desviada, por demás peculiar, pasando a varios centímetros de un extremo de la pared que formaban los jugadores. Sí, un giro extraño y maravilloso que nunca debió ocurrir o que nadie se imaginaba que ocurriría. Jamás antes habías apreciado una órbita elipsoidal tan cerrada como esa, sin duda resultó ser un vuelco fenomenal para el equipo contrario, y que ese día advertiste perfectamente lo que describió el balón.

Desde una de las barreras los espectadores gritaron lamentos e insultos, argumentando que la bola había sido desviada por el viento, otros aseguraban que había rozado con un misterioso cuervo blanco que pasó volando a muy baja altura y que por eso la pelota se había desviado, que la mala suerte y una maldición lanzada por la vieja gitana de la aldea vecina se habían confabulado en contra… en fin, que se debía repetir el disparo. Pero no tú, Jack. Sabías, sin embargo, que no había sido así. Percibiste no solo la descomunal órbita excéntrica de aquella bola, sino cuando esta salió rotando de una manera muy particular, claramente advertiste cómo giraba alrededor de sí misma, es decir, en un plano perpendicular a la dirección de la fuerza gravitacional, por lo que intuiste de paso, que sin esa peculiar rotación no se hubiera conseguido aquel espectacular efecto desviador.

«¡CarajosJack!, diste en el clavo una vez más».

Es un fenómeno que sucede muy a menudo. Bueno, para ser franco… no siempre, pero cuando ocurre en el campo, muy pocas personas, o casi nadie, se detienen a pensar en ello y simplemente lo dejan pasar. Ya lo hará un extraordinario profesor de física, de origen alemán, y su descubrimiento llevará su nombre dentro de dos o tres años. Lástima, Jack, no será el tuyo. Pero cuando se anuncie ese descubrimiento sonreirás entonces y tendrás el modesto placer de saber que tú te lo habías figurado primero, en tu pequeña mentecita precoz y a la pueril edad de apenas 12 o 13 años. Bueno, no importa, Jack, más adelante la vida te tendrá reservada muchas otras satisfacciones.

«¡Eso es!».

Ese fue tu grito de Eureka, lo repetiste en voz baja y sonreíste. Sonreíste porque ya tenías descifrado el rompecabezas. ¿Recuerdas eso? Tú estabas tan seguro de ello porque justo en ese momento había una calma extraña y absoluta, como si hubiese sido impuesta por una fuerza misteriosa, inexplicable. Nunca se trató del viento ni de ningún cuervo blanco que haya pasado volando… Tú observabas desde lo más alto de la catedral y comenzaste a elucubrar rápidamente, como siempre lo haces. Notaste ese pequeño detalle que nadie pareció percibir en ese momento.

«Vaya, eso solo me sugiere una cosa: Velocidad Angular. De alguna manera la rotación misma de la bola afectó su propia trayectoria haciendo que se desviara».

Y eso mismo concluiste. En seguida el engranaje de tu maravillosa mente comenzó a moverse como un mecanismo bien engrasado. Por tu cabecita desfiló todo aquello que habías visto y escuchado a escondidas durante meses, asomado por aquella ventana de la universidad cuando “espiabas” todo lo que el profesor enseñaba a sus estudiantes: fórmulas, ecuaciones, principios, leyes físicas y matemáticas nadaron en esa materia gris privilegiada que tienes. ¿Cómo pudiste memorizar todo aquel revoltijo de proposiciones y axiomas, Jack…? ¿Viendo y escuchando por las ventanas tan solo? Luego, como si también estuvieras dotado de alguna forma de claridad interior, sin pensarlo casi, tan solo susurraste:

«¿Bernoulli?».

¿Recuerdas eso que dijiste, Jack?

Claro, ahora entiendo… Entonces resultó ser cierto, te devoraste todo aquello de las fuerzas de fricción actuando sobre cuerpos en movimiento en aquel libro que te llevaste a casa —libro por cierto, que jamás devolviste— Es como si te hubieras anticipado en el tiempo y hubieses escuchado de boca del propio Prandtl, en alguna de sus clases a principios del siglo XX, cuando explicaba aquel concepto de capa límite. De manera que estuviste considerando aquello de la suma de velocidades sobre cada mitad del balón al rotar en un fluido y aplicaste lo que dijo Bernoulli acerca de los cambios de presión y velocidad en su famoso principio… ¡¡¡Carajo, Jack!!!

Bien, creo que es suficiente con este preludio. Resumiendo la historia, resulta que Jack “Espión” sin habérselo buscado dilucidó el origen de un curioso fenómeno que sería muy conocido 3 o 4 años más tarde, se trata de una fuerza muy importante que será muy estudiada en Mecánica de Fluidos y Aerodinámica. El pequeño “Espión” llegó a la misma conclusión que llegará más tarde Heinrich Gustav Magnus (1802-1870), cuando en 1853 salga a la luz el concepto de un efecto desviador que será conocido como Efecto Magnus o Fuerza Magnus.

De haber tenido la oportunidad que tuvieron otros, de poder estudiar, quizás habría sido Jack “Espión”, y no el físico alemán Heinrich Gustav Magnus, quien descubriera ese efecto «torcedor» que hoy lleva su nombre: “El Efecto Magnus”.

¿Cuántos Jack Espión, sin recursos, no hubo en el pasado, cuántos, Jack Espión sin recursos e ignorados, no habrán deambulando por el mundo en la actualidad…?

EL DÍA QUE PERDÍ LA FE (Anécdota)

Estoy seguro de que todos, en algún determinado momento, hemos atravesado por situaciones difíciles, unas en mayor o menor grado de complejidad que otras —bien cuando éramos niños, o después como adultos— pero que sin duda y de algún modo debieron afectar nuestras vidas. No siempre sucede, pero por lo general esos momentos desagradables los terminamos superando tarde o temprano. No obstante, me atrevería a asegurar que muchos de nosotros seguimos archivando en nuestra memoria algún recuerdo o circunstancia que nos ha dejado una huella profunda: Tal vez la pérdida de un ser querido, el trauma dejado debido a un accidente, una larga enfermedad, el no haber podido cumplir una promesa importante…

Creo que si algo debió marcar tremendamente la mía lo fue el hecho de que no me permitieran realizar la primera comunión. Lo digo con certeza y objetividad, pues a pesar de mi edad, es el recuerdo que aún me viene a la memoria cuando paso frente a una iglesia o veo alguna película donde aludan de pronto el tema religioso. Cada vez que escucho aquel famoso sermón de la montaña, el mismo que Jesús dirigió a los cristianos oprimidos del imperio romano, u alguna otra de sus seductoras parábolas, tan oxigenadas en los films, no puedo evitar erizarme o que el intento de una lágrima se me quiera escapar… a pesar de todo.

Lo cierto es que para cuando contaba con tan solo 12 años de edad, ya había perdido mi fe en la iglesia y en los curas, incluso, para ese momento ya me cuestionaba la existencia de Dios. No es que haya llegado al extremo de abrazar un nihilismo extremo, ni pretenda aburrir hablando de escepticismo moderado, sin embargo, me gustaría relatarles lo que me sucedió.

Recuerdo que cuando contaba con 8 o 9 años de edad, mis padres hicieron un gran esfuerzo económico para que pudiera acceder a una buena educación. No muy lejos de nuestra casa había un colegio de padres dominicos que tenía mucho renombre, allí comencé mi tercer grado de primaria. Por aquella época, a finales de la década de los cincuenta, el haber conseguido una plaza en una institución privada y de alta jerarquía como la de un colegio de curas ya era una cuestión de suerte, no solo eso, culminar en ella la primaria y el bachillerato era de por sí sinónimo de contar con una excelente preparación académica. A parte de recibir las primeras nociones de una doctrina católica —materia que no se impartía en ningún otro colegio, público ni privado— así como recibir clases de música y practicar deportes, significaba adquirir toda una disciplina y contar con métodos de enseñanza que llegaban de Europa. Sin saberlo, yo estaba hecho.

Cierto mediodía regresé a casa súper animado, contándoles a mis viejos lo que había visto ese día.

—¿Sabes que el colegio también tiene una iglesia «chiquitica» escondida adentro? Allí es donde rezan los padres para que no tengan pecados. ¡Y le dicen capilla!

¡Cuántas cosas nuevas no aprendí esa mañana, de cuántos «secretos» no me enteré!

Traje conmigo un tríptico que nos había entregado el cura en el colegio durante esa hora del catecismo. Se lo mostré a mi mamá asegurándole que en la mañana el padre nos había enseñado una copa de oro «grandota», como las de los trofeos de carreras de autos, de dónde sacó una hostia blanca «grandísima», y nos había dicho que cuando hiciéramos la primera comunión nos comeríamos el cuerpo de Cristo y teníamos que bebernos un vino hecho con su sangre. Me la quedé mirando con ojos interrogantes mientras trataba de digerir toda aquella suerte de monstruosidad. De pronto ella esbozó un divertido gesto de asombro y ambos acabamos sumidos en medio de un festín de carcajadas. Le pregunté después si era cierto que las hostias sabían a obleas, y que si se le podía poner Syrup —a la memoria se me transporta una vieja imagen, aquella del clásico Syrope de Aunt Jemima y que mi vieja solía ponerle a los hot pancakes que nos preparaba los domingos— Esa mañana un amiguito me había dicho en voz baja, cuando estuvimos en la capilla del colegio, que su mamá le untaba dulce de guayaba o miel de abejas a las suyas. Bueno, algo así creí haberle entendido.

—Su mamá se las compra a una señora en el mercado —le dije.

Bueno, supongo que mamá terminó convenciéndome de que lo mejor sería que comiera sus propios pancakes u hornearme un rico pie de cerezas, pues que yo pueda recordar, nunca compró en el mercado de esas obleas y tampoco llegué a comer alguna de aquellas extrañas hostias gigantes en casa.

Después de haberme explicado que tomar la primera comunión era algo así como alcanzar el «non plus ultra», eso atrajo enseguida toda mi atención. Yo no sabía el significado de aquella palabra «larguísima», que ni sonaba como el inglés que hablábamos en casa ni parecía español, aunque de algún modo intuía que era algo grandioso porque me lo decía mi mamá (a mí se me hacía fácil memorizar cualquier expresión rara, sobre todo si contenía palabras que yo no entendía) así que la sola idea de tener ocasión de comer varias de aquellas obleas en la iglesia casi me llenaba de arrobo. Yo le decía siempre a mi amigo de andadas que después de que hiciéramos la primera comunión, íbamos a alcanzar el non plus ultra, pero él siempre se me quedaba mirando como si yo tuviera cara de estúpido. Recuerdo que cierta mañana, emocionado porque ese día se acercaba, le dije lo mismo a su papá cuando nos vio llegar a su casa, creo que fue la única persona quien entendió el significado exacto de aquella expresión tan enredada, aparte de mi mamá, ya que tan pronto me escuchó decir eso me felicitó.

Por fin comenzaron los preparativos para que pudiéramos recibir la eucaristía, en ese mes teníamos que aprendernos de memoria las oraciones más importantes del catecismo, entre ellas, el «padre nuestro, el Dios te salve…» Para mí, todo aquello era excitante, estábamos tan entusiasmados que todos los días queríamos confesarnos en la capilla para ir limpiando los pecados con tiempo. Yo aprendí rápido todas las anteriores, pues las orábamos todas las mañanas antes de entrar a clases. No obstante, y no sé por qué, hubo una plegaria que se me hizo muy difícil de aprender, y fue «El Credo» La leía de día en el colegio y la repasaba de noche en casa, pensando en la sola idea de tomar aquella hostia que me permitiría alcanzar aquella cuestión del «non plus ultra», y como cosa extraña, por más que me la estudiaba, la bendita plegaria no me entraba en la cabeza. Supongo que la exaltación y todo aquello de los preparativos me bloqueaban.

El mes estaba a punto de culminar, hasta que al fin llegó la semana decisiva. Cierto día nos avisaron que los materiales habían llegado de España y que debíamos retirar una pequeña caja en el departamento de administración. (En ese momento yo concebía que todo aquello era algo así como un regalo que nos enviaba la iglesia) Algunos saltábamos de alegría. Entre las cosas que llegaron había un par de guantes blancos, una vela, un rosario y un misal con carátula de nácar, del mismo modo, una corbatica azul con el emblema del colegio, más un distintivo adicional bordado con hilos dorados, eso sí, ningún juguete como yo me lo había imaginado (todo lo vendía la institución y supongo que ya estaba incluido con el pago de la anualidad)

Si mal no recuerdo, un viernes, poco antes de que comenzara la tarde de practicar deportes, nos recordaron en la fila que debíamos cortarnos el cabello para estar presentables el día domingo cuando llegáramos a la iglesia.

Se suponía que partiríamos en grupo desde el colegio en el transporte de la institución, nuestros papás debían esperarnos en la iglesia para que nos vieran entrar en procesión. Mamá y yo esperábamos a mi papá, quien había salido muy temprano al mercado, pues tenía que dejarme en el colegio antes de las siete a.m. Como el colegio quedaba a unos 10 minutos de casa y mi viejo no había llegado aún, me fui caminando esa mañana del domingo.

Antes de partir hacia la iglesia, formamos varias filas para rezar el rosario en grupo una vez más, como solíamos hacerlo todos los días cada mañana antes de entrar a clases. Tan pronto terminamos de orar, uno de los padres tocó un silbato. Era la señal para que fuésemos subiendo a la unidad de transporte. Este fue fiscalizando a cada uno de nosotros, comprobando que no nos faltara nada.

Mis guantes blancos como la leche, impecables, una hermosa vela con tonos dorados como el oro, mi corbatica azul con el logo del colegio, un rosario perlado y el misal con una preciosa cruz áurea, relucían inmaculados, qué más podía pedir. La verdad es que tenía motivos para sentirme bienaventurado en ese momento.

Todo iba saliendo según lo planeado hasta que llegó mi turno de subir al autobús. Muy confiado di un paso hacia adelante, cuando de forma inesperada el padre me detuvo colocando la mano sobre mi hombro.

—¿Dónde está su blazer?  —dijo con voz fría, tan alta que los chicos en el bus escucharon.

Mi respiración se detuvo de repente. ¿Qué rayos era eso de «Blazer», acaso una chaqueta? Hice un silencio prolongado ante la severa mirada del padre, pues no sabía qué decir. Los chicos que ya habían subido a la unidad de transporte me observaban con circunspección desde las ventanillas. Supongo que yo no había reparado en un detalle particular como ese o tal vez lo que veía, si es que lo hice, era una chaqueta cualquiera, pero entonces me di vuelta hacia atrás y fue cuando advertí que el resto de mis compañeros llevaban el mismo trajecito de color azul oscuro, también con el emblema del colegio a la altura del corazón. Nadie antes me había preguntado si yo había traído una chaqueta o no.

¿Qué había ocurrido entonces?

«¿¿¿Mi blazer??? —muy probablemente me pregunté desconcertado—. A mí nadie me dijo nada… ¿Qué sucedió pues, por qué mi papá no me había comprado una blazer como la que llevaban puestas los demás chicos de mi escuela?».

Supongo que eso no venía incluido en el paquete que llegó de España, o al menos a mi no me vino nada parecido. Como perrito regañado alcé la vista hacia las ventanas del autobús y noté que mis amiguitos tenían puesto una blazer de manga larga, sería por eso que todos se veían tan impecables, quizá más que yo. Sin tener idea de qué responderle al padre, ni cómo justificarme, sencillamente me encogí de hombros sin atreverme a abrir la boca. Segundos más tarde escuché algo que no terminaba de cobrar sentido para mí, quedé paralizado frente a la puerta del autobús, fue como si hubiera escuchado aquel viejo tema de TV de lo años 60, del opening de la serie «Dimensión Desconocida» narrada por Rod Serling.

—¡Mahoney, usted no puede hacer la comunión sin el uniforme completo! ¿Cómo se le ocurre venir vestido de esa forma? ¡A ver, apuraos todos los demás, que se hace tarde! —exclamó el padre a los que venían detrás de mí en la fila, haciéndome a un lado para que subieran a la unidad. Creo que estuve a punto de balbucear algo en ese momento, pero las palabras se negaban a salir de mi boca. ¿Cómo era posible aquello si había sido bautizado en la fe cristiana, me había confesado varias veces en la capilla del colegio, y había traído conmigo el resto de mi “kit sacramental”? Incluso, estuve a punto casi de aprenderme de memoria la plegaria del credo.

Tras haberse subido el último alumno de la fila, el padre hizo lo mismo con una carpeta en la mano y comenzó a pasar lista. Yo, sin embargo, permanecí afuera, inmóvil igual que una cariátide y aguardando ante la puerta del bus por una posible señal, por lo que tal vez habiendo advertido mi cara de incertidumbre o quizá la de estar perdido, no sé cuál, el padre me abordó con frialdad una vez más:

—¡No puede presentarse a la casa de Dios y tomar la primera comunión sin llevar puesto una blazer!, ¿acaso no lo entiende?

Sin más explicación, el padre hizo un leve guiño al conductor y la portezuela del transporte escolar se cerró repentinamente en mi cara. ¡Qué coñazo! Pues tragué profundo. Yo no sabía si correr tras el bus o colgarme de la puerta para que el señor conductor la abriera de nuevo, menos aún, interpretar lo que estaba sucediendo. ¡¿Qué es esto?! Sin embargo, tan solo contemplé al transporte doblando la esquina del colegio hasta que comenzó a alejarse de la institución. Una suerte de pánico que no sabría explicar invadió todo mi ser, yo quería creer que todo aquello era mentira. ¿No se suponía que yo era uno más del grupo de comulgantes, que yo estudiaba en el mismo colegio que mis compañeritos?

En ese momento sentí que mi mundo se había desmoronado. ¿Qué podía significar aquello, por qué no podía hacer la primera comunión con los demás? ¿Cómo iba a explicarle a mi mamá y a mi papá que los padres no me dejaron subir al autobús de mi escuela, que no me dejaron ir a la iglesia y recibir la hostia de manos del sacerdote, como todos los demás compañeros míos, simplemente porque no traía puesta una estúpida chaqueta? ¿Qué había hecho yo de malo para merecer aquel castigo? ¿Qué podía importarle a Dios, si tenía o no una blazer? Los curas siempre nos decían en clases que Dios era bondadoso y comprensivo.

Yo solo sé que todos partieron hacia la iglesia sin que nadie supiera explicarme cuál era el motivo de que no podía realizar mi primera comunión. Aún conservo fijo en mi memoria que esa mañana el instituto quedó solo con los encargados de la vigilancia y estaban a punto de cerrar el portón.

Tampoco olvido que esa mañana arrancó un terrible aguacero y yo no estaba dispuesto a quedarme un solo segundo en el colegio, esperando a que mi papá viniera a buscarme. No puedo decir que estaba furioso, apenas cursaba el tercer grado de primaria y supongo que para ese momento no tenía la suficiente madurez como para comprender aquella extraña situación, desconcertado sí.

Tal vez fue la frustración de saber mis ilusiones perdidas, no estoy seguro del todo, yo solo sé que quería marcharme a casa, pese a la lluvia, y por supuesto, cómo negarlo, llorando de la impotencia y sin importarme llegar, con mis guantecitos blancos, mi pequeño misal anacarado, en fin, como mencioné más arriba, con mi «kit sacramental», pese a estar incompleto, todo empapado.

Llegué a casa desmoralizado por completo, aterrado quizá y empapado hasta mis «yemitas», preguntándome qué iba a pasar ahora. Todo estaba cerrado, solo «Tigre» (mi perro) me recibió feliz. En ese momento llegaron mis padres muy preocupados, se habían venido de la iglesia al enterarse de que yo no estaba en la fila con mis demás compañeritos. Así mismo, mojado como estaba, papá me subió a su vieja camioneta y fuimos directo a la iglesia de la ciudad, donde tuvo un terrible altercado con el director de mi colegio. No estoy seguro de lo que ocurrió, pero como yo lo entendía, los curas se habían salido con la suya.

Nunca me enteré del motivo por el que mi papá no me había comprado una blazer como la que tenían mis demás compañeritos, pero imagino que sería porque estaba corto de dinero. Supongo que jamás pensó que por un detalle poco trascendente como ese, los curas iban a prohibir que un niño pudiera tomar su primera comunión.

El caso fue que a la semana siguiente comencé a estudiar en un colegio público. Si bien no dictaban catecismo ni enseñaban música, tampoco practicábamos deportes como una asignatura obligada (excepto las caimaneras que nosotros mismos organizábamos en los recreos de quince minutos) A diferencia de mi antiguo colegio, casi todos los maestros eran mujeres, además, no nos pegaban con un listón largo de madera, ni nos tiraban de los cabellos y mucho menos nos soltaban aquellos terribles tortazos que tanto nos daban en la nuca.

Después de lo que me sucedió aquella mañana del domingo, nunca me sentí inclinado a querer tomar la primera comunión. Tuve ocasión de celebrar la eucaristía uno o dos años más tarde, si hubiera querido, pero me negué de manera rotunda a recibir el sacramento, ya no tenía ningún sentido para mí. No es que lo ocurrido me haya causado algún trauma de tipo psicológico, pero confieso que marcó mi vida para siempre. Cada vez que transito por alguna calle y paso frente a una iglesia o catedral, no puedo evitar recordar lo que me ocurrió aquel domingo.

En ocasiones siento nostalgia por aquellos tiempos perdidos, y pienso que si hubiera tomado mi primera comunión cuando era niño, mi línea temporal habría transcurrido de forma diferente para mí, pero como insinué algo más arriba, desde hace mucho tiempo perdí la fe en la iglesia, y dejé de creer en dogmas y Dioses.

«ASÍ SABE MEJOR» (Anécdota, complemento de «La espada de Damocles», parte 2)

… seguro, pero con sal es mucho más rico, prueba esto para que veas. ¡Ah!, y si le pones bastante mantequilla mejora el sabor… Coño, pero estás «taponeando» tus arterias con grasas y colesterol. ¿Tú no entiendes lo que es la arteriosclerosis…? Correcto, tienes toda la razón, no digo lo contrario, pero resulta que así es más sabroso….

Ni modo. Pese a las observaciones y algunos consejos, aunque una y otra vez lo tratas de explicar, aun cuando relates tu propia experiencia como ejemplo, si fuese el caso, o por muy fehaciente que sea un testimonio, harto conocido ya, pareciera que el temor a un probable infarto, con conocimiento de causa, quedara ridículamente relegado a un segundo plano… Cuántas veces no escuchamos la misma justificación de arriba o algo parecido tan solo como motivo de excusa. —la que ya suena como un leitmotiv

Claro está, los pretextos infalibles o que se sustenten por sí solos no entran en el juego. Mejor me explico a través de una anécdota.

Tres años después de que me practicaran un cateterismo de urgencia, el padre de un amigo de mi hijo vivió la misma experiencia que atravesé yo. —vale resaltar que en dos ocasiones este señor hubo de ser internado de emergencia en una clínica debido a problemas de hipertensión—

“Cuando el río suena es porque piedras trae”, reza un refrán popular. Lo que pretendo decir es que el cuerpo “pistonea” cuando algo no le funciona bien. El caso es que sus síntomas fueron muy similares a los míos.

La versión corta de la historia es así: Luego de que le colocaran un stent y la clínica le diera de alta, un mes más tarde y con motivo de celebrar el estreno de su casa recien construida, nos invitó para disfrutar en familia de un almuerzo, que a mi modo de ver, aquello fue lo más cercano a un banquete de bodas de esos donde «botan la casa por la ventana».

Apenas llegamos, mi sorpresa fue apreciar a través de un panorámico ventanal al feliz anfitrión sentado en una mesa donde había una botella de whisky. Me figuré que solo estaba sentado en la mesa de otros invitados, pero no fue así. Advertí que libaba de lo más emocionado, sonriendo con los cachetes sonrojados, y ví cómo se servía lo que en criollo llaman un “palo e’ músico”. Mi mujer se detuvo a saludar a la esposa del anfitrión, yo hice lo mismo pero luego seguí de largo para saludarlo y felicitarlo por su nuevo hogar. Me senté a su lado y por supuesto, atrajo un vaso para mí, el cual rechacé con educación. Fue agradable ver que tenía un plato de tamaño mediano repleto de pequeños trozos de tomate cortados delicadamente en cuartos, los que simulaban una montañita toda salpicada con hojitas de perejil. A los pocos minutos alguien trajo otro plato, de menor tamaño, con una linda pirámide de sal, lo que me trajo recuerdos de las pilas de sal que alguna vez visité en Las Salinas de Araya. Confieso que por un momento creí que se trataba de rayadura de coco o queso.

Me hizo un ligero guiño para que me sirviera, pero solo comí dos o tres trozos de tomate mientras tertuliábamos acerca de su tema favorito «Los Negocios». De pronto tomó un trozo grande con los dedos, y anticipando lo que ya de manera inminente él pensaba hacer, no pude más que abrir los ojos de estupefación, debieron asemejarse en tamaño a los de un “mono Tarsero”. Creí sin embargo que solo se trataba de una broma suya, pero nada que ver. Advertí que la tajada de tomate la «empatucó» por ambos lados con abundante sal. En ese momento escaneé disimuladamente con la vista los alrededores de aquel colosal salón donde estabamos sentados y el resto de los invitados, como buscando la censura de alguien de su familia. Nada de eso ocurrió, cada cual estaba ocupado en lo suyo, picando aquí y allá, degustando los diferentes platos que llegaban, como si se tratara de uno de aquellos extravagantes festines romanos. Preocupado, en cierto modo, al comparar su condición coronaria con la mía, no pude contener las ganas y le hice la observación:

         —¡Usted se acaba de realizar un cateterismo! —dije como esperando a que recapacitara—. Además, su esposa nos dijo en la clínica que es hipertenso.

         Aquello fue como perder el tiempo, pues el feliz señor de la casa se me quedó mirando como si yo tuviera cara de imbécil, o bolsas, qué se yo. Luego de terminarse el enésimo trago de whisky, finalmente soltó una excusa de lo más mentecata:

         —Es verdad, tienes toda razón, pero, ¿dónde has visto tú que el tomate se come sin sal…? —justificó como si eso fuera una suerte de axioma incuestionable—. El sabor es muy desagradable… —respaldó estúpidamente y por insólito que suene.

         El hombre no parecía comprender la magnitud de su problema, por lo que insistí con lo mismo, al tiempo que lo vi coger un nuevo trozo de tomate y hundirlo sin misericordia dentro de la pirámide de sal.

         No quise darme por vencido, después de todo, se trataba de alguien a quien le guardamos un gran aprecio.

         —Pero es que usted es hipertenso, no debe correr el riego de que se le dispare la tensión —le descargué de nuevo—. Su médico debió advertirle que eliminara la sal de su dieta.

         Esta vez me ignoró por completo, imagino que le supo a bosta lo que le dije. En ese momento alguien trajo una fuente pequeña con un cerro de papas fritas y la dejó sobre la mesa. Noté que la servilleta que yacía debajo de aquellos esbeltos finger fries estaba «enchumbada» por completo de aceite y, por si fuera poco, tomó dos gruesas porciones de mantequilla, las colocó arriba de ellas y dejó que se fueran derritiendo… Mi esposa me observaba como un Can Cerbero recién llegado del Hades y me hacía guiños con los ojos, como diciendo: “ni se te ocurra”. Me excusé un momento alegando en la mesa que ella me llamaba y fui hasta la cocina. Desde allí observé cuando volvió a sepultar otro tomate dentro del cerro de sal. Alarmado esta vez, se lo comenté a mi mujer y luego le hicimos la observación a su esposa, esta nos repondió llanamente que sin sal su esposo no se comía el tomate, y mucho menos un aguacate. Para qué insistir en lo mismo, me dije.

En ese momento, del horno extrajeron una bandeja con rollitos dulces de canela, parecidos a los Cinnamon Rolls que solía preparame mi mamá años atrás, cuando ignoraba el peligro de las grasas y la harinas. La cantidad de azúcar que le habían agregado era tal, que los rollitos parecían nadar en un piscina de miel. Sin haber probado ninguno, yo estaba tan empalagado que sentí repulsión. Por si fuera poco, la señora de la casa también empatucó los rollos con abundante mantequilla antes de que se fueran a enfriar. Incluso, hubo quien agregó una o dos rebanadas gruesas de queso amarillo sobre aquellos Rolls de canela recién salidos del horno, buscando tal vez un contraste entre lo salado y dulce.

Debo reconocer que tanto el sabor como el olor de la mantequilla derretida sobre pan caliente, sea dulce o salado, es algo tan penetrante, tan divinamente embriagador, que exagerando un poco, «recuerda el efecto causado por la Flauta Mágica a los ratones del poblado de Hamelin«. No obstante, aquello no dejaba de ser una súper bomba de colesterol.

Por último se me ocurrió preguntarle el motivo del exceso de sal y mayonesa que su esposo le ponía a casi todo lo que comía, y para qué le agregaba tanta azúcar y mantequilla a los rollitos, argumentándole que tal vez y en gran medida, lo ocurrido a su marido tendría que ver con el tipo de alimentación que ha llevado durante años, igual como me había sucedido a mí. Su respuesta sencillamente fue:

—“Porque así es más sabroso”.

Sentí algo así como una coz en el trasero… Bueno, lección aprendida.

Desde ese día preferí no estar de «metido» aconsejando y opinando alegremente (a no ser que lo pidan, claro está), y entendí también, al menos eso creo, que a través de la experiencia ajena, difícilmente alguien aprende.

LA ESPADA DE DAMOCLES (Anécdota, parte 1)

Poco tiempo después de jubilarme de la industria petrolera, recuerdo que caminaba temprano una mañana con mi esposa. Luego de media hora de haber salido quizá, sentí una ligera opresión justo detrás del esternón, sensación a la que de paso, por ser la primera vez, no le di mayor importancia pensando que solo se trataba de una pesadez pasajera en vista de que quizá me había levantado algo más temprano ese día. Decidí de todos modos salir en carrera, correr algo equivalente a una cuadra como para sacudirme el sopor y ver si me espabilaba del todo. No habiendo vuelto a experimentar manifestación alguna, me dije que no era nada. Quince o veinte minutos más tarde sentí una suerte de corriente que fluía a través del brazo izquierdo comenzando desde la muñeca, la que se manifestó acompañada de una débil punzada en la mandíbula, también en el lado izquierdo. En ese momento me detuve en seco. Con cierta vacilación le anticipé a mi mujer lo que había percibido, que si bien fue de manera muy leve, se trataba de al menos tres de los seis o siete síntomas inconfundibles, y que en varias ocasiones había leído, que alertaban la proximidad de un posible infarto.

Supongo que un revoltijo de confusión, temor e incertidumbre me paralizaron por algunos segundos, pero mi esposa reaccionó sin pensar y me pidió que fuésemos enseguida a la clínica más cercana. Así lo hicimos.

Ignorante del todo acerca del riesgo que conllevaba manejar bajo estas circunstancias, cuando se sospecha la posibilidad de un ataque al corazón, fuimos en nuestro propio auto.

Una vez en la clínica y habiendo explicado todos los detalles a la doctora de guardia, lo primero que hizo fue auscultarme, luego procedió con una evaluación a través de electrocardiograma. Resultado: esta indicó que en apariencia no tenía nada y que a «ojo» me veía bien, por lo que nos aseguró que podíamos marcharnos a casa.

¡Ajá!, dije sin pensar, en señal de conformidad. Lo volvía a pensar por otro segundo, como si algo me hubiese alertado … !¿A ojo…?!

¿Qué mierda de valoración era aquella?, me dije.

Por un instante se me ocurrió pensar que la médico estaría algo trasnochada, no lo sé, o tal vez de mal humor (puedo entender las terribles presiones a que están sometidos los facultativos cuando cumplen sus guardias, debido a las exigencias de su profesión y los corre-corres durante las madrugadas). La verdad es que no sentí confianza con la respuesta de la doctora y mucho menos terminó de convencer a mi mujer, quien pidió de inmediato que me viera cualquier cardiólogo. Esta nos dijo algo como que en ese momento no se encontraba o había tenido que salir urgente. Ante la duda pedimos si podía llamar para que viniera un cardiólogo de algún hospital o consultorio cercano, esta indicó que eso acarrearía un costo adicional. (ignoro si interpreté mal lo que quiso decir, pero en todo caso es costo lo era para mí) Quizá no le fue de agrado nuestra exigencia, pero lo cierto es que en ningún momento advertimos una actitud proactiva por parte de la galeno. Finalmente y de mala gana terminó haciendo un contacto vía telefónica con otra doctora, por fortuna se trataba de una cardiólogo. Mi mujer habló con ella en esta ocasión y quince minutos más tarde se presentó ante nosotros. Al revisar el electrocardiograma que me habían realizado y auscultarme de nuevo, pidió un examen de enzimas cardíacas. En apariencia todo se veía bien, pero no parecía estar del todo conforme con el electrocardiograma. Nos pidió que fuésemos al lugar donde ella trabaja para repetir los mismos exámenes, junto con dos más adicionales.

Viendo que nos marcharnos nos preguntó si contábamos con una ambulancia, pues consideró que yo no debía ir manejando.

La ambulancia que pedimos jamás llegó. No nos quedó otro camino que ir manejando hasta la clínica donde ella trabaja bajo mi propio riesgo.

La joven cardiólogo nos aguardaba en su consultorio con todo preparado. Mientras ella tomaba algunas notas, volví a exponerle los síntomas tal como se me habían manifestado y quizá le apunté algun otro detalle que se me hubiera escapado. Luego de explicarle todo lo que había sentido, de manera expedita me practicó tres exámenes:

1) La señal del nuevo electrocardiograma reveló que el corazón palpitaba de manera normal, similar a lo indicado por el registro que se me hizo donde fuimos por primera vez —al menos los chupones no se despegaron como en la clínica anterior, y tal vez fue esa la razón de que notara algo anormal en ese primer registro—.

2) El examen de enzimas cardíacas arrojó que no había daños en el miocardio.

3) La evaluación ecocardiográfica mostró un músculo latiendo de forma normal, sugiriendo que el tamaño de las válvulas cardíacas y/o ventrículos eran los correctos y que funcionaban sin problemas, así como otras estructuras del corazón.

Vimos a la doctora sonreir y se nos “quitó un peso de encima”. Mientras me colocaba la camisa, esta fue a hablar con alguien en el consultorio al lado del suyo. Sintiéndonos más tranquilos, nos disponíamos bajar a recepción para pagar la factura, pero en ese momento la doctora nos alcanzó para proponerme realizar una última prueba: un examen de esfuerzo.

«Solo “por no dejar” —dijo—. Así descartamos y vamos sobreseguros».

«Por qué no» —asentí, creyéndolo también oportuno. Miré entonces a mi mujer y me encogí de hombros.

Piece of cake, fue lo que pencé en mis adentros. ¿Cómo no iba a salir bien en esa última prueba?, si caminaba casi todas las mañanas y en ocasiones aprovechaba de pegar algún trotecito. Pues nada que ver, el resultado fue que salí “ponchao”, sin posibilidad alguna de llegar a home. Debía completar, con incrementos progresivos de velocidad y pendiente, al menos 15 minutos sin parar en la trotadora… ¡Fuck!, pues no aguanté ni siquiera 9 tristes minutos. Comencé a ponerme pálido, mis piernas no daban para más y sentí que estaba a punto de perder el conocimiento. La cardiólogo se dio cuenta de lo que ocurría, apagó en ese instante la trotadora y luego escuché que llamaba con fuerza a uno de sus colegas:

«¡Doctor, doctor!»

Recuerdo también haber observado a mi esposa de pie, al lado de la trotadora, paralizada del miedo, que sin entender del todo lo que estaba sucediendo, comenzó a estremecerse por el pánico. En cosa de segundos llegó otro médico, de más experiencia supongo y, que en el momento de ver que me desplomaba, corrió evitando que me cayera hacia atrás. Este  me recostó sobre la cinta transportadora al tiempo que exclamaba:

«¡Infarto en progreso, infarto en progreso!»

Busqué de nuevo a mi mujer, esta vez miré hacia la puerta del consultorio, noté que allí estaba parada, justo debajo del marco, en nigún momento había querido sentarse, permanecía aterrorizada y con los brazos recogidos, inmóvil como una cariátide, nunca he podido olvidar la expresión de su rostro, tampoco quisiera tener que describirla. Recuerdo haberle hecho señas como diciéndole que se tranquilizara, que no se preocupara por mí, y asegurándole que todo saldría bien. El doctor me colocó enseguida una píldora bajo la lengua —he escuchado en ocasiones que algunos le dicen “perlita”— cinco minutos más tarde me encontraba sentado en una silla de ruedas, extrañamente sin dolor, como si nada hubiera sucedido.

El galeno me aseguró que tenía una obstrucción coronaria y que debía realizarme un cataterismo de inmediato para detectar dónde estaba la obstrucción. Me dijo que tal vez ameritaría una angioplastia para restituir el flujo sanguíneo a través de la arteria. Él se ofreció hacerlo, pero mi mujer ya había hecho contacto con un cardiólogo hemodinamista conocido.

Pagamos el servicio y nos fuimos a un centro de especialidades cardiológicas. En esta ocasión una amiga de mi mujer fue quien nos llevó.

El cardiólogo nos esperaba en el pasillo, tan pronto atravesamos la puerta de emergencia. Allí mismo de pie evaluó el registro de la prueba de esfuerzo:

«¡Vamos, pa’ dentro de una vez!», dijo.

              Cuarenta minutos más tarde abandonaba yo el quirófano. Despierto aún en la camilla, este me dijo:

«Tuviste suerte, la arteria se dejó destapar completamente».

«¿Y el infarto, doctor?», le pregunté.

«¿Cuál infarto?», observó extrañado.

«El otro doctor dijo que me venía un infarto en progreso».

En ese momento el cardiólogo sonrió diciéndome que fui afortunado, que el infarto había cogido miedo y que se había regresado por donde venía. Lo cierto fue que no hubo tiempo de que me diera un ataque al corazón, sin embargo, terminé con un stent y tomando medicamentos coronarios. El médico me explicó que presentaba la arteria aorta obstruída casi en un 100%.

Días más tarde, cuando estuve en casa, mi mujer me relató la conversación que sostuvo con una amiga mientras el cardiólogo me realizaba el cateterismo en quirófano.

«María, esto es muy delicado, tienes que tener presente que tu esposo se puede morir en cualquier momento», le recordó su amiga.

Le había descrito gráficamente, con lujo y detalles, acerca del grave riesgo que corría porque podían perforarme la arteria durante el cateterismo, como para que estuviera consciente de lo que podía acontecer. Hasta le había explicado que en esos casos el sangrado era horrible, pues según, algo así le había sucedido a un conocido de su esposo a quien le habían perforado la aorta y se quedó en la mesa. ¡Carajo, animal de mierda!, qué manera tan inteligente de consolar a una persona, como si no fuera suficiente ya la angustia de mi esposa en ese momento.

Ese día cambió mi vida para siempre, desde entonces sostengo que fue mi mujer quien me salvó, de no ser por ella quizá habría regresado a casa conformándome con el primer diagnóstico que me dieron en la clínica, pero ignorando que cualquier noche podría llevarme una sorpresa desagradable, o que me hubiese dado un infarto al miocardio sino fulminante.

Luego de abrir los ojos, de leer cuánto artículo científico encontraba acerca de la ingesta de ciertos tipos de comidas y sus riesgos, en tanto digería el problema por el que había atravesado hasta tomar consciencia de lo amenazador para el organismo de ciertos productos elaborados y dietas agregantes de placas de colesterol, lípidos, así como otras células inflamatorias en las arterias por muy apetitosas que estas puedan lucir sobre una mesa, no me quedó otro camino que aceptar la realidad…

Después de lo que me sucedió, pienso que la obstrucción en mi arteria se debió en gran medida a la vida gastronómica que venía teniendo desde pequeño. Hablaré claro, sencillamente entendí que comía demasiada basura.

Para mí se acabaron las deliciosas empanadas y pastelitos callejeros —sí, deliciosos, cómo negarlo— pero gracientas y fritas por lo general en manteca o aceite recalentado. ¡Dios mío!, ya no más los Filet Mignon, aquellas bestias de carne envueltas con dos o tres tiras gruesas de tocino, que rara vez preparaba mi mamá, pero con frecuencia iba a degustarlas en el Restaurant Manolo por las tardes en los años sesenta. Las famosas arepas con queso amarillo y carne salada frita de La Güireñita —sin competencia, pero colmadas hasta los tequeteques de mantequilla— ¡Coño!, los suculentos frostys de chocolate que no pelaba y solía comprar en Wendy’s, o las bombas rellenas de crema pastelera —las inigualables de la Pastelería Monagas—… Los melosos Cinnamon Rolls y Donuts que preparaba mi vieja, así como sus Pies de cereza y limón, ni hablar de sus hamburguesas con papas fritas. Se me olvidaba mencionar de paso los pastichos de La Trattoría, con aquella deliciosa y potencial carga de grasa parmesana “tranca arterias”. ¡Ah, las gracientas pastas con queso parmesano y cargadas de mariscos, ¡colesterol puro!, los quesos de bola holandés, el mazapan español, los chorizos italianos y demás embutidos decembrinos… ¡Uff!.

Lamento que mis viejos no hayan sabido orientarme, quiero decir, advertirme acerca de los riesgos potenciales que a la larga conlleva el consumo sostenido de ciertos alimentos. Me habría gustado que me advirtieran de consumir toda aquella basura comestible, que tuviera siempre presente que sobre mi cabeza, pendiendo de un cabello, estaba colgada La Espada de Damocles, cuya fina hebra podía romperse en el momento menos esperado. Y aquí un mensaje de reflexión: Antes de probar la ruleta rusa, preferible es jugar Ludo… A pocas palabras buen entendedor…

EL MARTILLO DE ADONAI (Anécdota)

Como referí en la entrada anterior, este relato, «El Martillo de Adonai», viene a ser una suerte de complemento de «Retazos de una Estación». Así que para contar la historia regresaré un poco hasta los inicios de aquel segundo semestre, en que retorné a la universidad, y narrar lo que ocurrió por aquellos días y que “nadie captó entre líneas”…, mejor dicho, lo que no «revelé»

Apenas comenzaron las actividades del nuevo semestre que en cierto modo volvía a ser el primero para mis compañeros y yo claro está, poco antes de que me planteara la idea de marcharme de forma definitiva, me topé de nuevo con un personaje que al principio y en ocasiones, me saludaba en clases con un tímido menear de cabeza. A este compañero lo apodaré Frank para no aludir a su verdadero nombre. A veces, Frank solía hacerme preguntas durante la asignatura de inglés, cosas como si sabía el significado de una que otra palabra. Casi siempre lo veía pasearse, sin compañía, por el claustro universitario, aguardando el comienzo de la siguiente hora de clases. Muy rara vez, por no decir nunca, lo veía platicando con las compañeras de clases o frecuentando algún grupo de amigos, mi compañero y yo habíamos advertido que prefería quedarse solo a esperar a que comenzara la siguiente hora de clases. «Ahí viene bicho raro…», escuchábamos en algunas ocasiones que alguien murmuraba, y luego miradas de complcidad. Al parecer tenía problemas para socializar, bueno, eso era lo que suponíamos. Mi compañero o yo nunca mostramos interés o curiosidad de saber el motivo por el que no buscaba integrarse con los demás chicos, pues de solo apreciar aquella peculiar conducta de aislarse del grupo, uno se reprimía de preguntar.

A medida que fueron transcurriendo los días, Frank buscaba comunicarse más y preguntar cuestiones relacionadas con alguna asignatura tal vez porque notaba que ni mi compañero o yo seguíamos el jueguito de las burlas a los demás chicos la confianza fue creciendo hasta que un día me confesó que era cristiano evangélico. En ese momento me figuré que esa podría ser la razón de su aparente misantropía. Como era de suponerse, en cuestión de días el resto de los compañeros de clase advirtieron aquel extraño aislamiento, digamos que, consciente y elegido, puesto que nada le impedía compartir con los demás. Aquella suerte de «arisquez», por decirlo de algún modo, incitaba a los chicos a especular todo tipo de adjetivos acerca de su persona, y en ocasiones a murmurar apelativos ofensivos… sé que ninguno de aquellos estereotipos le iban, pues ni era un bicho raro ni nada que se le pareciera. A mi modo de ver, Frank sencillamente estaba siendo moldeado gracias al adoctrinamiento que recibía dentro de la religión que venía practicando desde pequeño. Creo haberle escuchado decir que sus padres eran cristianos evangélicos, por lo que sería razonable suponer que también habría sido bautizado en esa confesión. Estimo que ese era el único motivo de su retraimiento, al menos aparente, lo que le hacía sentirse —como a veces suele uno decir— «como cucaracha en baile de gallinas».

Así como fuimos jóvenes alguna vez, adolescencia que seguro saboreamos un montón, también nos tocó ser la víctima escogida y, en más de una ocasión, de juegos pesados, cuando no de alguno que otro perverso. Refiero lo anterior porque cuando no se encaja en un grupo o eres distinto al montón, si bien ser diferente hasta podría ser una ventaja, con suerte puedes terminar siendo tan solo el centro de las miradas o de risas de los demás, en el peor de los casos, de burlas hirientes, salvo que tras una fachada de aparente tímidez se esconda la de un tough guy capaz de reaccionar o imponerte cuando alguien te intimida.

Ocurría que Frank tenía una personalidad un poco saturnina, de paso, era el típico convidado de piedra: mudo, quieto y grave, su poco interés de participar en la clase y su propensión a evitar los grupos todo el tiempo,  hacía suponer que el recinto universitario y su ambiente no parecían ser el tipo de territorio al que estaba acostumbrado. Todavía recuerdo, aunque de forma vaga, que no paraba de tomar apuntes en un cuadernillo de aspecto infantil forrado en papel color caqui (muy parecido al que acostumbrábamos a utilizar durante la escuela primaria) detalle que en ocasiones era motivo de mofas y risas.

Pese a que en más de una oportunidad compartimos momentos de estudio, nunca dio un asomo acerca de la religión que practicaba, al menos de forma explícita, hasta que un día me mostró una biblia con cubierta de color negro y me preguntó si yo tenía una. Le confesé con honestidad que no creía en los curas ni en la iglesia, que para mí, los milagros y todo aquello de la divinidad de Jesús no eran más que un mito inventado.

«¿Un mito… entonces tú no crees en Jesús?», me preguntó casi con asombro.

Le repetí que no ponía en duda de que hubiese existido como hombre, incluso como carpintero que haya podido ser, pero en su caracter divino de ninguna manera, y que haya realizado milagros, mucho menos. En cierta ocasión cuando repasábamos los pronombres personales para un examen de inglés, me dijo que esperaba la visita de unos hermanos. No sé a qué venía ese comentario que salió de la nada, pero de todos modos le pregunté que cuántos tenía y me explicó que se trataba de los hermanos de su iglesia, que así se llamaban entre ellos. No había nada de relevante en eso, así que no tenía por qué opinar al respecto. Creo que fue en esa ocasión cuando me dijo que era Cristiano evangélico y no católico, no obstante, me dio la impresión de que Frank quería darme un mensaje. De seguidas mencionó algo sobre la tribulación, y creo que en ese momento debió advertir en mi cara algo así como ¿Qué coño será eso?, pues ante mi evidente ignorancia me aclaró que era algo así como que los creyentes iban a ser arrebatados y llevados ante Cristo. Me parecía confuso, para no decir delirante, lo que me estaba diciendo. Luego se desbordó con detalles que no recuerdo bien pero me habló de que el fin de los tiempos se acercaba y que muchos ya no serían curados por la sangre del cordero. Aquello del cordero ya lo había escuchado muchas veces, pero sobre lo otro seguía sin entender un carajo. Debí figurarme que el hermano Frank estaba comenzando a tener desatinos. ¡Mierda!, les juro que sufrí algo así como el llamado “el efecto zaqueo”, necesitaba con urgencia un intérprete para semejante jerga. De habérmelo dicho hoy en día, hubiera podido seguir el hilo de su conversación. En algún otro momento me preguntó si yo tenía un credo en particular y le repetí que ni asistía a la iglesia y mucho menos acostumbraba a rezar. Y aquí vino su observación: Orar, me aclaró, «¡Orar!», como si esa fuera su especialidad y me estuviera iluminando.

Esta singular «oveja» encontraba siempre una corrección que hacer a cuanta pregunta le formulaba, por lo menos en cuanto al aspecto religioso se refiere. Por mera curiosidad, un día quise saber si su grupo religioso solía rezar o confesarse como hacen los fieles que asisten a la iglesia católica. No pasó un segundo sin que saltara con otra corrección:

«Los católicos rezan de la boca para afuera, nosotros, Los Cristianos, oramos en silencio, con el corazón, pero no confesamos nuestros pecados a un hombre sino a Dios».

Me pareció razonable eso último que dijo, sin embargo, no me había quedado clara la comparación, pues su explicación no parecía establecer un juicio cabal de cuál palabra era la correcta, o al menos la más apropiada. Para mí, orar y rezar se me antojaban la misma vaina. En todo caso, y por la forma como lo dijo, me pareció captar algo mordaz en sus palabras, si bien de manera leve. Recuerdo bien que al relatarle una breve historia de lo que me había sucedido años atrás en un colegio católico cuando quise hacer mi primera comunión, tuve la fuerte impresión de que no me había prestado atención, que no le había interesado para nada lo que le había contado, solo me interrumpió de repente y soltó la lengua para decirme:

«Nosotros, Los Cristianos, no creemos en falsos predicadores como esos que llaman «Los Ancianos de los Testigos de Jehova», nuestros pastores son ungidos de Dios».

Y dale con la misma basura. ¿A qué venía ese comentario fuera de lugar? El mismo ataque doctrinal y fanático de siempre, ciego, inflexible e intransigente.

Después de haber escuchado los escarnios disparados contra los curas y otras creencias, creo que cualquiera en mi lugar hubiera percibido el guiño de hostilidad hacia las demás confesiones religiosas y a todo lo que ellas representan. Hoy, al escribir estas líneas, casi 45 años después, me pregunto si aquella suerte de aversión y desprecio a las diferentes catequesis también forma parte del adoctrinamiento que estos «Cristianos» reciben. Y me digo «¿Cachicamo llamando “conchúo” a Morrocoy?»

He podido darme cuenta, en ocasiones dialogando y otras veces tan solo escuchando, cómo los Cristianos Evangélicos «tanto las ovejas del rebaño como sus pastores», «Los Ungidos de Dios»», tal como les llaman sus fieles; así como los Testigos de Jehová «Los Milenaristas Antitrinitarios (Restauradores del Cristianismo Primitivo», quienes no veneran la Cruz sino un palo vertical al que llaman “Madero de los Tormentos”, sin dejar atrás a los Católicos, claro está, se desprestigian unos a otros tildándose con diferentes calificativos, todo lo cual de una manera u otra pareciera reforzar la creencia de que jamás será posible una conciliación entre las diferntes religiones.

Y como hubiese aludido un viejo conocido: «la diversidad de confesiones es libre», no tardó en aparecer en escena un nuevo hermano, esta vez se trataba de un auténtico Testigo de Jehová, menos místico y más alegre que Frank: lo aludiré como Jesús “aunque no precisamente el hijo del hombre”

A diferencia de Frank, por extraño que parezca, a Jesús nada le impedía compartir con sus compañeros de clase o con cualquier otro grupo de jóvenes que no comulgara con su creencia (no es que no tuviera limitaciones “morales o a los excesos”) es solo que este noble ciervo de Dios era muy ocurrente, del todo alegre y reía hasta no parar de sus mismos chistes, los que por cierto, eran de lo más ingenuos.

Todos sabemos que los Testigos de Jehová, al menos los serios, no celebran las festividades navideñas por el hecho de que la Biblia no observa eso en ninguna parte de sus escrituras, y por lo tanto manifiestan que se trata de una costumbre pagana. Tampoco conmemoran ninguna tradición religiosa que no lo enseñe la Biblia, en otras palabras, nada que glorifique a un santo. Por si fuera poco, no adoran a la Virgen maría ni a otros ídolos falsos, ni siquiera celebran sus propios cumpleaños, por lo que no asistirán a celebración alguna de quien no participe de su mismo dogma. En ese sentido, Jesús era algo más liberal, y ello le hizo ganarse la simpatía de muchos compañeros de estudios.

A pesar de que los Testigos de Jehová son muy activos en el proselitismo, jamás vi que Jesús distribuyera por el campus universitario o a alguno de sus compañeros las conocidas revistas de “La Atalaya” o “¡Despertad!”. Pero, cualquiera que aludiera el tema religioso, hablara de la iglesia católica, sobre todo mencionara a los cristianos evangélicos, no perdía tiempo para intervenir y destilar pestilencias con tal de dejar claro su repudio.

«¡¿Congregación Cristiana…?, secta de mundanos no digo yo!», solía mofarse.

Esas fueron sus palabras.

Si algo fastidiaba escuchar, era el fanatismo con que tanto el Hermano Frank como este alegre Ciervo de Jehová atacaban a la confesión contraria. Yo tenía la leve impresión de que tales ofensivas eran de forma deliberada, porque casi siempre se daban cuando uno de ellos se encontraba cercano al otro, ¡qué casualidad! Recuerdo que el campus, donde se ubicaba la Escuela de Ciencias, estaba rodeado por cuatro o cinco edificios o facultades (Ingeniería Mecánica, Civil, Industrial, Eléctrica…) Allí había una pequeña plaza o rotonda donde los estudiantes solíamos reunirnos en torno a una suerte de cubo o monumento de cemento erigido en el centro (lugar de encuentro y paso obligado) para charlar durante las horas libres de clases, con razón le decían la Plaza de las Palomas. Era usual que en ocasiones también nos concentráramos en ese lugar para discutir la resolución de problemas de ingenieía sobre alguna de las 4 pizarras que había ubicadas en cada lado del cubo. Era precisamente allí, cuando coincidían Frank y Jesús, donde se producían aquellas tertulias acaloradas y vilipendios sin sentido. Daba risa notar la manera ridícula como ambos discutían sin mirarse a los ojos.

Para ser honesto, me veo obligado a dejar testimonio de mi pecado (mea culpa), pues de lo contrario no tendría sentido este relato anecdótico. Y es que por el hecho de querer averiguar el motivo de aquellos vituperios disparados al aire, en ocasiones de mirarse de una manera soslayada e infantil, terminé comportándome como el provocador que agita a escondidas la llama entre dos «contrincantes». En todo caso, para no sentirme tan culpable, siempre me repetía “ellos se lo buscaron”.

Como dije en la entrada anterior, ese segundo semestre que dio inicio, mi compañero de estudios, su novia y yo tuvimos la suerte de ver varias asignaturas juntos, así mismo, por cambios que se dieron en la distribución del número de estudiantes por aula, tanto el hermano evangélico como el ciervo de Jehová coincidieron en el mismo salón de clases. Cierta mañana advertimos algo por demás estrafalario, digamos que bizarre. Resulta que mientras el profesor explicaba las derivadas en la pizarra, pillamos infraganti y en varias ocasiones a estos dos religiosos «enemigos pero al mismo tiempo adoradores del mismo Dios» mirándose de manera furtiva. Percatarnos de aquella extraña escena nos pareció de lo más cómico porque era lo más cercano a la estereotipada conducta de dos niños consumidos por la envidia. Y no fue la primera vez que observamos este peculiar comportamiento en estos dos hermanos.

Según creo haberle entendido a Frank en una ocasión, este me explicaba algo como que Dios era un ser divino por naturaleza, que había sido elegido antes de nacer (en cierta forma aquello me irritaba) y para que más doliera, decía que al encarnarse también se convertía en Cristo hombre, por lo que no solo era un ser divino, sino humano también (yo me preguntaba cómo digerir semejante absurdo) Mi compañero y yo se lo comentamos a Jesús (por supuesto, solo para buscarle la lengua) ya que tampoco perdía la ocasión de expresarse y nos dijo que los cristianos no analizaban las escrituras como ellos, quienes hacían sesiones para estudiar la Biblia, y terminó afirmando que los evangélicos no tenían ninguna convicción de lo que decían, y luego dijo algo como que Jehová era el Dios de Abrahán, Moises y Cristo.

Yo seguía sin entender una papa de esos trabalenguas que usaban, Jesús hablaba de manera tan enrevesada como lo hacía Frank, solo que utilizaba expresiones y nombres diferentes. En vista de lo que venía observando, inventé cualquier pretexto para que hubiera una tertulia sana entre ellos. Mi compañero de estudios y yo hasta propiciamos encuentros casuales buscando que ambos se trataran, pero no fue posible. Reconozco que en un principio me alentaba la idea de que tuvieran una confrontación discursiva, donde se ventilaran puntos de vista diferentes para escuchar la interpretación de cada uno, pero tampoco hubo éxito. Era como tratar de acercar los polos iguales de dos imanes, en fin, ante un encuentro accidental, cada cual se daba la vuelta o seguía otro rumbo, a no ser que se encontraran de manera accidental en «La Plaza de las Palomas». Tampoco hubo forma de que se dieran los buenos días y jamás llegaron a saludarse como compañeros de estudios por alguno de los alrededores del claustro, coño, ni modo. En todo momento se ignoraban, al menos de manera disimulada, hasta que ¡Bingo!, el azar favoreció un encuentro inpensado.

Cierto día nos tocó realizar una práctica de laboratorio en grupos de tres. No recuerdo el motivo exacto, pero hubo que llevar a cabo una experiencia al aire libre que requería que ciertos vapores pudieran ventilarse sin riesgo. Fue una casualidad el que hayamos quedado juntos los tres en esa práctica, que bien pudo hacerse en un laboratorio, pero por alguna razón debió realizarse en el campo, además, tal práctica sería evaluada según los resultados de un único informe. Aquella combinación de circunstancias fue mi oportunidad de oro para ver sus comportamientos cuando hubiera que interactuar los tres. Frank me pidió que hablara con el profesor para cambiar de grupo. Le dije que lo haría, pero no lo hice. Juzgué que para Jesús no habría problema alguno de fingir un aparente intercambio de palabras con Frank si no quedaba otro remedio. Por otro lado, mi compañero y yo teníamos la impresión de que Jesús disfrutaba provocando a Frank.

Minutos antes de comenzar la práctica (a sabiendas de que se trataba de un ejercicio obligatorio) noté que ninguno de ellos se miraba de manera directa a la cara, había una enorme tensión entre los dos y por supuesto, todo aquello me incitaba a incendiar de una vez lo que se veía venir. De lejos mi compañero me hacía gestos clandestinos con los ojos como queriendo saber lo que estaba aconteciendo entre ellos. Por mi parte sentí una suerte de hormigueo casi «satánico» dentro de mí, creo que la descarga de adrenalina me fluía más rápido que a ellos. Daba risa observar la manera en que Frank y Jesús hasta ahora seguían ignorándose, mirando el suelo como si buscaran un objeto perdido. Luego comenzaron a mirar hacia arriba o a los lados, adoptando actitudes ridículas, como si el otro no estuviera presente allí, pero yo igual me moría de las ganas de saber en qué terminaría todo el asunto.

El profesor daba unas instrucciones mientras aguardábamos la llegada de un colaborador del laboratorio con una bandeja de muestras. Mi inquietud se aceleraba ante la tradanza del ayudante, por lo que me vi casi forzado a realizar algunas preguntas a Frank y Jesús. Fui al grano y quise indagar algo que había mirado con horror en varias ocasiones por la televisión. Haciéndome el pendejo pregunté por qué un hermano evangélico se caía hacia atrás cada vez que el pastor lo tocaba en la cabeza. Sin perder tiempo, Jesús reaccionó dejando escapar de manera intencional un sonido parecido a un eructo y dijo con sorna algo como:

«Es cuando la oveja se llena del espíritu santo».

Al mismo tiempo que decía aquello, Jesús realizó la pantomima de alguien a quien le hubiese dado una convulsión. Frank lo miró con reservada severidad, aunque tal vez no le faltaron ganas de romperle el culo de una patada, se contuvo aludiendo que el pastor estaba ungido de Dios, y que el hermano estaba gozoso de alabar al señor. Jesús no se reprimió ante la respuesta de Frank, al contrario, volvió a mofarse argumentando que los pastores lo estaban exorcisando, e imitando a una hiena, dejó escapar una retahíla exagerada de carcajadas que todos escucharon en la distancia. Como respuesta, en ese momento comenzó una suerte de intercambio verbal entre ambos, con insinuaciones que llevaban una carga de ironía, las que luego se fueron transformando en insultos. Frank dijo algo referido a la Liberación. Por su parte, Jesús continuó con remedos aludiendo el engaño de la tribulación y el arrebato. Yo no tenía la menor idea de lo que estaban hablando, sin duda que la cucaracha en baile de gallina era yo esta vez. Pero el asunto se puso interesante, pues al fin comenzaron a verse las caras, aunque también Frank buscaba mi mirada y defendió su posición haciéndole preguntas al aire como que de dónde los Testigos de Jehová habían sacado la absurda idea de que solo un número de elegidos serían los seleccionados para ir al cielo y qué ridiculez era esa de que a Jesucristo no lo habían clavado en la Cruz sino en un palo vertical. Jesús no tardó en decir:

«Ustedes Los evangélicos no han hecho más que alterar las escrituras sagradas a su conveniencia…»

Jamás imaginé que por hacer una pregunta, la situación se calentaría de aquella manera. Solo recuerdo que al cabo de unos pocos minutos, los hermanos Frank y Jesús fueron rodeados por un cordón de estudiantes que comenzó a avivar aquel fuego profano, coyuntura que terminó en una especie de trifulca callejera entre dos ciervos religiosos.

La verdad es que si alguien llegó a preguntar por mí, ya había desaparecido y no solo de la escena. Esa fue la última vez que supe de Frank, aunque no del alegre Jesús —con quien tuve un encuentro casual casi treinta años más tarde y estuvimos recordando aquella vivencia—. En todo caso (volviendo a la anécdota) esa fue mi despedida definitiva de una magnífica universidad.

A la mañana siguiente dejé una carta sobre la cama de mi compañero de estudios y me marché para siempre de esa ciudad. Me fui con pena porque dejaba solo a un gran amigo de juventud, ambos solíamos pasar horas estudiando juntos, compartiendo los años finales del liceo y habíamos realizado juntos grandes planes para graduarnos en esa misma casa de estudios. ¿Qué más puedo decir?

Cuánto lamento no haber podido acompañarte como lo habíamos proyectado, viejo, querido amigo…

RETAZOS DE ESTACIÓN (Anécdota)

DE BACHILLERATO A LA UNIVERSIDAD

Poco después de haber culminado mis estudios de secundaria, un inolvidable amigo de aquellos días y yo hicimos un largo viaje en automóvil hasta una ciudad del interior con el propósito de comenzar a estudiar una carrera en la universidad. Se suponía que cada cual estaba seguro de la especialidad que había elegido, francamente yo no lo estaba. De hecho, a pesar de que en esta nueva casa de estudios había una profesión que guardaba cierta similitud con la que deseaba estudiar, en realidad no era esta la que yo siempre aspiré. Supongo que me dejé arrastrar por la camaradería del momento y la novedad, sabiendo que daba un nuevo paso para comenzar un nivel superior, así que me dije: «qué carajo, no me queda otra salida que agarrar aunque sea fallo, y sino, ver que otra especialidad había en el pote».

Recuerdo que, en los meses previos a los exámenes finales de ese último año de bachillerato, dos de mis amigos y yo veníamos haciendo planes para decidir cuál universidad escoger una vez que llegara el momento de marcharnos. No en vano nuestro entusiasmo era tal, que había desarrollado como un clima de efervescencia. No solo estábamos ansiosos, sino llenos de incertidumbre porque no teníamos la menor idea de cómo sería aquel nuevo mundo que nos aguardaba. En cierto modo había un dejo de temor, ya que no solo comenzaríamos a estudiar una profesión, sino porque era la primera vez que pondríamos un pie dentro de una casa de estudios superiores. Uno de nuestros profesores de 5to. año nos había explicado que en algunas universidades los departamentos o especialidades se identificaban como “Facultad” —palabra, de paso, que de solo pronunciarla se escuchaba «arrechísima»— (si bien algunos estudiantes, en lugar de Facultad, preferían decir “Escuela…” aquello nos sonaba confuso) Anyway, la verdad es que no veíamos el momento de encontrarnos con algún conocido que nos abordara con algo como: «¡Qué hubo muchachos! ¡Coño vergajos, ¿dónde estaban metidos ustedes?, ¡se habían perdido de una forma, y bla, bla, bla…! Y luego la pregunta obligada—: ¿Dónde estudian?» Para responder casi con arrogancia: «Nada menos que en la Facultad de Ingeniería» y ver que pelara los ojos como diciendo: «¡Wow!, ¡qué bárbaros son…!» Bueno, tampoco era para tanto, en realidad habría sido suficiente que nos deseara éxitos.

LA FIESTA DE GRADUACIÓN… The Prom Night

Nuestra Fiesta de Graduación (que viene a ser algo así como lo que en Gringolandia se conoce como The Prom Night) dos semanas antes de que partiéramos hacia nuestro destino fijado, a muchos se les antojó como el regalo inolvidable, el merecido premio al esfuerzo (luego de 5 años devanándonos los sesos y muchos trasnochos, con el termo de café a cuestas y una sillita de extensión en busca de un buen poste con luz) Para otros, tal vez significaba el logro de alguna conquista amorosa largamente esperada. Para mí en cambio, fue el preludio a un viaje lleno de expectativas y a una larga estadía en una ciudad extraña. Nuestros orgullosos padres estuvieron toda la noche felicitándonos, y así lo hicieron los de nuestros amigos más cercanos; deseándonos el mayor de los éxitos en nuestros planes futuros, advirtiéndonos de que por ningún motivo fuésemos a defraudar a nuestros papás, que nos visualizáramos un mañana trabajando en una compañía importante, sobre todo, con la recomendación final de que, al terminar la carrera, viajásemos a la capital a ejercer la profesión. Como fiel ratón de cine que yo era, seguramente recordé esa noche a Dustin Hoffman en el papel de Benjamin Braddock de la película “El Graduado”, donde uno de los invitados de la fiesta celebrada en su honor le asegura que el futuro estaba en la industria de los plásticos. Estimo que en ese momento nadie tenía cabeza para pensar cuál iba a ser el futuro que nos deparaba, aún nos quedaban 5 o 6 años por delante y mucha tela que cortar. El caso es que fotos iban y venían, hicimos ¡cheers! un montonón de veces con las copas levantadas, nos bailamos unos con otros, reímos que jode y algunos se emborracharon por primera, segunda, tercera… y hasta por enésima vez. De pronto, sin que nos diéramos cuenta, amaneció. De manera inevitable, aquel efímero momento se esfumó como estaba destinado y simplemente se perdió en el tiempo.

EL DÍA MÁS ESPERADO LLEGÓ AL FIN… ¿AL FIN?

No puedo negar que algunos compañeros estuvimos sentimentales el día de la despedida. Recuerdo que algo más de un tercio del aula acudió a la reunión, lo cual nos extrañó bastante, puesto que se suponía que se trataba de una despedida más íntima, para no decir privada, ya que se llevó a cabo en un pequeño garaje de los padres de uno de nuestros compañeros. Unos cuantos de los que allí estaban —digamos que los menos cercanos a nuestro grupo— habían venido con la sola intención de comer y beber refrigerios, pues luego de llenarse el estómago. Los muy paracaidistas, al saber que no había barajas para jugar una partida de truco, se marcharon enseguida con la excusa de que tenían algo muy importante que hacer. ¡Carajo!, ni las gracias les dieron a los anfitriones de la casa. En fin, nunca falta personas oportunistas. Las chicas de nuestro entorno más íntimo de amigos nos abrazaron y lloraron, nos guardaron sándwiches para el camino y hasta nos prestaron un termo lleno de café —fue un momento very cute—… aquellos lazos de amistad se adivinaban por demás sólidos. A mi compañero de viaje y a mí nos preguntaron si estaríamos de vuelta en vacaciones, en todo caso, insistieron en que no olvidáramos pasar a visitar para reunirnos y compartir de nuevo. Luego de unas cuántas lágrimas y algunas promesas, hubo que partir.

EL VIAJE

Hicimos un viaje que cuando mucho debió haber durado algo menos de una jornada de trabajo, pero al parecer, como que ninguno de los dos deseábamos marcharnos después de todo, ya que tardamos unas 26 horas o más en alcanzar nuestro destino. Tuvimos suerte. Tan pronto llegamos, entre preguntar en uno que otro lugar, en menos de dos horas logramos conseguir una residencia para estudiantes cerca de la universidad.

PAGAR LA NOVATADA

Apenas pisamos el campus universitario, que de paso, aquella vaina era inmensa, alguien nos dijo que fuésemos a control de estudios para formalizar nuestra inscripción, pero justo después de eso nos abordó una horda de estudiantes con tijeras en mano y nos trasquilaron el cabello, lo que obligatoriamente implicaba ir a una barbería y pagar poco menos de un dólar (para aquel momento, entre 4 y 5 Bs.) para que nos cortaran el cabello al ras en todo caso, esto no nos tomó de sorpresa, pues fue algo que esperábamos que sucediera de un momento a otro, de manera que don’t worry, no big deal. Así se pagaba la novatada por aquella época, por mucho que te arrecharas—. Recuerdo que los primeros dos o tres días nos sentíamos intimidados, algo así como “Perro de caseríos por las calles de Nueva York…” supongo que ese fue nuestro primer choque. No conocíamos a nadie, no se trataba de un colegio con primaria y secundaria, sino de un monstruo al que llamaban universidad, lleno de personas extrañas y en una ciudad extraña, donde los estudiantes caminaban abrazados pa’rriba y pa’bajo con sus novias… ¡Mierda, eso no se había visto en un pueblo como el de donde salimos! Como era de esperar, en las semanas que siguieron nos fuimos habituando a aquel nuevo entorno, sobre todo mi compañero, estoy seguro.

VISITA RÁPIDA AL TERRUÑO

Por algún motivo que no recuerdo bien, al cabo de un par de meses me vi en la necesidad de regresar cierto fin de semana largo a mi ciudad de origen para retirar no sé qué documentos en el liceo donde había culminado el bachillerato, mi compañero prefirió quedarse a “disfrutar de la ciudad…” Nada que ver, “andaba enamorao”. Luego, como lo habíamos prometido el día que nos marchamos, en horas de la tarde pasé a visitar a nuestros amigos y amigas que nos habían despedido efusivamente aquella mañana. No sé de forma exacta de qué manera explicar esto, pero las cosas parecían haber dado un vuelco.

«¡Hey muchachos, soy yo again!», dije cuando uno de ellos abrió la puerta.

Casualmente mis amigas de estudios estaban siendo visitados por otros dos compañeros. Yo levanté el puño para que chocáramos los anillos de promoción, pero solo me dieron una sonrisa inexpresiva. ¡¿Whoops, me dije…?! La verdad es que aquel no era el trato que esperaba, fue un recibimiento sin alegría, nada de abrazos fraternales o cool. En fin, el encuentro fue por demás, frío, apático. Me preguntaba qué rayos estaba sucediendo, ¿por qué aquella especie de despego o falta de afecto? ni que me hubiera ausentado por diez años. Fue lo mismo como ver una nueva ecuación de la forma: Tiempo + Distancia = Olvido… Pa mí “las tortolitas andaban en amoríos…” En serio, aquello me noqueó, me sentí un extraño, tanto, que estimo que aquella debió ser la visita más breve que había realizado en toda mi vida. Ese mismo fin de semana, en horas de la mañana, luego de despedirme de mis viejos y para mi desgracia, un domingo estaba en camino a la «Facultad de Ingeniería».

VARIAS SEMANAS DESPUÉS

Con el paso de las semanas fui notando que dentro de mí comenzaba a crecer el desánimo. Era una suerte de resistencia a seguir allí, como si me faltaba algo, pues nada me incentivaba. Antes de que comenzaran los exámenes del segundo parcial del primer período, claro está venía pensando en abandonar el semestre en curso, no me refiero a tirar la toalla, por supuesto, ya que algo así no se me hubiera ocurrido, pero necesitaba alejarme por unos meses de esa casa de estudios para estar seguro de lo que quería. Pude retirar a tiempo las asignaturas, sobre todo un par de ellas que traía con baja calificación para no acumular una puntuación negativa en mi record… digo, en caso de que me hubiese visto en la necesidad de regresar.

Días más tarde, le di la fría noticia a mi compañero de estudios. Creo que fue una suerte de shock inesperado para él y su novia quien hacía pocos días se había venido de nuestro terruño a cursar estudios en la misma facultad estoy seguro de que ellos no se esperaban esa sorpresa. Después de haber salido los tres un viernes para almorzar y conversar al respecto, me fui en horas de la tarde rumbo a la capital, a la casa donde se habían ido a vivir mis viejos.

GOING HOME

Mi viejo estaba sentado en el porche ojeando una revista, quizá la prensa, parecía algo sorprendido. Pero apenas me vio mi madre, esta intuyó enseguida que algo raro había ocurrido. No sé cómo se las arreglaba para darse cuenta de ciertas situaciones, nada se le escapaba, y era capaz de captar cualquier mínimo detalle fuera de lugar… El caso fue que recibieron la noticia en silencio. En cierto modo me llené de un pánico extraño, pues sé que a ellos les dolió más que a mí. Debo confesar que me sentí avergonzado, vacío y al mismo tiempo como si los hubiera defraudado. Y pensar que eso nos lo habían advertido aquella noche en la fiesta de graduación.

Sé también que mi padre estaba angustiado por mi futuro. Le dije sin embargo que no se preocupara, que yo iba a tener éxito, pero por más que quise explicarle aquello de que necesitaba estudiar una carrera con la cual estuviera identificado y prometerle que de una forma u otra me haría profesional, no le dio crédito a mi palabra. Mi madre, al contrario, siempre tuvo fe en mí, por lo que me juré que a como diera lugar le pondría mi título universitario en las manos y la medalla de graduación en el cuello. En las semanas que siguieron visité tres o cuatro universidades en la capital, pero no me animaba a seguir estudios en ninguna de ellas, y menos en ramas como eléctrica, industrial o mecánica, como sí lo hizo mi hermana. Algo me inquietaba a veces, y era de solo pensar que mis compañeros de graduación me estaban aventajando mientras que yo me quedaba atrás. Con mi imaginación, muchas veces los recreaba recibiendo ante un cuerpo de profesores una medalla, un título profesional, a la vez que un nutrido público aplaudía. Pero me seguía diciendo de manera obstinada que, si no era ingeniería electrónica, no sería ninguna otra profesión. Hice un viaje de nuevo y visité algunas ciudades del interior para pensar y poner en orden mis ideas, creí que así cambiaría de parecer, hasta que después de un par de meses me llamaron de sorpresa mis amigos de la universidad. Los había echado de menos, por lo que los muy astutos de alguna manera me convencieron de que regresara. En la universidad me enteré semanas después que el semestre anterior no les había ido de maravillas, así que muchas de las asignaturas las volvimos a cursar juntos por segunda vez.

GOING HOME AGAIN

Para resumir un poco, a mitad de período reincidí, no quería pasar por aquello de que “a la tercera va la vencida” ¿volver por tercera vez a la misma universidad?, ni de vaina  esta vez sería para siempre. No les había comunicado a mis amigos mi decisión aún, pero de algo me aseguraría, y es de que no fueran a insistir en tratar de convencerme de volver. Me resultaba por demás engorroso tener que explicarles que no iba estudiar una profesión cualquiera por el solo hecho de obtener un título universitario para luego salir corriendo al mercado a buscar una plaza de trabajo, así que preferí dejarle una carta a mi compañero y me marché sin despedirme. Nunca tuve dificultades con las asignaturas de cálculo, física ni química, por lo que consideré que de no poder estudiar lo que de verdad aspiraba, al menos me aseguraría de que fuera mi segunda mejor opción (Había leído algo sobre Antropología y Geología, y la verdad es que ambas reclamaban fuertemente mi atención, el asunto era dónde) En todo caso, yo estaba seguro de que tarde o temprano terminaría graduándome de alguna vaina, de eso no me quedaba ninguna duda, pero como dije arriba, sea cual fuere, me aseguraría de que fuese mi segunda mejor opción. Recuerdo que hasta llegué a considerar la posibilidad de cambiarme a medicina, sin embargo, temía fracasar como profesional si me daba cuenta de que aquel futuro no era lo que esperaba. Así que lo pensé muy bien y, antes de cometer un disparate del que pudiera arrepentirme más adelante, regresé de nuevo a casa, aunque más derrotado todavía.

REFLEXIONES

Para ser honesto, debo confesar que aquella debió ser la Universidad donde me hubiese gustado terminar mis estudios de ingeniería, puesto que aún sigue considerándose una de las dos o tres mejores del país. Sin duda que, en aquella ocasión la carrera elegida no fue la más acertada, por lo que el tiro me salió por la culata. Eso sí, hice un enorme esfuerzo por ver si de algún modo me «dejaba cautivar» por la profesión que había escogida, pero fue en vano. Debo reconocer que ingeniería eléctrica no era la carrera que de verdad aspiraba, pese a estar muy vinculada con la que de verdad había soñado desde que comencé el bachillerato. Fue tal vez una de mis más grandes decepciones.

No quisiera extenderme y fastidiar al lector con una anécdota tan larga, que de por sí ya lo es, pero puedo decir que al final terminé recibiéndome como Ingeniero Geólogo y como tal la ejercí con orgullo.Supongo que algunos lectores se habrán preguntado qué clase de relato es el anterior, ya que pareciera ser una historia sin conflicto, con una trama cotidiana que no progresa, y en el que ni siquiera lo acontecido durante ese corto periodo de tiempo tuvo algo de espectacular… pues de eso mismo se trata, precisamente de un Recuento de Vida (Slice of Life) Lo escribí así por dos motivos: primero, porque deseaba escribir lo que yo llamo un “retazo de estación”, y segundo, porque la historia que sigue, “El Martillo de Adonay”, también forma parte de la historia original, es solo que resultaría demasiado larga y tediosa..

UN LAICO PECULIAR (Anécdota)

LUCIF

No hace muchos años —faltando poco para finalizar la última década del siglo XX, para ser preciso— solía trabajar en un lejano campo petrolero que distaba unas dos horas y media fuera de la ciudad… «en medio de la nada», como acostumbrábamos a veces aludir en broma, y donde los mejores amigos que tuve por aquellas solitarias praderas fueron algunas familias de Tecolotes llaneros, o mochuelos de hoyo, que vivían detrás de nuestra casa cohabitando en pequeñas cuevas que excavaban bajo la superficie y que siempre me saludaban cuando salía a caminar por las tardes. En ocasiones echo de menos, la soledad y el frágil silencio que había durante los cálidos días de semana santa, donde solo los vientos de cuaresma y el monótono estridular de las cigarras rompían el mutismo haciéndolo más patente, o cuando no, unos dramáticos aguaceros que a veces se desarrollaban sorpresivamente en plena madrugada.

Por entonces conocí a un singular y vernáculo «monaguillo» que laboraba en el área de operaciones de campo, quien no desaprovechaba reunión social ni la más mínima oportunidad para exprimir con orgullo aquello de que era un «Laico Comprometido» —más de una vez llegó a interrumpir alguna reunión de trabajo solo para recordarnos a los que estábamos allí semejante posdata— Recuerdo que traía tanto a colación aquella repetitiva muletilla de que era un Laico Comprometido, que en ocasiones nos veíamos unos a otros con cara de circunstancia y de manera furtiva, como preguntándonos: «¿Qué mierda significa esto?» Más que un prólogo de advertencia, aquella extraña manía se había convertido ya en una matraca, por lo que no podría asegurar si lo anterior obedecía a uno de esos raros trastornos de ansiedad que los psicólogos llaman «obsesivo-compulsivo». A final de cuentas, y pese a lo redundante de ese excéntrico clamor, nuestro compañero de labores nunca obtuvo el beneficio de ostentar un apodo como «El Laico Comprometido», «Marcelino, Pan y Vino», ni nada por el estilo, por alguna razón que desconozco, más bien acabó quedándose con el mote de «El Misionero»

Resulta que este buen samaritano solía ayudar al cura los domingos en los oficios de la misa, y en ocasiones, si bien no le está permitido a nadie que no sea un sacerdote debidamente ordenado celebrar el sacramento, ya que tampoco era un acólico o ministro extraordinario (pues de serlo, entonces si podía ayudar al padre en la distribución de la comunión a los fieles) a veces se tomaba ¡la atribución de administrar el culto sagrado! cuando por algún motivo el párroco no podía asistir para celebrar la Eucaristía. Como jamás fui un fiel devoto de la iglesia, ni acostumbraba asistir a misa (excepto aquella vez) no puedo asegurar si este pequeño impostor llegó a confesar a los fieles antes de administrar la comunión —logrando enterarse de sus secretos íntimos o hasta los más inefables—… ¡Por Dios!, de haber hecho algo semejante, hubiese sido como haber destapado la caja de Pandora por segunda vez.

Consciente de lo anterior, y de solo haber visto cierto domingo en la mañana a este “clérigo” tomándose la autoridad de administrar el Santo Ritual de la Transubstanciación, es decir, pronunciando las tan sagradas palabras por medio del cual el Pan y el Vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues se supone que solo puede referirlas por ley un sacerdote, casi me da una vaina. Yo miraba, sin embargo, con mucha reserva las caras de aquellos inocentes feligreses, mientras trataba de hallar una explicación a lo que con asombro estaba contemplando. Pues «¡Me cacho en la mar!» como solía decir un amigo pescador a quien conocí en Asturias y vivía en el puerto de Lastres… No obstante, las pobres ovejas parecían estar hipnotizadas, como si estuvieran siendo irrigadas por una luz divina justo en el momento que articuló aquellas santas palabras, las veía como seducidas por una suerte de arrobamiento que yo no alcanzaba a digerir.

Para ser honesto, yo jamás llegué a formar parte de clero alguno, ni de los piadosos rezadores que concurrían consuetudinariamente a misa los domingos, y tampoco he sido feligrés de parroquia alguna, si bien extrañas circunstancias me llevaron a asistir a la iglesia aquella mañana.

Recuerdo que estaba a punto de tomar mis primeras vacaciones luego de dos años consecutivos de trabajo. Habiendo llegado el mes de febrero, una mañana tocaron a la puerta de nuestra vivienda “haciéndonos del conocimiento” de que nuestra casa había sido escogida para llevar a cabo una especie de rosario… ¿WTF? Lo que no sabía era que finalizado el ciclo de rezos, era costumbre ofrecer una suerte de ágape a los visitantes (¿Cómo era habitual en tiempos de Jesús?)

            “Jorge, no olvides la merienda” —me dijo el monaguillo en persona al momento de marcharse.

            —¿La merienda…? ¿Cuál merienda? —respondí en ese momento.

            —Pregúntale a tu esposa.

            —Muy bien —le dije.

           Más tarde mi mujer me lo explicó todo, que se trataba de la celebración de la «Paradura del Niño». Aún así, aquella «escogencia» me pareció una extralimitación, como algo impuesto, sí, “rarísimo” por demás. En todo caso, se trataba de un compartir en comunidad. El Niño Jesús es sacado de su moisés y transportado dentro de una sábana dentro de la que se iba lanzando dinero en moneda y papel. Pero eso no es todo, resulta que a la cola de fieles se iban agregando de paso más y más «ovejas», es decir, invitados a destajo, pues muchos entendidos sabían que al final venía la cenita y el brindis. Al mismo tiempo que se daba un recorrido por todo el campo, “Mr. Laico” iba haciendo alarde de una extensa verborrea religiosa (costumbre muy practicada en las zona de los Andes) Por si fuera poco, al llegar a casa, este señor continuó con su fanaticada orando un larguísimo rosario —que a mí me parecía que nunca iba a terminar—.

Para alguien que desde la temprana infancia dejó de creer en Dioses y santos, puedo asegurarles que me sentía como cucaracha en baile de gallina, ayudando a cargar aquella enorme sábana, sujetándola por una esquina y caminando como un imbécil por todo el campo (¿Cuántos no observarían de manera furtiva desde las ventanas de sus casas y habrían pensado: «Ya jodieron a otro»?) Creo que jamás antes en mi vida había tenido que portar una sonrisa tan forzada.

Si hubo algo que reclamó mi atención, lo fue el que el monaguillo no se valiera de un misal para recitar tal acervo de oraciones, ni para aludir los números de los versículos así como referir de memoria el contenido de cada uno de los salmos.

Finalizados al fin los ruegos, el monaguillo se acercó para darme las gracias por la atención dispensada.

            —“La merienda estuvo excelente Jorge” —me dijo.

            —No fue nada, nada —respondí fingiendo modestia.

            —Hay que repetir eso algún día, y decirle al padre para que también venga.

            Me hice el pendejo y no respondí nada.

           Increíble, en ningún momento se refirió al compartir en grupo esa noche, ni dijo nada acerca de que la idea de la reunión era para fortalecer los lazos de fraternidad, o reforzar la paz y la unión, ¡por Dios! Cualquiera con dos dedos de frente habría esperado que al menos tocara de manera tangencial aquello de la comunión en familia, ese era precisamente el Leitmotiv de la reunión, y por si fuera poco, mucho menos aludió siquiera algo acerca de los pasajes Bíblicos que recitaba de manera brillante como si su cerebro fuera una unidad de disco rígido. En ese momento, estando de pie en mitad de nuestra modesta salita de estar, el misionero advirtió que había tres libros sobre una pequeña mesa a la que yo solía arrimar un sillón para leer durante las noches —confieso que pese a no creer en dioses ni dogmas de naturaleza alguna, y mucho menos en esas supersticiones producto de la mente del hombre, siempre me ha gustado ojear un poco acerca de los mitos religiosos y sobre cristianismo antiguo, es un tema que, aunque suene contradictorio, siempre estoy dispuesto a leer— De aquellos tres libros que había sobre la mesa, uno era una vieja Biblia que mi suegra le había regalado a mi esposa. Al frente estaban los otros dos que por casualidad recién había terminado de leer hacía una o dos noches, ambos de Friedrich Nietzsche: “EL ANTICRISTO” Y “ECCE HOMO”. Tan pronto como nuestro visitante se hubo fijado en los nombres de estos últimos dos libros, los dejó caer sobre la mesa como si se hubiera quemado la mano, como si fueran libros blasfemos o heréticos. Me dijo algo como que si no se trataban de ediciones Paulinas, yo no debía leerlos porque era pecado mortal. Esta vez si que lo voy a soltar porque no me aguanto: «¡Me cago en la leche!» Semejante observación me pareció carecer de fundamento y estar soportado por una total ignorancia. En cierto modo me sentí ofendido, así que por mera curiosidad, para saber hasta donde llegaba su iluminación en cuanto a los tiempos Bíblicos, pues no me cabían dudas de que parecía saberse de memoria cuanto salmo y versículo hubiera en las Sagradas Escrituras, se me ocurrió formularle un par de preguntas… (me picó la malicia)

Una fue que si sabía cuál era el mensaje principal de Jesús cuando dio su famoso sermón de la montaña, y casi al mismo tiempo le dije que me gustaría saber a quienes en particular creía él que estaba dirigido aquel hermoso mensaje.

¡Sorpresa!

Aunque parezca mentira, el escolano se quedó divagando algunos segundos, y al no tener una respuesta me salió con la burrada de que desconocía ese sermón. «¿Eso está en la Biblia?», me preguntó (Esa misma demanda la he escuchado decir en varias ocasiones a unos conocidos míos que son Testigos de Jehová) Yo no podía creer lo que había escuchado. Fingiendo un poco, le adelanté algo más de información diciéndole que se trataban de unas Bienaventuranzas o algo por el estilo, no obstante, parecía que le hubiese hablado en chino. Le manifesté que había leído últimamente un poco sobre el cristianismo antiguo y que con gusto podía explicarle de qué se trataban aquellas felicidades y las promesas que Jesús hizo al pueblo elegido, así como a quienes estaban dirigidas, pero el asunto se quedó allí. Consultó entonces su reloj y me aseguró que estaba algo apurado, que le urgía dejar en la iglesia una nota al párroco. La verdad es que no mostró el menor interés en averiguar nada… (Joder, como no se haya largado horrorizado, pensando que lo que iba a decirle era según el punto de vista de un «loco» como Nietzsche)

Llegó el momento de marcharse y al fin nos despedimos. Al cerrar la puerta, me sentí por un instante mal conmigo mismo, pero me dije «qué carajo», después de todo, mañana será otro día…

MATUR-001

Cada ciudad, cada pueblo, ha tenido sus personajes particulares. Algunos son o fueron importantes debido al legado moral o intelectual que dejaron a sus pobladores, por lo que hicieron, el trabajo que realizaron o por el conocimiento que transmitieron a otros, dejando así una huella en la memoria de sus habitantes, a veces imborrable en algunos. En ocasiones los ha habido peculiares, e inclusive… muy extraños.

VIENTO

He querido abrir este pasaje citando primero a un personaje por demás misterioso, que solía husmear por los alrededores del vecindario donde yo vivía. Esto ocurrió en el período 1966 – 1969, luego de este último año no volví a saber de él. La verdad es que no sé si fue alguien conocido por los Maturinenses, puesto que nunca lo llegué a ver de día rondando las calles ni avenidas por donde solía desplazarme con frecuencia, mucho menos las zonas céntricas de la ciudad. Por el contrario, de forma reiterada, casi «sistemática» solo después de las seis de la tarde era cuando se aparecía por el sector de Juanico donde algunos de mis amigos y yo vivíamos. Por ello me referiré a este oscuro personaje como “EL VIENTO”, al menos ese fue el apodo, involuntario, que a mis amigos y a mí se nos ocurrió motejarlo.

Decía que este misterioso individuo, de aspecto «rasputiniano», que transmitía a veces la escalofriante impresión de materializarse de forma repentina cuando los primeros rayos del sol comenzaban a languidecer y quien en el momento menos esperado desaparecía en mitad de la madrugada, rondaba de manera inmutable por el mismo sector, ya que todas las tardes lo veíamos parado en el lugar de siempre, inmóvil como una cariátide semejante al ficticio personaje de Slenderman— acechando a una presa inocente en el bosque. No estoy seguro de si se trataba de algún enajenado escapado del manicomio, pero de solo verlo daba escalofríos e inspiraba un pavoroso miedo cerval.

Siendo algo más preciso en la descripción, por increíble que suene, este sujeto luciferino casi siempre permanecía a la altura de la estación de servicio Rojas, ubicada sobre la Av. Raúl Leoni y parado en la acera del frente… observando el entorno, escaneando el lugar o como si vigilara el más mínimo movimiento de todo aquel que circulaba en auto por la avenida, en ocasiones con las manos en las caderas” Había algo que nos causaba una intriga enorme, ¿por qué este individuo escogía estar mismo sitio de emplazamiento todo el tiempo y no otro lugar? Bueno la verdad es que eso nunca pudimos averiguarlo. De pronto corría unos cien metros lineales en una dirección sobre la cuadra donde estaba, para regresar y volver a detenerse en el mismo sitio, era algo enfermizo. Y así como se aparecía repentinamente en las noches por ese sector de Juanico, de pronto ya no estaba. Sin embargo, una cosa sí sabíamos mis amigos y yo, «El Viento» solía despojarse de toda su ropa y la dejaba colgada en la cerca ciclón que estaba en esa parte de la acera, era en ese momento cuando desaparecía del lugar sin que nadie pudiera darse cuenta. Mis compañeros y yo, que por lo general andábamos de parranda por las noches, lo veíamos todo el tiempo, ni más ni menos, parado en el mismo lugar de siempre, y cuando pasábamos de largo este se nos quedaba mirando de forma obsesiva, como persiguiéndonos con la vista. Teníamos la impresión de que a cada momento giraba su cabeza como un robot no sabría decir si aquello era parte de una supuesta paranoia pero lo cierto es que detectaba todo aquello que estuviera en movimiento. Créanme coño, era como vivir una suerte de pesadilla, pues algo así te hacía poner los pelos de punta.

Cuando hago memoria de aquellos días, a veces exagero y tiendo a asemejarlo con un personaje demoníaco que aparece en aquella escena de la película “Jeepers Creepers 2”, cuando esta especie de ser satánico está en el maizal y se queda mirando al Bus escolar con los chicos en el momento que va pasando, poco antes de arrojarles un Shuriken de hueso.

Por muy osados que solíamos ser, jamás nos atrevimos a acercarnos a este personaje y mucho menos intentamos gritarle una consigna de burla alguna vez. Era este un hombre alto, tal vez de un metro noventa, llevaba cabello largo de muchos meses y despeinado, en greñas, por lo general andaba descalzo la perfecta y estereotipada imagen del desequilibrado de semblante lánguido pero erecto, ni débil ni fatigado, igual como mencioné más arriba, con un semblante que recuerda al “Slenderman”, solo que ni grácil ni elegante. Sus ropas todo el tiempo estaban mugrientas, tan groseramente cochinas como la braga de un mal mecánico, que se ensucia mucho y con mucho tiempo sin lavar.

Si mi memoria no me traiciona, creo que este sujeto “El Viento” frecuentó el mismo lugar durante un año o dos, tal vez tres, pero no más. Desde entonces, ni mis amigos de juerga ni yo volvimos a verlo por el sector.

Tal vez, así, del mismo modo como llega el viento, recóndito y en silencio, este extraño personaje se había marchado…

MODESTO

Para algunos, “El Loco Modesto”, para otros, “El Negro Modesto” hasta había quienes lo veían como un pillo oportunista más de la ciudad.

Por allá en los años sesenta (quizás a mediados de aquella década), mis amigos de farra y yo lo conocíamos solo como Modesto, y siempre nos topábamos con él por las tardes cuando íbamos al cine Rialto o Atlas, o sencillamente caminando por el centro de Maturín.

Modesto tenía una malformación en uno de sus brazos, muy notable comparado con el otro. No sé si se debía a algo genético o sería como consecuencia de alguna enfermedad que habría contraído de pequeño y que le produjo la atrofia. El caso es que caminaba siempre con su brazo encogido y esto en cierto modo inspiraba lástima cuando uno lo veía. Su otro brazo, “el bueno”, y que era bastante musculoso, lo utilizaba para pedir limosna. Escuché perfectamente cuando alguien le preguntó en cierta ocasión si quería trabajar, y también recuerdo que Modesto se hizo el que no había entendido, así que ignorando el asunto se marchó apresuradamente del lugar.

Mis amigos y yo especulábamos a veces acerca de su brazo «tullido» aludiendo cosas como que Modesto bien podía trabajar si se lo proponía, sino charapear al menos, puesto que con el que poseía sano bien podría tener la fuerza de dos.

Pudiera decirse que su apariencia sugería la de una persona dócil y tímida, su comportamiento lo hacían ver como un individuo temeroso. No daba la impresión de ser alguien a quien se le debería temer, nada llevaba a pensar que fuese una persona agresiva. Que yo sepa, su único pecado era pedir dinero por las calles de la ciudad. La cita constante de Modesto o su grito de guerra era “Dame medio” Eran las únicas palabras que le escuché decir cuando se acercaba a uno.

Había un par de cosas que uno se preguntaba acerca de la figura lacerada de este popular personaje: ¿Por qué motivo le decían Modesto y cuál pudiera ser su historia? Algo difícil de adivinar, a no ser que alguien conociera de verdad acerca de su vida y le echaran a uno el cuento. Yo tan solo tenía referencias de los papás de alguno que otro de mis amigos cuando por casualidad salía a relucir el tema o por mera curiosidad uno lo preguntaba, pero no eran más que eso, referencias, y en algunos casos, rumores que a su vez estos habían escuchado de terceras personas.

Nunca faltaba alguien que citara alguna historia como que Modesto había quedado con su brazo encogido atrapado en un incendio o que hubiera visto a su mamá ahorcarse en su casa, y que tratando de ayudarla se habría producido el incidente del fuego o bien que un autobús lo había arrollado en la calle Carvajal… en fin, entre tantas historias no me atrevería a tirarla a pegar.

Lo que sí podría presumir, y aquí es donde viene lo bueno, es que su apodo probablemente le haya surgido por su humilde manía de pedir todo el tiempo la misma cantidad de dinero, un mediecito, es decir, 0.25 céntimos del antiguo Bolívar de plata.

He aquí la anécdota verdadera que pudiera explicar lo anterior:

En cierta ocasión caminaba por el centro de la ciudad con algunos de mis panas, y Modesto se nos acercó a pedir dinero. “Dame medio”, me dijo extendiendo el brazo que tenía bueno. Por supuesto, metí la mano en mi bolsillo y le di un mediecito que tenía. Este no dijo nada, tan solo tomó el sencillo y siguió su camino. Uno de mis compañeros registró en sus bolsillos encontrando algo así como un Bolívar o tres reales», y me pidió que se los diera también. Cuál sería mi sorpresa cuando llamé a Modesto y le mostré la mano con las monedas para que las cogiera. Al ver que no tomaba el dinero le extendí aún más la mano, pero este tan solo dijo “No… no, no” con timidez, parecía más bien algo temeroso. Los muchachos le insistimos de nuevo, pero por nada del mundo se atrevió a coger el dinero de mi mano. No estoy seguro si le parecieron demasiadas monedas, lo cierto fue que Modesto solo quería un mediecito…

LETRAS33

Me atrevería a afirmar que, si hubo un personaje que no pasó inadvertido para los maturineses, y menos aún para los estudiantes de los años sesenta y setenta, fue una figura conocida popularmente como “El Poeta”. Tal vez este alias le vino porque en ocasiones solía llevar en la cabeza una gorra del tipo boina, suerte de distintivo con la que se identifican muchas veces algunos poetas y pintores, si bien su vestimenta no aludía precisamente a la sensibilidad que muestra este tipo de artistas, ya que tienden más bien a ser algo más casquivanos o, mejor dicho, bohemios, por vestirse con un estilo más liberal.

Aparte de que nuestro protagonista siempre vestía de manera muy formal, es decir traje tipo paltó cerrado con una corbata no bien anudada, con frecuencia llevaba en el pecho una flor de cayena, a veces era blanca y otras veces roja, además de traer bajo el brazo una vieja agenda o libro. Lo cómico era que en muchas ocasiones la flor venía pegada en su misma rama junto con otros brotes a punto de abrirse.

Hasta donde yo se, este personaje, «El Poeta», era un hombre muy respetuoso. Pese a que algunos estudiantes siempre se mofaban de él y le hacían bromas pesadas, jamás lo vi responderle a nadie de forma grosera, en esos casos, sencillamente se daba la vuelta y tomaba otra dirección o tan solo eludía a los muchachos para seguir de largo. Sin embargo, no dejaba de acercarse a los estudiantes cada vez que tenía una oportunidad para tomar la iniciativa y conversar o sino hacer alguna pregunta.

Recuerdo que con este singular personaje tuve ocasión de conversar en varias oportunidades cuando cursaba estudios en el Liceo Miguel José Sanz (como he afirmado siempre, mi “Alma Mater Prima”) No estoy muy seguro, pero parecía como si el islote de la avenida Bolívar hubiera sido una de sus zonas favoritas para caminar, puesto que yo solía venirme de casa cruzando por la esquina donde funcionaba la Lotería de Oriente y coincidíamos en algún lugar sobre el tramo de la isla que va desde allí hasta cruzar de nuevo hacia el liceo, a la altura del casino militar.

A pesar de su indumentaria, solemne y formal, la que vestía siempre y que en cierto modo pudiera sugerir erróneamente a la figura de un poeta, la verdad es que jamás lo escuché declamando versos ni que alguien dijera que lo oyó recitando en una esquina estrofas de algún poema. Fue por ese motivo que mis compañeros de estudio y yo le llamábamos “El Maestro”, y ahora explico por qué.

Cierta mediodía, tres compañeros y yo nos sentamos en uno de los bancos de la avenida Bolívar a discutir sobre biología, pues nuestra profesora entonces nos había pedido hacer un trabajo de investigación sobre los helechos. Mientras nos poníamos de acuerdo en cuanto a la distribución de la carga de trabajo, nuestro personaje, “El Maestro” pasó por nuestro lado y debió escuchar lo que hablábamos. Este se regresó y nos abordó enseguida con algo más o menos como:

            —“¿Qué estudian los bachilleres?”

            —Los helechos —respondimos extrañados.

            —“¡Ah sí, las pteridofitas…!” ¿Sabían que son criptógamas?

          Nos miramos las caras con suspenso y nos reímos con disimulo. Hasta que alguien hizo una observación:

            —¿Criptógamas?

            —“Sí, porque no tienen semillas —sentenció El Maestro”

           Creo que también mencionó algo sobre las esporas o algo así, pues tomamos nota y quedamos de averiguar si lo que había dicho era verdad. Sin darle curso a la conversación, este se marchó.

         Por si tienen dudas de por qué motivo le decíamos El Maestro, aquí hay una segunda anécdota que me pasó a mí cuando estudiaba el cuarto año de bachillerato. Yo estaba con un primo que cursaba segundo año de bachillerato en el Liceo Francisco Isnardi y quien tenía problemas para entender matemáticas. Este quería que le explicara sobre cómo entender los productos notables. Si mal no recuerdo, creo que nos habíamos encontrado cerca de la catedral y nos sentamos en uno de los bancos de cemento de la avenida. A los pocos minutos pasó “El Poeta o El Maestro, como prefieran llamarlo, y nos preguntó si teníamos alguna duda. Le dije que le explicaba a mi primo una regla para resolver el binomio cuadrado, a lo que el maestro no esperó su oportunidad para intervenir.

Recreando un poco la conversación, lo que dijo el personaje fue algo así:

             —“¡Cómo no!, los productos notables” —resaltó en seguida.

            Casi al mismo tiempo se refirió a la forma: “(a +/– b) elevado al cuadrado” Mi primo me preguntó que si se trataba de un loco. Yo le dije entonces que no estaba seguro, pero que siempre lo veía por allí caminando y haciéndole preguntas a los estudiantes del liceo.

         —“Hay un método sencillito para eso —destacó, y soltó a continuación—: “Cuadrado del primero, más/menos doble producto del primero por el segundo, más cuadrado del segundo” … No falla, muchachos.”

            Y con la misma inercia que traía, el maestro reanudó su camino mientras fue repitiendo la misma sentencia:

              —“Cuadrado del primero, más/menos doble producto…”

             Yo no sabría decir si nuestro personaje en sus mejores días fue poeta o educador, tampoco si se habría trastornado de tanto estudiar —como seguramente pudo haber ocurrido con algún estudiante— para afirmar que estaba alienado mentalmente. Particularmente pienso que El Maestro no estaba ajeno al mundo y que aún conservaba la noción de la realidad…

MACHETE

Hace poco leí que el vocablo “Machetero” puede tener varias acepciones según el país. En forma general, Cito: “Dícese del Hombre que tiene por ejercicio desmontar con machete los pasos obstaculizados con árboles” Al parecer, en Venezuela —coloquialmente hablando— se le dice así a las personas incultas y violentas. Refiriéndome entonces al personaje a quien aludo en la estampa de arriba, no he querido decir que el simpático señor sea inculto y mucho menos violento, tan solo que se trata de un vendedor ambulante de machetes de fabricación casera.

Este personaje de Maturín, encantador y de sonrisa afable, al que he visto en varias ocasiones por las calles de la ciudad, no es de aquellos felices días de los años sesenta o setenta, sino algo más contemporáneo. La foto de arriba fue tomada aproximadamente en 2010, aunque es posible que el señor haya estado en las calles desde más años atrás vendiendo su artesanía.

Bueno, no se trata precisamente del “vendedor más grande del mundo”, ni mucho menos del pescador de ilusiones, ¡Ojo!… Por muy natural que nos parezca nuestro amigo, me pregunto cuál sería la reacción de un turista Suizo que visitara por primera vez nuestra ciudad, si de repente se le acerca este señor con la sana intención de venderle un machete de estos!!!!! … A pesar de la globalización y de los adelantos tecnológicos, pareciera que los tiempos nunca cambian…

olivero

El Olivero que yo conocí fue otro personaje que vivió por los años sesenta y quizá setenta en Maturín, quien se la pasaba empujando una carretilla, cual Carruaje de Faetón, por los alrededores de Juanico. No sabría decir si este ser trashumante era originario del estado Monagas o habría venido desde algún estado vecino del oriente. Por otro lado, por mucho que hago memoria, no recuerdo haberlo visto alguna vez deambulando por las calles céntricas de la ciudad. Creo que vivía en una pequeña choza con paredes de barro que había construido cercano al morichal, tal vez en la zona baja del Pedagógico, y si no, donde ahora es el barrio Juanico.

Por aquellos años sesenta, Juanico era un enorme espacio con un paisaje casi desolado, por no decir descampado (lo que coloquialmente llamamos un peladero) Las pocas casas que había podían contarse con los dedos de una mano. Específicamente me refiero a toda el área donde quedaba el Colegio de Padres Dominicos Santo Domingo de Guzmán y el Colegio de las Monjas (estructuras originales, por cierto, que aún permanecen en pie), y el Club Árabe entre otros, que antes era una casa donde vivieron los Roland, dueños de Gas Roland… Este territorio lo “peinábamos” casi a diario mis amigos y yo durante nuestras innumerables aventuras, en cierto modo se trataba de nuestro patio de juegos.

Durante las diferentes excursiones diarias que hacíamos por Juanico, se pudiera decir que rara vez no fuimos sorprendidos por la aparición repentina del Loco Oliveros, quien llegaba en estampida y soltaba su carretilla, la que seguía de largo con la inercia que traía, a la vez que gritaba su frase inmortal de victoria:

            “¡Olivero aquí, Olivero allá… mañana se va para Cumaná!”

           Era esta la misma cita de todo el tiempo, y nunca modificaba la letra. Podría uno hasta presumir entonces que Olivero pudo haber llegado del estado Sucre.

Otra expresión muy suya era cuando arrojaba su carretilla asegurando que era capaz de detenerse sola porque “tenía frenos de aire” Recuerdo algo muy cómico en él, y era que parodiaba con la boca el sonido de un frenazo justo en el momento que la carretilla se detenía, o cuando la volcaba en ocasiones de manera deliberada, tan solo para llamar la atención o hacernos reír un montón. Fueron tiempos muy sanos, tiempos perdidos.

Creo que la gente que vivía por el sector en ocasiones lo recompensaba con un plato de comida o le daba algo de dinero, a cambio de llevar desperdicios o escombros para ser botados, y pienso que lo poco que pudiera haber recibido se lo gastaba en aguardiente. Muchas veces lo llegamos a ver durmiendo a pleno sol y acostado en su carretilla. Sin embargo, no recuerdo haberlo visto alguna vez trabajando de jardinero en viviendas particulares, o en obra alguna, bien como palero o batiendo cemento.

En fin, dudo que Oliveros estuviera completamente loco, pero supongo que debía tener algún tornillo flojo. Por fortuna siempre tenía disposición para todo y no parecía ser una persona agresiva.

 “¡Olivero aquí, Olivero allá… mañana se va para Cumaná!”  Pues esa era la tarjeta de presentación de “El Loco Olivero”…

CABILLERO

Por mis años de liceo, a un gran amigo y a mí se nos metió en la cabeza una loca fiebre por la lectura, queríamos leer de todo, temas científicos, sociales, antropológicos… Nunca pensé que duraría toda la vida. De pronto se nos ocurrió la idea de inscribirnos en el círculo venezolano de lectores. Escribimos a una dirección para afiliarnos y luego mediante pedidos que escogíamos en una revista que nos enviaron de vuelta, adquiríamos nuestros libros, solo había que ir al correo para retirarlos. Recuerdo que también había dos grandes librerías que siempre visitábamos en busca de libros económicos, estas eran: La librería “Libros y Revistas” la que en realidad se llamaba «Librería Atlas» quedaba al lado del cine con el mismo nombre, y la Librería Oriental, frente a la barbería del italiano Mimo. Solíamos ir todo el tiempo, luego de salir de clases, porque descubrimos la existencia de una pequeña colección que se llamaba “Colección Rotativa” Se trataba de libros de bolsillos, magníficamente empastados con tapas duras (aún conservo varios de ellos) Imagínense: clásicos de aquel momento como “El Mono Desnudo, por Desmond Morris, “Un Mundo Feliz, por Aldoux Huxley”, “Suecia Infierno y Paraíso”, “El Fenómeno LSD” … por mencionar algunos de ellos, ¡y por el módico precio de 4,50 Bs!, que de paso se mantuvo durante varios años.

Hice esta entrada por puro empeño y tan solo para establecer un punto de referencia. La cuestión era que estas librerías no quedaban muy lejos del cruce de La Av. Juncal con Av. Bolívar. Sobre cada una de las cuatro esquinas definidas por la intersección de estas avenidas había a su vez un poste.

Fue luego de que nos marchamos de la librería —casi era hora de cerrar— justo cuando veníamos caminando hacia una parada de autobús que había a pocos metros de distancia del edificio Pichel, cuando escuchamos un escándalo. Creímos que estaban haciendo reparaciones en la calle. Pero no fue así. Parece ser que cada vez que se acercaba la hora del mediodía se presentaba en alguna de estas esquinas el fulano cabillero. Es muy poco lo que puedo relatar acerca de este señor, aun cuando pude verlo unas dos o tres veces en el mismo cruce de avenidas haciendo de las suyas. Pero no me cabe ninguna duda de que estaba mal de la cabeza. A este pobre diablo no solo le faltaba un tornillo, sino varios.

Nunca supe si tendría un verdadero apodo, pues a todo aquel a quien consultaba en la calle sobre él, me decía que tenía como dos meses viniendo casi todos los días por la Av. Juncal en horas del mediodía y se abrazaba de alguno de los postes, donde sacaba luego un pedazo de hierro o una cabilla de su bolsillo y comenzaba a pegar golpes hasta que se cansaba. Una vez terminado su trabajo, cruzaba la avenida y se abrazaba al poste siguiente, donde empezaba la ceremonia de nuevo como si se tratara de todo un extraño ritual. Y así sucesivamente hasta que completaba todo el proceso.

En vista de que la gente sabía poco o nada del fulano personaje, se me ocurrió escribir esta anécdota poniéndole como nombre “El Cabillero de la Juncal”

Después de haberlo visto en aquellas dos o tres ocasiones, no recuerdo haber sabido más de él, ni en los meses que siguieron ni al año siguiente.

Tal vez nuestro personaje se trataba de algún enfermo mental con sueños frustrados de anaojosrquismo o quien sabe, si con delirios de rebeldía…

REVENTAO

Este odioso y antiestético apodo que tenía nuestro personaje —por cierto, no bien representado en la imagen de arriba, era como le decíamos todos de niños— El alias de “Reventao”, como por lo general sucede, le viene tanto por tradición como por una constante repetición oral. Es decir, uno escucha a otras personas gritándole con ese desagradable remoquete para terminar copiando la misma conducta. Lo sé, es una mala costumbre, también una total falta de respeto y hasta de personalidad, pero cuando se es demasiado carajito como para asimilar ciertas normas, ¿qué culpa se tiene? Bueno, tal vez lo que nos merecíamos era una “pela” de las buenas.

Decía al comienzo que el apodo de “El Reventao” no hacía honor a la imagen presentada arriba, porque en realidad su manera de moverse era mucho más escabrosa, para no decir retorcida. El Reventao caminaba doblando una de sus rodillas desagradablemente hacia atrás. En una ocasión se lo pregunté a un amigo médico y me dijo que es una suerte de alteración, conocida como Genu Recurvatum, debido a una deformidad en su articulación. Para ser franco, el caso de este señor me parecía extremo, y exagerando un poco, debería llamarse algo así como “Genu Reventarum”

Como chicos que éramos al fin, cada vez que lo veíamos venir de lejos, aguardábamos a que se adelantara lo suficiente para luego gritarle “¡Ah Reventao!”

No estoy muy seguro qué era más repugnante, si aquel modo chocante de caminar, en el que hacía un vaivén continuo de sube y baja, o el matiz encolerizado que tomaba la expresión de su rostro cuando se molestaba. De hecho, su sola manera ya de caminar, subiendo y bajando, además de cimbrar aquella pobre rodilla hacia atrás, causaba temor. La cuestión es que luego de aquellos insultos que le pegábamos en grupo, entre risas y de forma repetida, el hombre se daba vuelta no solo para soltarnos todo un rosario de palabras indecibles, sino para arrojarnos con semejante “arrechera” todo aquello que estuviera al alcance de sus manos…

Recuerdo que Al Reventao se le veía recorriendo las calles de toda la ciudad, era raro no toparse con él a lo largo de la semana, y la verdad es que jamás lo vi pidiendo limosna alguna vez. Es probable, como lo hacía cualquier otro trabajador del campo, que tampoco tuviera impedimento para coger un machete en las manos y ponerse a charapear…

 

CARÚPANO

Al igual que “El Reventao”, «Carúpano» fue otro personaje popular de la Maturín de ayer. Si bien su andar no era tan «estropeado» como aquél, al menos el pobre se desplazaba por las calles con menos torpeza. Carúpano siempre se ayudaba con un bastón, o más bien deambulaba de un lado a otro acompañado de un palo largo, aunque algo maltrecho y ordinario, ni de vaina tan elegante como un Báculo papal. Si había algo que lo condenaba, lo era el hecho de que poseía un acervo lingüístico por demás escatológico. Me explico, cuando andaba de mal humor o alguien lo fastidiaba, por su boca solo brotaba inmundicias y rosarios ofensivos de todo tipo. Y no solo eso, su imagen como persona era desagradable, había algo colérico en su mirada que casi rozaba lo demoniaco. Estimo que uno de los motivo de su irritación se debía porque los chicos solían meterse con él… másde la cuenta. Más tarde descubrimos algo que lo encabronaba de verdad. Se puede decir que mucha gente lo conocía y supongo que sabía un poco de su historia pasada.

Estoy seguro de que cuando lo vi ese día, su apariencia no debió de reclamar mucho mi curiosidad, pues no era la primera vez que veía a un hombre mayor caminando con una suerte de garrote, excepto por el tamaño de semejante estaca. Este señor debió modificarlo a medida que transcurrió el tiempo, ya que esa vez que lo vi tuve la impresión de que era más largo que un bastón de apoyo estándar. Posteriormente, cuando lo vi de nuevo, lo llevaba recortado como haya tenido que defenderse de algún ocioso quebrándoselo en la espalda

Recuerdo que Carúpano solía pasar a diario frente al colegio donde yo estudiaba, creo que yo cursaba quinto o sexto grado. Cuando lo vi cruzar la calle, los muchachos le gritaron consignas de todo tipo como, «Renco padrón, Renco Plantao…» y cosas por el estilo. Entonces no tenía idea de por qué lo hacían. Ante toda aquella metralla de ofensas, este señor tan solo se daba vuelta para disparar cuantas groserías sabía, y continuaba su camino. En algún momento, alguien nos dijo a mis amigos y a mí que lo llamáramos por su apodo, o más bien que le gritáramos: ¡¡¡Carúpanoooo, Carúpanoooo!!!

Pues mal negocio aquel, eso no parecía oler bien.

Alimentados por esa semilla maligna y sin poder aguantar las ganas de verlo de nuevo, el día llegó al fin. Tan pronto como nos dio la espalda le gritamos a todo pulmón: «¡¡¡Carúpano, Carúpano!!!» El hombre se dio la vuelta como si fuera un depredador y se quedó inmóvil escaneándonos. Sus ojos, fijos en todos nosotros, echaban chispas, fue como ver al propio anticristo en persona. Carúpano se transformó en una suerte de bestia descontrolada, repeliéndonos al principio con cuantas groserías ya sabíamos, así como con algunas nuevas por aprender.

Lo cierto en todo esto es que Carúpano se enfurecía como un Miura, solo le faltaba despedir humo por la nariz. Luego de escuchar alquellas palabras malditas, las que repetíamos entre risas y de forma insistente, buscó con desespero sobre la acera y nos arrojó lo primero que encontró a la mano. A fin de cuentas, ningún herido.

Lo que nos intrigaba saber era, por qué aquel pobre hombre de semblante irascible y mirada perversa, pero que nunca vimos meterse con alguien, perdía su esencia humana para convertirse en semejante monstruo.

Bueno, al fin nos enteramos del motivo, o al menos eso fue lo que algunas personas, serias creo, nos explicaron más tarde. Parece ser que, durante una madrugada en los años sesenta, cuando estalló una insurrección militar en el estado sucre conocida como el Carupanazo, nuestro personaje tuvo la mala suerte de ser alcanzado por un proyectil en la región de la espalda (por fortuna no quedó paralítico)

«Muchacho no es gente», así reza el dicho coloquial. Refiero esto, pues sabiendo aun la historia de Carúpano, en lugar de tener consideración por lo que le había sucedido en el pasado y ser indulgentes con el pobre, solo nos bastaba saber que tal apelativo era el catalizador que lo incendiaba por dentro, ya que desde ese día no anhelábamos otra cosa que encontrarnos nuevamente con el señor Carúpano para sacarle en cara la espina que lo molestaba.

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Klin-Klin fue un personaje muy popular y bastante conocido por todos los maturinenses, sobre todo en los años setenta. Yo no tuve ocasión de intercambiar impresiones con él, aunque me lo encontraba con frecuencia por la ciudad, tan solo poseo vagas referencias de quienes me hablaron de él. Lo veía mucho por la iglesia San Simón o en los alrededores de la plaza Ayacucho, cuando solía ir a la librería Oriental en pesca de algún libro interesante. Pese a su intimidante apariencia y sobre todo su estrafalaria vestimenta, el Klin-Klin que yo conocía —insisto, solo de vista— no parecía ser la de una persona agresiva o peligrosa.

Parece ser que Klin-Klin fue un ciclista que llegó a destacar en sus mejores días, y escuché también que tenía un hijo que se la pasaba lavando algunos automóviles que se estacionaban a lo largo de la misma plaza. Decía que el viejo Klin-Klin, a quien veía entonces todo el día rodando para arriba y para abajo en una bicicleta, solía meterse los pantalones dentro de las medias y llevaba su pecho forrado con toda clase de collares, medallones y crucifijos. Muchas veces lo vi parado en el portal de la iglesia y solía echar bendiciones a todo aquel que entraba o salía.

Recuerdo que en una ocasión asistí a una boda, precisamente en la iglesia San Simón, y en el momento que los novios venían saliendo, este pasaba por el frente. Al advertir a la pareja de recien casados, subió las escalinatas y se detuvo en el pórtico para hacerles la señal de la cruz. Parece ser que al padre de uno de los novios no le gustó el que Klin-Klin se haya tomado semejante atribución, por lo que intentó echarlo de la iglesia cogiéndolo por el brazo. Pues, malo, malo, malo… como que ese no era el mejor día del feliz suegro, ya que «El tiro le salió por la culata». La reacción inmediata de Klin-Klin fue totalmente inesperada y sobre todo violenta, ya que empujó al señor con tal fuerza que le hizo perder el equilibrio y resbalar aparatosamente sobre los peldaños de la iglesia, al mismo tiempo que lo rellenaba de maldiciones de todos los tenores. Finalmente, Klin-Klin terminó de invocar la protección divina para los novios y se marchó tranquilamente del templo.

A propósito de lo sucedido aquella tarde en la iglesia, recuerdo que un viejo amigo, muy entendido en el imaginario colectivo de los refranes, cuando ocurría alguna situación parecida citaba algo como: «A veces es mejor meterse con la vela y no con el santo…» No estoy seguro si repetí el adagio en forma acertada, pero en todo caso, supongo que una bendición haciendo la señal de la cruz no le hubiera daño a nadie, claro está, siempre que se invoque al santo correcto. ¿No creen?

CORREITA

A diferencia de los personajes aludidos de la Maturín de ayer, “Correíta” en cierto modo fue también una figura popular, solo que no era notable socialmente hablando. Era tal vez más conocido en ciertas zonas de «tolerancia» (Nota: no quiero significar con esto que anduviera o frecuentara sitios rojos o aquellos lugarares donde estuviera concentrada la prostitución u otros negocios relacionados con la industria del sexo) tan solo me refiero a lo que popularmente solemos llamar como los «bajos fondos» Por lo tanto, su presencia no era notoria en los alrededores de la ciudad de forma pública como cualquier otro personaje con el que podíamos toparnos de repente en las calles de la ciudad. Digamos que Correíta era alguien célebre en lugares, públicos o no, donde había que andarse con cierta suspicacia, o como decimos aquí… «Mosca»

Correíta debe su particular apodo debido al cinturón que usaba, y no porque lo utilizara para escarmentar a sus hijos o azotar a otras personas como solía hacerlo el Monero mayor en la plaza del pueblo durante las fiestas del «Mono de Caicara», bailando al son del Maremare— tampoco porque se tratara de una correa de marca como Balenciaga, Salvatore Ferragamo o bien un Versace, no, no, nada que ver. Su cinturón era la cosa más ordinaria que se puedan imaginar. Su fama le viene porque la utilizaba para realizar apuestas contra otras personas.

Resulta que Correíta era una suerte de Ilusionista, digamos más bien un mago del «Ocultismo», o en otras palabras, un verdadero artista en los oscuros oficios de la apariencia, del escamoteo y del engaño. Un hombre sumamente hábil con las manos, y que de alguna manera te seducía para realizar apuestas con el fin de lucrarse. Una vez creía ver una posible presa lanzaba el anzuelo. Enseguida montaba el show, es decir, «la carnada». En ocasiones era ayudado por un par de colaboradores y que eran parte de su espectáculo, lo que algunos llaman “Payasos”, quienes lo acompañaban y se encargaban de incitar la parte teatral donde el incauto ganaba un par de veces, vendiéndole así la falsa percepción de que tenía suerte, todo esto con el propósito de que cuando se entusiasmara y aceptara subir la apuesta, bien fuera con dinero en efectivo o apostando su reloj, cerraba su acto final donde la víctima caía irremediablemente en una trampa y terminaba perdiendo.

Aquel acto era muy sencillo, al menos a simple vista lo parecía. Pero una vez que el apostador se decidía a jugar, ya era tarde. La función consistía en que Correíta se quitaba el cinturón y lo enrollaba con la mano rapidamente formando una doble espiral, algo parecida a la imagen de arriba. A continuación, le facilitaba a la víctima un bolígrafo (en ocasiones se podía utilizar el dedo) y le decía que lo introdujera en el centro de la espiral. Una vez que soltaba el cinturón, si este quedaba atrapado por el bolígrafo, el Gambler ganaba la apuesta, de lo contrario el mago resultaba vencedor. Por supuesto, este teatro lo repetía varias veces para cebar al inocente. En la última parte del espectáculo, como siempre, este perdía. Créanme, no había forma ni manera de ganarle a Correíta, a menos que él lo quisiera.

PATIN

Patín fue otro personaje a quien tuve ocasión de conocer a finales de los años sesenta, si bien conversé con él una sola vez, con frecuencia me lo encontraba por diversos rincones de la ciudad.

Su apodo le viene porque estaba impedido de las dos piernas, pero aun cuando estas le faltaban, para desplazarse se valía de un patín sobre el que llevaba montado el resto del cuerpo. La verdad es que no sé si padecía de alguna forma de malformación, creo que el término médico se conoce como Amelia (ausencia congénita total o parcial de una o varias extremidades) o que estas estuvieran reducidas a un muñón que llevaba disimulado bajo la prolongación de su franela. Pese a su impedimento físico, Patín no solía pedir limosna en las calles, por supuesto si le ofrecías, digamos que una camisa, una gorra o incluso dinero en efectivo, este lo aceptaba con gusto. Tengo entendido que era una persona conversadora, aun cuando la nuestra fue muy breve, al menos esa fue la impresión que tuve luego de que me diera una lección que nunca olvidaré.

Había salido temprano del liceo y pasé a saludar a un amigo que estaba en casa de una compañera, creo que tenía algo que ver con recoger unos apuntes de clases. Esto fue exactamente por la Av. Rivas, a escasos metros del antiguo teatro Monterrey. Yo aguardaba a mi compañero en la puerta de la vivienda y recuerdo que estaba molesto por algo aunque no logro rescatar de mi memoria el motivo. En medio de mi distracción sentí que alguien tiraba de mi pantalón a nivel de las rodillas. La verdad es que no le di importancia hasta que me preguntó qué era lo que yo tenía. A continuación, transcribo más o menos lo que ocurrió en cosa de tres o cuatro minutos que duró nuestro intercambio.

         «¿Y qué tiene el amigo?».

          Sin prestarle atención, dije casi por inercia, y con un humor de perro:

         «Jodío vale, ¿no estás viendo?».

          A lo que Patín me respondió:

         «¿Jodío compay…?  «Nojoda», jodío estoy yo, vea».

         Que puedo decir. Lo cierto es que no pude más que sentir verguenza y agachar la cabeza… Bueno, lección aprendida. Que la enseñanza me sirva de reflexión para ver y participar de la realidad que afecta a otros.

        Que yo recuerde, aún no había visto a nadie andando con un Skateboard por Maturín, lo que le habría sido a Patín más útil, o en el mejor de los casos una silla de ruedas, que de paso creo que ningún gobierno de entonces se la facilitó. Pienso a veces que debió ser incómodo para el pobre tener que desplazarse todo el tiempo de ese modo y utilizar las manos para empujarse y mantener el ritmo de movimiento, pero supongo que nuestro amigo ya estaba acostumbrado.

BOA

La vieja Carmen creo que así le decían si mal no recuerdo era un personaje que moraba por las inmediaciones del morichal que discurre a lo largo de un discreto valle que queda entre el Pedagógico y el actual barrio Juanico. Tal vez no era una figura popular o muy conocida en Maturín, excepto por sus propios vecinos y de los que vivíamos colindantes al sector que ella frecuentaba.

El lento curso de este morichal cuyas aguas, por cierto, solían ser muy cristalinas en otros tiempos y que discurre con rumbo de oeste a este detrás del antiguo Ministerio de Agricultura y Cría (MAC), entiendo que tiene su desembocadura en algún lugar de lo que fuera el antiguo balneario de Laguna Grande, hoy no es más que un caño de aguas putrefactas. Cualquiera puede constatar esto tan pronto cruce el puente sobre el morichal y que va hacia el pedagógico.

Cuando tenía unos nueve o diez años de edad, yo acostumbraba ir con frecuencia a casa del señor Doover o Düver, un vecino amigo y de origen alemán quien vivía con su esposa al lado de la casa de mis padres. Por lo que recuerdo, este señor arreglaba plantas eléctricas, reconstruía baterías y tenía por afición la cría de palomas. Por aquél entonces aún no se había construido la Av. Raúl Leoni como tal, y la vía que pasaba por allí era conocida como “La Carretera del Sur”, con sendas cunetas que corrían paralelas y se prolongaban en sentido norte casi hasta el comienzo de la Av. Bolívar.

Cuando visitaba al señor Doover para ver su cría de palomas, en algunas ocasiones veíamos ir y venir a “La Vieja del Morichal” (Carmen) a quien algunos moradores de la zona también llamaban “La Vieja del Bajo” Siempre iba hablando sola, en voz alta, otras veces, peleando consigo misma. Más de una vez la vi llevando al hombro alguna que otra de sus acostumbradas cargas: Racimos con Moriches (fruto), dos o tres Iguanas amarradas, cuando no un mono aullador (Araguato rojo) y que de algún modo habría capturado mediante la colocación de trampas estratégicamente escondidas por las terrazas del morichal, o bien una pareja de loros, los que supongo sería para venderlos en el mercado viejo.

Cierta mañana, mis amigos y yo bajamos a un remanso —suerte de pequeña laguna que formaba el morichal cuando cruzaba al otro lado bajo la carretera— al que solíamos ir a pescar muchas veces. En ocasiones veíamos allí a “La Vieja del Bajo” lavando ropas en las orillas, lo que de paso resultaba en cierta forma frustrante porque no nos quedaba más remedio que olvidarnos de pescar ese día. Sin embargo, aquella mañana decidimos nunca más volver a pescar a la ensenada, y a continuación explico por qué:

Resulta que justo en el momento que bajábamos hacia la pequeña hondonada, vimos a la vieja subiendo hacia la carretera remolcando algo que nos estremeció. Amarrada por medio de un pedazo de alambre, la que iba enrrollada alrededor de la cabeza, La Vieja Carmen sacaba en arrastras a una enorme Boa constrictora (quizás una anaconda o alguna otra variedad de las llamadas de forma popular «Tragavenados», no sabría decir qué especie) Esta tendría cuando mucho unos 6 o 7 metros de longitud, algo pequeña, si consideramos el que éstas pueden crecer hasta 12 y 14 metros de largo. Era la primera vez en mi vida que veía una de cuerpo entero fuera del agua.

Recuerdo que mis amigos y yo cruzamos la carretera a toda velocidad esa mañana para avisarle al señor Doover del increíble hallazgo de la vieja. Aquella cosa monstruosa, gruesa como una botella de refresco tamaño familiar, debió pesar todos los kilos del mundo, aún más tratándose de una pobre vieja que hacía esfuerzos para arrastrar aquel cuerpo pendiente arriba. ¿Hasta dónde condujo la Vieja Carmen su presa?, es algo que nunca supe, pero lo que sí sé es que a partir de ese día jamás nos atrevimos a pescar de nuevo en aquella cándida ensenada, y desde entonces comenzamos a ver a “La Vieja del Morichal” con cierto recelo…

Panji

Otro personaje popular de aquellos felices años sesenta, y quien estoy seguro de que muchos conocieron, fue “Panjí”, llamado de ese modo por muchos de los que se acercaban a la estación de servicio “Rojas” a recargar combustible —por cierto, ubicada aún y en el mismo lugar, sobre la margen oeste de la avenida Raúl Leoni.

Cada vez que los chicos hacíamos una parada obligatoria en la estación para surtir nuestros tanques de gasolina, (cosa que hicimos a menudo cuando alguno sacaba a escondidas el automóvil de papá o bien cuando uno o dos años más tarde correteábamos haciendo locuras en nuestras motocicletas), Panjí se aparecía de repente. En ocasiones recogía y ordenaba las mangueras del cuarto de lavado y engrase de los autos, pero cuando escuchaba un auto o una moto llegar, acudía resuelto en busca de una propina. Panjí cojeaba, tenía un caminar de vaivén, a veces algo tambaleante que daba la impresión de que iba a caerse hacia un lado. Siempre nos abordaba con una sonrisa lastimosa y estiraba la mano para decir: “Pan-Jiiii”

Habiendo llegado cierto día para abastecernos de gasolina, nuestro amigo Panjí, igual que siempre, con aquella sonrisa disimulando un dolor a medias, salió a nuestro encuentro:

«¡Panjiiii…!».

«¡Coño Panjí, nos dijeron que tienes una novia, sinvergüenza!».

Nuestro amigo solía sonrrojarse haciendo un gesto con las manos como si fuera a aplaudir.

No quiero darlo por hecho, pero estimo que, para entonces, Panjí debía tener entre unos (17 y 20) años de edad. Este personaje, digamos que de caminar inexacto, para no decir torpe, poseía una suerte de malformación ósea en su cráneo y cara, exhibiendo limitaciones para hablar, más no para entender lo que se le decía. Tal vez, y debido a su anomalía congénita, era difícil saber si Panjí te miraba a la cara cuando le estabas hablando, ya que metía un poco los ojos, pero estoy seguro de que si prestaba mucha atención.

Desconozco si sus padres estaban vivos entonces, y de ser ese el caso, ignoro si se llegaron a visitar alguna vez. Si mi memoria no me falla, Panjí vivía solo, es decir, no tenía vivienda propia. Mi grupo de amigos y yo sabíamos que dormía en una pequeña edificación abandonada que quedaba a pocos metros de la estación de servicio en cuestión, donde en algún tiempo pasado funcionó una distribuidora o pasteurizadora de lácteos llamada Mildosa, C.A. (Tampoco puedo asegurarlo del todo, pero es muy posible que ese tan solo fuera el nombre del edificio, ya que la fachada principal lo tuvo resaltado en letras grandes y se mantuvo así hasta casi finales de los noventa, por lo que la leche que se distribuía bien pudo haber sido de la marca Silsa). Este edificio, de dos pisos, nunca fue derrumbado y en la actualidad es un concesionario de autos.

¿POR QUÉ “PANJÍ”, QUÉ CLASE DE ALIAS ERA ESE?

Para empezar, Panjí no era su nombre verdadero, aunque ignoro cuál era. Tampoco se trataba de un mote despectivo ni mucho menos ofensivo, ya que él mismo era quien lo decía. Supongo que antes que mis amigos y yo, algunas otras personas a quienes también les habría parecido peculiar aquella suerte de salmodia repetitiva, debieron haber reparado en ese detalle y deducido el significado de semejante anagrama sin tener que preguntárselo a otra persona. Pero vayamos al grano: ¿Por qué nuestro personaje repetía a todo el mundo la misma balada, y por tanto de dónde viene esa suerte de apodo? En caso de que buscaras averiguarlo, preguntándoselo a él mismo en persona, siempre te salía con la misma canción, pues era lo único que sabía decir. Sin habérselo preguntado a nadie averiguamos que lo que nuestro amigo quería significar con aquella sencilla “ecuación de primer grado” era que le diéramos sencillo para comprarse un Pan y un refresco Hit, bien fuera con sabor a piña o naranja. El caso es que tan pronto te estacionabas junto al islote de la estación de servicio para poner combustible, Panjí salía de algún lugar para limpiarte el parabrisas, o bien los faros de luz (delanteros y traseros), y tan solo a cambio esperaba que le dieras una propina de 0,50 céntimos de bolívar, más que suficiente para comprarse lo que quería: un pan y un refresco hit, y para ello, con su sonrisa de siempre te decía de entrada “Pan-jiiii”.

Era divertido bromear con Panjí, pienso que a él le agradaba el que las personas se jugaran con él, a la final la gente siempre terminaba dándole una recompensa y quizá él de algún modo lo sabía. Fueron tiempos sanos aquellos. Inclusive, Panjí siempre tenía la mejor disposición para hacer un mandado o llevar un recado si se lo pedías, no importaba cuán lejos lo enviaras, ya que de regreso tan solo esperaba su premio para comprarse un pan y una hit. Tampoco era necesario escribirle el pedido en un papel, Panjí tenía una memoria increíble. Pero ¿de qué medio se hacía entender con la persona o el despachador de la bodega…? Quién sabe, quizá mediante lenguaje de señas, o apuntando en el aparador aquello que buscaba, el asunto es que Panjí siempre venía de regreso con el mandado correcto en una bolsa. En ocasiones le pedíamos que lanzara un piropo a alguna chica que estuviera pasando por el lugar, pero Panjí se sonrojaba y ocultaba la cabeza con un dejo de vergüenza. Jamás le vi puesto un par de zapatos viejos siquiera, todo el tiempo llevaba calzado unas alpargatas remendadas, a veces caminaba llevando puesta una sola y el otro pie descalzo, sin embargo, Panjí mostraba la sonrisa de siempre en la boca, demacrada y lastimosa sin duda. Es muy probable que Panjí nunca estuviera consciente de su condición ni de su carestía, lo cierto es que todo el tiempo se le veía feliz. Ese era el gran Panjí.

¡Pan-Jiiii…!

MATURÍN, PERSONAJES DE LOS 60 y 70 (Anécdotas de ayer)

EL DÍA QUE CONOCÍ A PETER O’TOOLE (Anécdota verdadera)

 

Esta peculiar anécdota aconteció en el lugar donde yo crecí, Maturín, una lluviosa ciudad ubicada en la región nororiental de Venezuela y capital del estado Monagas.

Transcurría el año 1970, y me atrevería a asegurar que fue a mediados de abril, quizás a comienzos de los cálidos días de Semana Santa. Aún puedo recordar como si fuera ayer, que un gran amigo de juventud a quien llamábamos “El Viejo” y yo habíamos salido de clases y, debido al calor que hacía, decidimos acercarnos a una fuente de soda («El Capri», para ser exacto) —muy frecuentada entonces por nosotros y lugar de encuentro constante de los pobladores de nuestra ciudad— para aplacar el calor y refrescarnos un poco.  

Me acuerdo muy bien que nos sentamos en la terraza exterior del establecimiento y pedimos unos refrigerios para pasar un rato conversando. Es muy probable que mi amigo y yo hubiéramos estado cuadrando algún horario para estudiar durante aquellos tres o cuatro días de asueto con el propósito de ponernos al día con nuestras tareas. Notamos que las mesas permanecían vacías, tal vez debido a la hora del mediodía, excepto una donde había un señor sentado, sin compañía, como a cuatro mesas en diagonal a la nuestra. Tenía un claro aspecto extranjero, y estaba vestido con ropas sencillas.

Luego de algunos minutos eché un vistazo rápido por la terraza del local, fijándome sin interés en el hombre que estaba sentado mientras continuábamos conversando. El mesero se acercó a traernos el refrigerio, fue luego hasta la otra mesa a llevar una nueva cerveza y retiró la jarra vacía que había. No sé por qué, pero volví a fijarme con algo más de atención en el señor, ya que me parecía haber visto antes esa cara en alguna parte. Le hice un breve comentario a mi amigo acerca de que me daba la impresión de haberlo visto antes, pero este me dijo que estaba seguro de que era la primera vez que lo veía, que quizá tendría cierto parecido con alguien a quien vimos en alguna revista. Sin embargo, después de unos minutos mi compañero me dio un tirón por el brazo para que viese hacia la mesa. El hombre nos gesticulaba de lejos. Ambos nos giramos de medio lado y volteamos a mirar hacia la calle pensando que el señor tal vez le hacía señas a otra persona que pasaba. No fue así. Luego de eso alzó la jarra de cerveza, y poniéndola en alto continuó haciéndonos señas mientras pronunciaba en un terrible español:

           —¡Ceveza, ahhh!… ¡Ceveza!

        Asumiendo que habíamos entendido de manera correcta el mensaje, le sonreímos e inmediatamente hicimos lo mismo, levantamos nuestros refrigerios y devolvimos el brindis:

          —¡Salud! —respondimos al mismo tiempo.

          En ese momento me lo quedé mirando por unos segundos…

Mi cabeza comenzó a rebobinar, algo me seguía diciendo que sí había visto al personaje ese en algún otro lado. Si hay algo que siempre me ha gustado, es leer un buen libro y disfrutar de una película. Por aquellos días yo era algo así como un ratón de cine —creo que mi amigo El Viejo no tanto— y en ocasiones alardeaba acerca de que conocía de memoria los nombres de la mayoría de los actores de la gran pantalla de entonces. De pronto, volví a mirar hacia la mesa, esta vez con disimulo, y cogí por el brazo a mi compañero:

         —¡Coño, viejo, yo lo sabía! —le dije—. ¿Sabes quién es ese carajo que está sentado frente a nosotros?

         —¿Quién? —me dijo levantando la cabeza y mirando a la mesa donde estaba el señor.

      —¡Coño, no vas a creer esta vaina! —le respondí emocionado y en voz baja—… ¡Peter O’Toole pana, el actor de cine! ¿¡Recuerdas la película “Lawrence de Arabia”!?

        Por supuesto, mi amigo me vio a la cara como si yo estuviera mal de la cabeza y largó la risa reprochándome al mismo tiempo con algo como:

          —¡Bolsa, para qué coño va a venir un actor de cine británico aquí, y precisamente a un pueblo como Maturín!

           —¡Viejo, te digo que el catire ese es Peter O’Toole, estoy más que seguro de lo que te estoy diciendo!

         Seguimos observando con curiosidad al señor, quien de repente nos hizo señas para que nos acercáramos a la mesa donde él estaba sentado, y aunque sea algo un tanto difícil de creer, nos invitó a tomar unas cervezas con él.

Voy a recrear a grandes rasgos la conversación que tuvimos con él, aunque no de manera exacta, puesto que sería imposible recordar al pie de la letra todo lo que hablamos esa tarde, sin embargo, aún conservo en mi memoria algunos fragmentos que me han sido imposible olvidar.

Cuando mi amigo y yo estuvimos ante la mesa, justo antes de tomar asiento, lo primero que se me ocurrió fue señalarlo con el dedo y decirle ¿Peter O’Toole? —a mí no me entraba en la cabeza que tenía ante mi sentado a una estrella británica famosa como él, precisamente en Maturín como dijo mi compañero, y mucho menos que nos hubiese invitado a libar unas cervezas con él—. El actor sonrió haciendo una ligera reverencia de la cabeza e hizo señas al mesero para que trajera tres cervezas a la mesa.

           —¡Ceveza! Correct? —dijo alzando la jarra y repitió—. ¿¡Ceveza!?

        Enseguida le corregí deletreando pausadamente ¡Cer-ve-za!, cerveza. Él trató de pronunciarlo, pero igual no supo decirlo bien.

           —Do you like movies?

           —Yes, we do! —dije alardeando un poco.

           —Have you ever seen Lawrence of Arabia?

         —¡Sure, we did!, maybe two years ago —respondí mirándole la cara a mi amigo y enseguida le pregunté—: Did you die in that movie at the end?

          —Well, he did. Not me really… Are you following me? —sonrió.

          —A little, yes. Sorry, I was joking too.

          —What kind of movies do you like?

          —Action movies —dije por decir algo.       

          —Perhaps you will like this one.

       Estoy seguro de no haberle entendido eso último que dijo, puesto que para ese momento ignoraba que se estaba filmando una nueva película con él en el papel protagónico. Recuerdo entonces que la conversación se interrumpió un momento porque se acercó apresuradamente una joven asistente, quien hizo señas al actor indicándole que había llegado la hora de marcharse, y que se retirara a una van que estaba estacionada al frente de la terraza. O’Toole, entregó al mesero un billete verde de diez o veinte dólares para pagar lo consumido, pero este no reconocía el tipo de cambio. Nuevamente se aproximó hasta la mesa la joven asistente, quien terminó entendiéndose con el empleado. Peter O’Toole se despidió cortésmente de nosotros haciendo un gesto con la mano, pero luego de haber avanzado algunos pasos, se detuvo:

          —Sorry, what are your names?

          —My friend is Salazar. I am Mahoney.

          —Sa… lazar… Salazar, Mmmm —pronunció con dificultad—… and you said Mahoney?

          —My Mother’s last name —respondí.

          —Is she Irish?

          —No sir, she is from EE.UU.

          —But that’s not an american name.

         —¿No? —dije algo extrañado, puesto que hasta donde yo tenía entendido, mi vieja y el resto de su familia son gringos.

          —No way! That is an Irish name. Have you ever been to Ireland?

          —Never, sir.

         —That’s a shame. Well, I have to leave my friends, so don’t go doing bloody things, hope to see you soon.

         Wow!… pensar que todo esto aconteció en la mismísima terraza de la fuente de soda Capri de Maturín, un cálido verano de 1970…

Años más tarde, por cierto, supe que ese filme en el que Peter O’Toole fue el protagonista principal, se había estrenado como: La Guerra de Murphy, (Murphy’s War). Cabe resaltar que fue rodada íntegramente sobre las márgenes del río Orinoco, en la frontera del estado Monagas con Bolívar. Quizá eso explique en parte su presencia en Venezuela, sin embargo, nunca pude averiguar qué hacían en Maturín ese día, así que lo único que se me ocurre es especular que el actor y una parte del personal técnico hayan venido desde el estado Bolívar de paseo por la ciudad y que tal vez se detuvieron frente al antiguo supermercado CADA para realizar algunas compras de última hora. Mientras tanto, el irlandés mitigaba el calor tomándose unas cervezas. Por cierto, este mítico supermercado quedaba justo al lado de la fuente de soda Capri.

Como comentario adicional, la película “La Guerra de Murphy” se rodó entre 1960 y 1970, sobre las márgenes del río Orinoco, muy cerca de los castillos de Guayana, y el submarino alemán que aparece en la filmación era el submarino Carite S-11, prestado por la marina de Venezuela para el rodaje. Este dato y las fotos del submarino fueron tomadas de la página web FAV-CLUB Venezuela.

EL FANTASMA DE BERGANTÍN (Anécdota verdadera)

FANTASMA

Recuerdo que en dos o tres ocasiones —durante algunos viajes en los que acompañé a papá por los estados vecinos— mi viejo me contaba una y otra vez cierta historia acerca de un fantasma que solía aparecerse durante las noches en los alrededores de Bergantín, pueblito donde él nació y vivió su juventud al lado de sus padres y demás hermanas. Según me relataba, estas supuestas apariciones habrían ocurrido entre los años 1910 y 1912 (apenas había finalizado el siglo XIX), por lo que él tendría alrededor de unos diez o doce años de edad.

Para no dispersarme hablando de la geografía y sobre los atributos de esta hermosa región montañosa, puesto que en las redes se encuentra información más precisa que la que yo pueda aportar y porque tengo muchos años que no voy, solo me atreveré a decir que Bergantín es una región cafetalera y frutícola por excelencia, cuyo poblado queda emplazado entre ríos y quebradas, al noreste del estado Anzoátegui. No sé por qué, pero jamás he podido olvidar que fue allí, en un pequeño galpón o tal vez en la enorme sala de una casa muy vieja, donde vi una película mexicana del año 1952 que se llama “Pepe el Toro”, cuyo protagonista fue Pedro Infante.

A pesar de mi edad (tendría entre ocho y diez años quizás), yo no creía en tales cuentos de espectros ni apariciones, pero de solo escuchar a mi viejo contándome la misma historia por cuarta o quinta vez, me daba mucha gracia y me hacía reír. La verdad es que ninguno de nuestros padres acostumbró asustarnos a mi hermana o a mí cuando fuimos niños contándonos semejantes leyendas, y tampoco se lo permitía a las empleadas de casa, a las que les fascinaba relatar aquellas historias acerca de espantos o de pequeñas y extrañas llamas flotando en el aire por los cementerios y que supuestamente habían visto por las noches. Como no sea que se estuvieran refiriendo al fenómeno conocido como “Fuego Fatuo”, que, de paso tampoco ha sido bien explicado. Sin embargo, a mí me extrañaba mucho cada vez que me relataba la historia del fantasma, pues me la narraba como si realmente hubiera sucedido de verdad o él mismo la hubiera vivido en persona. Mi papá nunca me llegó a dar explicaciones acerca de aquel aparecido, tan solo contaba la historia al mismo tiempo que parecía disfrutarla riéndose él solo, cosa que yo no entendía. Tal vez era eso lo que a mí me daba mucha gracia, verlo soltando aquellas carcajadas hasta un momento en que se ponía colorado y empezaba a toser.

El caso es que este supuesto aparecido, espanto o como quiera llamársele, cuando menos se lo esperaban abordaba de manera repentina a las personas en el camino cada vez que comenzaba a oscurecer o caía la noche y cada vez que salía o venía alguien llegando al pueblo —que de por sí tenía una iluminación débil debido al voltaje insuficiente que había— produciendo al mismo tiempo unos extraños sonidos guturales, para enseguida volver a desaparecer por entre los matorrales o la maleza. Supongo que esto debió crear cierta confusión o dudas a quienes no le dieron crédito al principio, quizá por ser la primera vez que alguien veía de manera tan real una “aparición”, hasta que volvió a suceder y se fueron propagando algunos rumores en el pueblo. Mi papá me aseguraba que estos rumores llegaron a tal extremo, que muchas personas se negaban a salir después de las seis de la tarde o cuando comenzaba a ocultarse el sol. Incluso, me decía que su mamá le suplicaba que no saliera de casa a jugar en la calle por las tardes. Yo le preguntaba que si no le daba miedo salir por las noches como a las demás personas.

           «No hijo, porque nada de eso es verdad, no son más que supersticiones. Mira, por aquellos tiempos, la gente de los pueblos era muy ingenua», me decía fabricándome un guiño con el ojo.

          Aunque me conformaba con esa respuesta, estoy seguro de que intuía que había un significado oculto en aquel misterioso guiño. Durante uno de aquellos viajes que hicimos juntos, papá me llevó al pueblo de San Mateo, también en el estado Anzoátegui, para visitar a su hermana mayor. Sé que era el día de los santos difuntos, puesto que fue la única vez que vi llorar a mi papá al observarlo aquella tarde apoyado sobre una lápida en el cementerio. Advirtiendo mi cara de desconcierto, él le pidió a una tía mía que me llevara a caminar por allí para que me distrajera. Supe horas más tarde que el motivo se debía a que en ese lugar yacía sepultada su mamá. Recuerdo que esa noche apenas dormí unas horas —por primera vez lo hacía en un chinchorro— porque estuve en vela hasta la madrugada sin poderme sacar esa imagen de mi viejo derramando lágrimas.

El día que nos tocaba regresar a casa, sé que en algún momento estuve a solas de nuevo con esa tía y le pregunté que si en San Mateo salían fantasmas por las noches. Ella parecía algo sorprendida por aquella interrogante tan extraña, aunque supongo que debió decirme que no, o algo parecido, por lo que yo seguramente le insistí con otra pregunta:

           —¿Y en Bergantín?

           —¿En Bergantín…?  —ella hizo una pausa y se me quedó mirando—. ¡Niño!, ¿y quién te dijo algo así?

             —Mi papá… Él me dijo que allá salía un fantasma de noche vestido de blanco.

            Es probable que mi tía atara algunos cabos sueltos durante unos segundos, porque después largó la risa y me preguntó muy expresiva que si mi papá no me había dicho que había sido él quien algunas veces se tapaba con una sábana, simulando ser un fantasma, y se escondía por entre el monte para luego asustar a la gente del pueblo por las noches.

           Mi tía notó mi cara de confusión.

           —Tu papá hizo lo mismo más de una vez, sin que nadie descubriera que había sido él. Muchas personas en el pueblo se aterraban cuando llegaba la noche. Los campesinos que trabajaban el campo venían al pueblo solo en las mañanas, en mula o montados en burro, y las muchachas no querían salir a caminar por las tardes. La gente cerraba las puertas de sus casas y se recogía temprano.

        Interpretando entonces mi asombro, como el que no entendía el motivo por el que mi padre pudiera hacer algo semejante, comenzó a contarme algunas anécdotas de cuando ellos eran niños.

         —¿Y a ti no te daba miedo? —le pregunté.

       —Yo era la única de sus hermanas que sabía de sus misteriosas escapadas, justo antes de que se pusiera el sol, cuando ninguna de ellas se atrevía a salir de casa. Mamá se preocupaba mucho cuando él regresaba de noche, fue así como me di cuenta y porque él me lo dijo luego.

         —¿Y no lo regañaban?

         Ella me sonrió. 

       —Nunca se lo dije a nadie. Tu papá disfrutaba mucho observando la reacción y la cara que ponían las personas ante lo que no estaban acostumbrados a ver, y se desternillaba por los comentarios que hacía la gente a lo largo de la semana. Era un niño terrible, pero el más inteligente de nuestros hermanos, sabía cosas que nadie sabía.

         En ese momento me contó que papá era el único en la familia quien no creía en esas historias de apariciones que contaban las viejas ni en las leyendas de aparecidos o espíritus que salían por la carretera, y como sabía que la gente del pueblo era muy supersticiosa, él gozaba mucho haciendo todas aquellas bromas.

      —Aún recuerdo aquellas travesuras que hacía —dijo mi tía—. Imagínate, tú papá tendría alrededor de diez o doce años.

       Entre otras cosas, mi tía me había dicho que papá fue un niño precoz, sobre todo curioso, que siempre deseaba conocer acerca de lo que no sabía. Que, si de casualidad se encontraba en el camino con algún viejo retazo de prensa que hubiera tirado alguien en el suelo, se detenía a leerlo enseguida. Que su papá les decía que estaba como muy adelantado para la época que le había tocado vivir, mucho más que su hermano y demás hermanas, pero que la familia no tenía dinero para enviar a ninguno de ellos a la escuela para poder estudiar en Barcelona. Me dijo que desde pequeño fue un hábil jugador de dominó, y que leía varias veces cuanta revista o libro llegaba a sus manos —al menos eso me consta— Hasta que cierto día, a papá se le metió en la cabeza la idea de irse de Venezuela para conocer EE.UU. Su deseo se cumplió finalmente, pues eso hizo…  pero esa es otra historia.